Autor: Brabo Castells, Pilar. 
 Ruptura democrática. 
 El pacto necesario     
 
 Cambio 16.    12/04/1976.  Páginas: 2. Párrafos: 9. 

TRIBUNA POLÍTICA.

El pacto necesario

Por PILAR BRABO CASTELLS ´

Parece evidente que, continúe en pie o sufra alguna modificación, el primer Gobierno del posfranquismo ´ha dejado de ser el depositario de las esperanzas de sectores influyentes del país. Lo grave de estos primeros cien días de Gobierno no ha sido el "desgaste" del equipo, lo grave consiste en la quiebra de las ilusiones depositadas no tanto en unos hombres, sino en una concepción del tránsito a la democracia: la concepción reformista.

En la situación de partida no cabe duda de que el reformismo contaba con el apoyo de sectores no desdeñables del país y, por supuesto, de la opinión internacional. Fuerzas económicas y sociales, franjas de la opinión pública no muy politizada e incluso fuerzas políticas sumadas en el centro derecha y centro-izquierda. Día a día esta confianza se ha ido volatilizando.

El punto de inflexión di la pérdida de credibilidad en el reformismo lo han marcado los acontecimientos de Vitoria. Pero previamente a ello ha habido momentos que han precipitado ese proceso descendente. Un hilo fue, sin duda, el discurso televisado de Arias Navarro ante las Cortes. Más decepcionante fue todavía —por tratarse de la personalidad "cumbre" del reformismo— la intervención de Fraga Iribarne en TVE. El no rotundo a la amnistía, el negar carta de naturaleza a los comunistas, con argumentos poco convincentes, la ambigüedad en el tema del derecho de asociación política y la rigidez respecto a las autonomías nacionales y regionales, entre otras cosas, no satisfacieron más que a unos pocos beneficiarios del continuismo puro y simple.

Para la gran mayoría del país, ese "programa", que se definía sobre todo por los "noes", más que por las propuestas positivas, resultó bastante insólito. Se negaba todo aquello que parecía más ampliamente solicitado en múltiples luchas y a través de diversas peticiones. Y este programa, definido sobre la negación, es el que trabajosamente, y con una lentitud exasperante, vemos que se intenta poner en práctica ante una indiferencia bastante general. Parece como si los actuales ministros no comprendieran que el país no acepta aprioris de nadie, que al país hay que convencerle.

Ha sido la propia actuación gubernamental la que ha restado adeptos al reformismo. No lo hubieran hecho mejor los peores enemigos de éste. En vez de conseguir la participación de esa amplia zona de la opinión del país que, supuestamente, tiene opiniones de centro, lo que el reformismo ha logrado es que esa amplia zona se manifieste en las calles de Vitoria —y en tantas otras ciudades— en solidaridad con los cuatro obreros muertos en los trágicos acontecimientos de la iglesia de San Francisco de Asís. Es decir, la participación que el Gobierno decía desear se ha producido, sí, pero no en los prometidos e inexistentes cauces legales, sino en los cauces que todo el país abre desde abajo. La participación se produce alineada con los objetivos y !os métodos que preconiza la oposición democrática.

Ruptura democrática

Por ello, no es de extrañar que una política que, en un principio, pudo pensarse —y. sin duda, estaba orientada a ello— que dividiría a las fuerzas políticas "oposicionales", no sólo no haya logrado este objetivo, sino que, al contrario, haya acelerado la unidad de éstas. El reciente acuerdo entre la Junta Democrática y la Plataforma de Convergencia Democrática en torno a la constitución de un organismo unitario, significa, entre otras cosas, la confirmación del fracaso de la política reformista.

La necesidad y la oportunidad de dicho acuerdo es manifiesta. El país buscaba con preocupación, tras los acontecimientos de Vitoria, la salida a una situación con negros nubarrones en el horizonte.

De algún modo, sutil pero perceptible, la presión social exigía una alternativa radicalmente distinta a la oficial. Los pueblos no se suicidan; nuestro pueblo es razonable y paciente. Pero no puede esperarse que dé nuevas oportunidades a una fórmula que ha demostrado su invalidez. Lo lógico en estos casos es buscar otra. Buscarla con serenidad y sin dramatismo, huyendo de lo utópico y asiéndose a lo realizable.

Por eso los sectores más realistas de la derecha económica y política han empezado a plantearse el problema de los interlocutores válidos. Por eso la oposición ha empezado a unirse, con la mirada puesta en la ruptura democrática pactada. Se trata de llenar el vacío político, la "ausencia de una política", como tantos comentaristas de prensa han señalado. De llenar ese vacío con un poder ampliamente representativo, tanto de los sectores que han visto frustradas las esperanzas puestas en el reformismo como de aquellos otros que nunca han estado representados en los Gobiernos de los últimos cuarenta años. Un poder que represente al país real y que esté dispuesto a llevar a la práctica de manera inmediata las aspiraciones que éste ha expresado tan claramente en los últimos meses: la amnistía y das libertades democráticas sin restricciones. Ese poder podría devolver al país la confianza en sí mismo y le permitiría iniciar, con entusiasmo, la superación de la crisis económica, social y política, por la que atravesamos.

¿Es esto imposible? Más imposible es pretender llegar a la democracia a través de unas instituciones cuyo objetivo central parece ser impedirla. El país, ordenada, pacífica, democráticamente, tiene capacidad para dotarse de otras nuevas. ¿Cómo se articula todo este proceso? Se trata de negociar la ruptura.

La oposición, tras el acuerdo de la Junta y la Plataforma, está en vías de constituir un frente amplio de "interlocutores válidos". Podrían participar de él no sólo las fuerzas de Plataforma y Junta, más las de las nacionalidades y regiones, sino otras fuerzas políticas, sociales y económicas que se adhiriesen a esa perspectiva. Ante un conglomerado tan amplio no es imposible que los reformistas y sectores decisivos de instituciones tan importantes del país como son el Ejército y la Iglesia, se propusieran pactar.

Pactar para abrir un período constituyente y para crear el poder ejecutivo provisional que garantizara dicho período. Sería razonable que, mientras esas negociaciones se desenvuelven, derechos tales como el de huelga, reunión y manifestación, la libertad para los presos políticos y la vuelta de todos los exiliados, sin restricciones, se lograran imponer en la práctica como garantía de la seriedad de los propósitos de los "pactantes".

Se ha señalado con temor, y con pocas buenas intenciones, que la ruptura democrática pactada engendraría el caos.

Yo no lo creo así. Si un día el país se levanta con la noticia de que las Cortes, el Consejo Nacional, el Gobierno vigente han quedado suspendidos en sus funciones, no sentirá burlada su representación. Si descubre que va a poder votar y decidir la Constitución y los hombres que rijan el país, no se lanzará a romper farolas ni a destrozar bancos. Estas cosas sólo ocurren cuando el dolor va acompañado de la impotencia. Al contrario, nuestro país respirará tranquilo, se dispondrá a participar, demostrando esa madurez que se le supone, pero que tampoco le han permitido practicar legalmente.

El país verá a ese poder transitorio, provisional, como el que ha sabido interpretar sus aspiraciones, la verá como un fruto suyo, como hijo de sus entrañas.

* Miembro del PC E (Partido Comunista de España).

 

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