Autor: Abellán, Antonio. 
 Crónicas galdosianas del franquismo. 
 Crimen y castigo     
 
 Informaciones.    01/12/1976.  Página: 15-17. Páginas: 3. Párrafos: 21. 

El Folletón

Crónicas (galdosianas) del posfranquismo

Por Antonio ABELLAN

«En estas mismas paginas escribí una vez que, releyendo a Galdós en la segunda serie de tos "Episodios",

creí hallarme ante un relato contemporáneo.» Estas palabras de Torrente Ballester, en "Torre del Aire",

plantean el interrogante de si los españoles estamos empeñados en repetir la Historia. Para examinar esa y

otras cuestiones de interés conversan aquí diversos intelectuales. En apoyo del testo inspirador, se ha

seleccionado un florilegio de fragmentos galdosianos, con deliberada perspectiva coyuntural.

RESUMEN DE LO PUBLICADO. Fragmentos de "La segunda casaca", "El equipaje del Rey José",

«Memorias de un cortesano de 1815», "El Grande Oriente", «Los apostólicos», «Un faccioso más y

algunos frailes menos» y «Un voluntario realista». Conversaciones eon Gonzalo Torrente Ballester y

Antonio Gala sobre nuestros siglos pasados y la actualidad. Con Enrique Miret Magdalena: «El

clericalismo en España es un mal endémico»: «La Iglesia española tendrá que dejar que sean los fieles los

que, en conciencia, decidan acerca de sus opciones políticas».

8. CRIMEN Y CASTIGO (*)

(*) E1 título es nuestro, es decir, de Dostoievsky. El primer fragmento es de «La segunda casaca», el

segundo, de «El terror de 1824». (El ejecutado es don Patricio Sarmiento, un pobre maestro de escuela

liberal, reo de conspiración contra el Poder Absoluto.)

"LA ENDEMONIADA TENACIDAD"

(Benito Pérez Galdós)

QUE infames eran los liberales de mi tiempo! En vez de conformarse a vivir pacífica y dulcemente

gobernados por el paternal absolutismo que habíamos establecido no cesaban en sus maquinaciones y

viles proyectos para derrocar las sabias leyes con que diariamente se atendía al sosiego del Reino y a

hundir a todos los hombres eminentes que describí en la primera parte de mis Memorias. ¡Miserables,

bullangueros! ¿Qué volcán os escupió de su pecho sulfúreo, qué infierno os vomitó, qué hidra venenosa

os llevo en sus entrañas? No os contentábais con aullar en los presidios, clamando contra nosotros y

contra la augusta majestad soberana del mejor de los Reyes sino que también, ¡oh, vileza!, agitasteis con

nefandas conspiraciones la Península toda, amenazándonos con un nuevo triunfo de la aborrecida

revolución. Después de insultar a todos los que, componíamos aquel admirable conjunto y oligarquía

poderosa, para mangonear en lo pequeño y lo grande, con el Reino en un puño y el Trono en otro, os

atrevisteis a conjuraros con descontentos militares y paisanos inquietos para cambiar el Gobierno ¡Trece

veces, trece veces alzó su horrible cabeza y clavó en nosotros sus sanguinolentos ojos el monstruo de la

Revolución! Trece veces temblaron nuestras pobres carnes, cubriéndose del sudor de la congoja y susto

que tales tentativas de desorden nos producían. Así es que, en medio de la privanza y regalo en que

vivíamos, se nos podrá ahorcar con un cabello, y al despertar cada mañana nos preguntábamos si había

llegado ya la hora de bajar del machito.

Trece veces, trece conspiraciones! Al ver tanta insistencia y la endemoniada tenacidad de aquella gente,

que al pie de los cadalsos donde expiraba una conjuración comenzaba a tender los hitos de otra,

cualquiera hubiera creído que el despotismo era la peor cosa del mundo y que el afligido Reino no se

consideraba con vida hasta no sacudírselo de encima. ¡Embrollones, farsantes que así desdoraban una

institución tan buena!"

LOS sacerdotes habrán empezado el Credo. Callaron. Juzgando que el silencio era permiso para hablar, el

patriota se dirigió al pueblo en estos términos:

—Pueblo, pueblo mío. contémplame y une tu voz a la mía para gritar: «Viva la...». Empujole el verdugo y

se lanzó con él. Cayeron de rodillas los sacerdotes que habían permanecido abajo, y elevando el

Crucifijo, exclamaron consternados: -¡Misericordia, Señor!

La muchedumbre lanzó el trágico murmullo que indicaba su curiosidad satisfecha y su fúnebre espanto

consumado. El padre Alell dijo tristemente: -Desgraciado, sube al Limbo.

¿Qué sabía él?... A pesar de ser fraile discreto y gran sabedor de Teología, ¿qué sabía él si su penitente

había ido al Limbo o a otra parte? ¿Quién pueda afirmar adonde van las almas inflamadas en entusiasmo

y fe? ¿Habrá quien marque de un modo preciso la esfera donde el humano sentido, merecedor de asombro

y respeto, se trueca en la enajenación digna de lástima? Siendo evidente que en aquella alma se

juntaban con aleación extraña la excelsitud y la trivialidad. ¿quién podrá decir cuál de estas cualidades a

la otra vencía? Glorifiquémosle todos. Murió pensando en la página histórica que no había de llenar, y en

la fama póstuma que no había de tener. ¡Oh Días Poderoso! ¡Cuántos tienen ésta con menos motivos, y

cuántos ocupan aquélla habiendo sido tan locos como él, y menos, mucho menos sublimes!".

«LAS SITUACIONES HISTÓRICAS NO SON SUPERPONIBLES» (Enrique Tierno Galván)

A. A.-Profesor, ¿encuentra usted alguna ana-logía entre nuestra época y la de Fernando VII?

E. T.-Las situaciónes históricas no son superponibles, porque el proceso dialéctico cambia, cambian los

hechos, cambian las circunstancias: desde luego, la vieja fórmula "la Historia no se repite" es válida desde

una perspectiva dialéctica. Cuando ésta corresponde al materialismo dialéctico, lo que sí admitimos es

que, dentro del mismo modelo de producción, es factible que las condiciones objetivas, aunque no sean

las mismas, se parezcan cuando las estructuras económicas tienen ciertas similitudes. En este sentido,

habrá que preguntarse si existe alguna similitud entre la estructura económica de la España de Fernando

VII, Rey absoluto, y la del General Franco, al que se puede interpretar también desde la categoría del

Monarca absoluto, en cuanto ésta, en cierto modo, está implícita en la expresión más ambiciosa de

Caudillo. Desde luego, las circunstancias económicas no eran las mismas. En la España de Fernando VII

realmente no existía burguesía apenas; la burguesía existente en la época tenia un carácter liberal, pero

estaba en gran parte rebasada por la enorme población rural, respecto a la cual aquella estaba muy

disminuida, y esta población rural tenía criterios arcaizantes y era más propicia al sometimiento a un Rey

absoluto. Sin embargo, el Régimen del General Franco se apoyaba con fuerza en la burguesía, en la

pequeña burguesía como opinión pública y en la alta burguesía como sostén económico. Esta ya es una

diferencia sería, que responde a una estructura económica que no es propiamente la misma: diferencias de

producción, de consumo, etc. Las consecuencias son también claramente distintas: en nuestra época ha

sido la burguesía, la propia burguesía maltratada, deshecha incluso por el franquismo, que no ha sabido

dar categorías para el desarrollo normal de la mentalidad burguesa, la que ha roto con el franquismo en

cuanto tal y ha procurado superarle o rebasarle de una manera u otra. Sin embargo, en la época del absolutismo

fernandino, no era en sí misma la burguesía, sino particularmente el Ejército que tenia un carácter más

liberal, al que en algunos casos contribuía a romper los absolutismos. Puede decirse que a la muerte de

Fernando VII, cuando la Reina Gobernadora inicio un proceso de liberalización del país y para esto convocó a

los exiliados y con ellos intentó la implantación de un sistema liberal en España, realmente no se apoyaba

en un gran sector de la opinión pública, entendido como burguesía media o alta sino en el Ejército y en

ciertos sectores liberales de la Iglesia. Me parece que la óptica no es exacta cuando se habla de

burguesía en aquellos momentos: era una burguesía muy mezquina, que se había desarrollado muy poco

en el periodo fernandino. por la enorme restricción que había sufrido España en el proceso de

producción y en el propio proceso de consumo que genera la burguesía responsable y la

situación aunque externamente pueda tener cierto parecido si se profundiza un poco parece muy

distinta. El parecido en las formas no debe en ningún caso, me parece a mi, llevarnos a la conclusión de

que son situaciones yuxtaponibles: desde luego son comparables, pero muy distintas desde el punto

de vista histórico, digamos, objetivo. Ahora bien, desde un punto de vista subjetivo,

antropológico, psicológico, que es el que preferentemente trata Galdós, las cosas cambian.

Psicológicamente los cambios apenas se notan. Yo me estoy refiriendo a los cambios estructurales

y a las diferencias en las condiciones objetivas.

A. A. -Usted ha dicho que la burguesía del XIX apenas existía, pero que la estructura económica, que

supone la burguesía había cambiado evidentemente el año 36. Si la ideología "natural" de la burguesía es

el liberalismo, ¿nuestra burguesía constituye la excepción de la regla?

E. T. -Yo no me he referido a la burguesía del XIX, sino a la burguesía fernandina. prácticamente

inexistente, y después a los comienzos, al momento en que la burguesía se inicia con mayor fuerza, con

mayor vigor, que comienza en términos generales con el proceso de desamortización, que hace que el

mercado crezca y la clase burguesa se desarrolle; es este desarrollo el que llevará a la Revolución del 68 y

lo que, a la larga, va a provocar la aparición del pragmatismo en España y la desaparición del idealismo

inicial. Ahora es cuando aparece un mercado ajustado a la burguesía: yo no diría que un mercado

fisiocrático, no me atrevería en ningún caso a decir que es un mercado liberal puro, en un mercado

sometido a las condiciones en que estaban las coordenadas económicas europeas, con alguna peculiaridad

española; la más conocida es su retraso, que hace que nuestros procesos de las estructuras sociales y

políticas y de las superestructuras ideológicas vaya siempre en relación de ucronía respecto del resto de

Euro-pa. Entonces hubo, entre el liberalismo de una parte y el desarrollo del mercado de otra una

conexión que alcanza su expresión plena y su madurez manifiesta en el canovismo. Ahora bien, yo no

diría que la burguesía que había en España en 1931 que durante el período republicano adquiere

conciencia de que es una clase con cierta capacidad de decisión y de ejercicio del Poder esté apoyada en

un mercado de carácter liberal equivalente al que existía en los comienzos del siglo XIX. Me parece que

en España existían, antes y durante la República grupos de presión importantes: había una burguesía

sometida a condicionamientos económicos diferentes, una burguesía evolucionada con un mercado

evolucionado, que no correspondía a las coordenadas típicas del mercado liberal. La presión del mercado

exterior sobre el español, que se había iniciado de una manera explícita durante la primera guerra

mundial, era ya muy clara, como también era muy clara la presencia de grupos de presión agrarios,

industriales o financieros, que no existían en la época liberal decimonónica. Evidentemente que existe

burguesía en el período anterior a la guerra, pero no es propiamente una burguesía liberal; es una

burguesía construida sobre otros supuestos de mercado y no es comparable estrictamente con la que

aparece en la época de la Reina Gobernadora, se desarrolla en la época Isabelina y culmina en Cánovas.

NO se puede cobijar todo esto bajo el mismo concepto. La burguesía que existía durante la República era

fuerte y estaba consolidada, en comparación con la que había existido antes, y precisamente el error, el

enorme error del franquismo fue no saber responder a esta burguesía, una vez transcurridos los primeros

años de triunfalismo bélico: si el franquismo hubiera sabido atenerse a las exigencias de esta burguesía y

le hubiera dado las posibilidades de desarrollo que pedía, es posible que con una evolución mínima el

franquismo se hubiera mantenido sin la enorme represión que tuvo que emplear. Lo que ocurre es que el

franquismo, al que se cree normalmente una dictadura burguesa, no fue tal, sino una dictadura

oligárquica; los burgueses, poco a poco, se hicieron antifranquistas y se hicieron antioligárquicos. En

resumen, y esto es otra diferencia: los consejeros de la Reina Gobernadora y de Isabel II supieron

rodearse de una burguesía inicial, que estabilizó la Monarquia. El franquismo se rodeó y se protegió con

una oligarquia.

 

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