Autor: Ayala, Francisco. 
   A vueltas con el terrorismo  :   
 (Respuesta a una carta ajena). 
 Informaciones.    04/10/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

A VUELTAS CON EL TERRORISMO

(Respuesta a una carta ajena)

Por Francisco AVALA

EN mi artículo reciente sobre "El nuevo terrorismo, decía yo que mi estudio previo acerca de la violencia

actual, titulado «La vuelta de los lobos», no había tenido eco, y eso a pesar de que la iniciativa de

INFORMACIONES para iniciar un intercambio de opiniones entre personalidades de preocupaciones

específicas y de ideologías diversas a propósito de dicho tema suscitara una serie de valiosos ensayos,

cada uno de los cuales constituía una apertura de gran interés hacia aspectos varios de nuestra presente

realidad política y social. Diálogo, !o que se llama diálogo, no lo hubo, pues —para desilusión mía— el

tema del nuevo terrorismo apenas si quedó rozado en el curso de tan notables ensayos.

Ahora, en una de las cartas abiertas de Augusto Assia al director de su periódico, leo una referencia que

quiero recoger, entre otras razones, porque mi nombre (o el de quien era yo hace medio siglo] aparece

citado en su escrito. Guien por entonces, «va a hacer pronto cincuenta anos», usaba el suyo de Felipe

Armesto, escribe ahí ahora: «¿Y qué decir ¿el terrorismo? Aquí, la verdad sea dicha, hay terrorismo

porque el Gobierno no hace nada serio para combatirlo o, por ¡lo menos, como no hace nada serio para

combatirlo, los españoles tenemos el derecho a creer que el Gobierno podría suprimirlo si quisiera.»

En esa carta suya, el amigo Armesto, o Augusto Assia, me menciona entre los estudiantes que,

procedentes de España, andábamos por Alemania cuando la Constitución de Weimar estaba siendo

minada y a punto ya de saltar hecha pedazos. En efecto, yo era allí estudiante de ciencia política. Quizá

por serlo, tenía clara idea de que la letra de los instrumentos legales, empezando por la pieza-clave dei

edificio jurídico, ¡a Constitución del Estado, son siempre adaptables en alguna medida a las condiciones

históricas del momento y lugar donde han de ser aplicados; o en otras palabras, que toda Constitución,

aun Jas denominadas rígidas de que era modelo escolar ia de Estados Unidos, son en la practira Tan

ílexibles como la flexible Constítució inglesa. Pronto habría de presenciar en España ei nacimiento de la

Constitución de la República, a cuyo texto se llevaron las posiciones doctrinales que, en aquella época de

fervientes fes ideológica;-, pretendían afirmarse con pugnaz empeño. De e!!a se dijo entonces que era una

Constitución redactada contra fa Monarquía, cuando ya no había Monarquía; contra la dictadura, cuando

ya la dictadura había caído, y que sus prescripciones sólo servirían, por paradoja, para trabar la acción del

Gobierno democrático atacado por los enemigos de la democracia.

En cierto modo, lo mismo está ocurriendo ahora, en eí actual proceso constituyente, y no tanto con ei

texto de la Constitución (pues e! tan vituperado «consenso» significa, según yo lo veo, un sano y sensato

abandono de los estériles dogmatismos ideológicos y, en el fondo, el resultado de que nadie crea

demasiado en el carácter decisivo de las proclamaciones solemnes contenidas en un documento legal); no

tanto, pues, con al texto constitucional que se está elaborando como con ¡as actitudes sociales que

prevalecen en la vida pública española. Aquí, en este terreno básico, estamos actuando todavía como en

oposición al régimen franquista —lo cual implica, paradójicamente, que continuamos estando, siquiera

sea en forma negativa, condicionados por él—. En lugar de atenernos a la realidad presente, puesta la

vista en el futuro, le volvemos la espalda para hacer frente al pretérito y debatirnos agarrotados como por

efecto de un trauma síquico del que parecería que no pudiéramos escapar. Así. tendemos a recaer

mecánicamente en fórmulas que en su día respondieron a situaciones diferentes de aquella en que de

hecho estamos colocados hoy, y que, por tanto, no le son aplicables. Sirva de ejemplo notable el tan

pregonado y sentido temor a la repetición de la guerra civil. Ciertamente, el régimen de Franco empleó

esa amenaza como un ardid a favor de su propia conservación; pero la eficacia misma del ardid muestra

que el fantasma de aquel conflicto ha operado y quizá opera todavía sobre la conciencia de los españoles

en e! sentido deseado. Y sin embargo, un análisis aun superficial de la realidad socioeconómica del país y

del contexto Internacional donde ella ss encuadra en esta década de 1970 por comparación con los datos

correspondientes a la década de 1930 basta para percatarse de que, en las condiciones actúalas, no podría

reproducirse un conflicto análogo ni parecido al de entonces, lo cual, claro está, no significa que estén

excluidas otras perspectivas de carácter catastrófico.

Y es que, contra lo que suele creerse, ios esquemas mentales son siempre más resistentes —yo diría, más

conservadores— que los fluidos hechos de ta Historia. Con su fuerza de inercia tapan y ocultan las datos

que la realidad recién surgida nos presenta a cada paso para invitarlos a una reflexión nueva. Frente a

estos hechos frescos, o bien hacemos un esfuerzo de interpretación original, o de otro modo nos

obstinamos en encajarlos dentro de un molde mental donde no caben.

Un poco de esto último ocurre con lo sugerido por Armesto cuando compara su experiencia —nuestra

común experiencia— de la Alemania de Weimar con ia española de nuestros días, aunque sus

consideraciones acerca de ésta que estamos viviendo ahora me parezcan en gran parte atinadas. La

sociedad actual, en España y en el mundo, es muy distinta de la que se daba en la década del 30, y querer

que lo sucedido entonces sirva de escarmiento para ordenar nuestra conducta puede conducir, más que a

la prevención o remedio de los males actuales, a errores que los agraven. Como en la tragedia griega, los

esfuerzos para evitar un destino funesto pueden llevar a precipitarlo.

Volvamos, una vez más, al tema del terrorismo, pues si he citado la pertinente parrafada de Armesto no

fue sin propósito. No obstante la cautela con que su pensamiento viene formulado, dejan bien a entender

sus palabras algo como que estuviera en la mano del Poder público eliminar a voluntad ese cáncer social

de nuestro tiempo. E Implícitamente parece apuntarse como modelo hacia Jas prácticas represivas del

régimen de Franco: «El Gobierno podría suprimirlo si quisiera.» Si mi lectura entre líneas es correcta,

estaríamos en presencia de una de (as falacias ya hoy demasiado corrientes de la nostalgia franquista, con

olvido de hechos obvios: en primer lugar, que el nuevo terrorismo no ha llegado a nosotros tras la

desaparición de aquei régimen, sino durante él, y en segundo lugar, que el dicho régimen no fue más

capaz de suprimirlo que el régimen actúa!. Franco pudo eliminar eficazmente los residuos de la

resistencia derivada de la guerra civil; brutal, pero eficazmente. Pero, ¿con qué éxito enfrentó a este

nuevo terrorismo que muchos ingenuos celebraron coma dirigido contra su dictadura sin advertir que ni es

un fenómeno español ni estaba dirigido en particular contra el régimen -de franco? ¿Pudo capturar a (os

asesinos dei presidente de su Gobierno, almirante Carrero Blanco? Y, por otra parte, la ejecución de

terroristas capturados, ¿cree alguien que sirviera para desanimar a otros? Lo más seguro es que, muy al

revés,.sea un incentivr, para la acción violenta, y que los «ideólogos» que ´la postulan reciban como una

bendición el sacrificio de sus «mártires». Quien tenga ai´guna noción del tipo social dentro del que caen

los terroristas actuales sabe que, potenciales suicidas, estos «desesperados» de la opulenta sociedad de

consumo buscan -en la aventura su propia aniquilación, tan pronto urdiendo un atentado, tan pronto

secuestrando un avión, tan pronto jugando a la ruleta rusa o corriendo a romperse la crisma sobre una

motocicleta. Holgados de recursos, nadando en la abundancia de la sociedad que los mima y contra la

cual reaccionan, y teniendo al alcance de su mano los poderosos instrumentos de la alta tecnología

moderna, la ´lucha contra sus actividades requiere un adecuado refinamiento de medios que compense de

algún modo ia ventaja que a eílos !!es confiere el factor sorpresa.

El aparato represivo de la dictadura franquista, Idóneo como era para defenderla contra la subversión de

tipo tradicional, carecía —esto es claro— de ´la preparación técnica necesaria para hacer frente al nuevo

terrorismo internacional que se vale de tan desarrollada tecnología. El actual régimen democrático heredó

aquel aparato represivo, tosco y rudimentario, y ha tenido que encarar desde el comienzo mismo la

ímproba tarea de proveerlo con los medios materiales y organizatorios indispensables para hacer frente al

desafío total contra la sociedad, al mismo tiempo que lo adaptaba a las normas de un Estado políticamente

abierto y liberal —tarea compleja, entorpecida además en tos primeros momentos por la demagogia que,

apenas pudo comprobarse cómo no estaba todo io atado y bien atado que había pensado dejarlo el

dictador, se desató desenfrenadamente en d país. Quizá fuera ineludible —y hasta conveniente; no lo sé—

el dar por ío pronto rienda suelta a esa demagogia abriendo de un modo indiscriminado ias puertas de las

prisiones, con el consiguiente desconcierto y desmoralización de los guardianes de! orden público, Policía

y jueces; pero no hay duda de que esto ha dado pábulo al crecimiento de la criminalidad contra el que

ahora comienza a reaccionar con vivacidad el cuerpo social.

No se incurra, sin embargo, en e! yerro de pensar que la solución dei problema es fácil. Con sólo echar

una mirada a los demás países de! mundo, con instituciones bien asentadas y establecidas, donde la

situación es semejante a la nuestra, si no peor, se comprenderá que los Poderes públicos necesitan afinar y

coordinar al máximo sus resortes defensivos, a ía vez que muestran la calma y paciencia necesarias para

no perder la cabeza, pues sólo la energía serena, inteligente y sostenida puede finalmente desarmar

mediante el desgaste los delirios de la insensatez histórica.

 

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