Autor: Páez, Cristóbal. 
   Dinero, inteligencia e imaginación     
 
 Arriba.    02/03/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

OBSERVATORIO

DINERO, INTELIGENCIA E IMAGINACIÓN

UNA de las reglas de oro de la propaganda personal consiste en que «hablen de uno..., aunque sea bien».

La figura que en España ha batido todos los records de la negatividad, expresada en libros y juicios

adversos, ha sido el banquero mallorquín don Juan March. Al ya grueso paquete de las condenaciones

acaban de aportar sus respectivos granitos de arena Bernardo Díaz Nosty, José Mayá y Enrique

Tierno Galván. El primero, como autor del libro «La irresistible ascensión de Juan March»; el

segundo, como editor del mismo, y el tercero como presentador de la obra.

Según el viejo profesor, March fue un burgués revolucionario insatisfecho de su dinero, arreligioso y sin

ideología alguna, que discreteó con la Dictadura primorriverista y la República financió el levantamiento

militar del 36 y, luego, tuvo fricciones con el mismo. Opina, asimismo, el líder del PSP que la herencia

cultural de March —la Fundación que lleva este nombre—, «aparte de servir para compensar el pago de

impuestos por dinero ganado por otros conceptos, nada aporta de nuevo a la cultura, es más deslumbrante

que eficaz, y por desgracia se juega en este caso con la inteligencia, una de las facultades que más

fácilmente se corrompen».

Realmente, la severa crítica de Tierno Galván va más allá de lo que representa la institución marchiana.

¿O es que en los demás países los mecenas actúan de otra manera? El comportamiento del gran dinero es

igual en todos sitios y, si nos atenemos a la aseveración de Tierno Galván, el de la inteligencia también.

Cuando —juicios de valor, aparte— Juan March instituyó en la era franquista, la Fundación de más alto

bordo existente en nuestro país, junto a otras meritísimas, pero de calderilla —dicho sea en términos

económicos y sin ánimo de ofender— el ya proyecto financiero mallorquín esperaba que el Régimen se lo

reconociera con la concesión de la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio. La pretensión era razonable; pero,

según mis noticias, el General Franco no quiso acceder a ella.

El fundador March se fué de este mundo sin vitola, con la modestia de un «faria».

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INDUDABLEMENTE, y como acabo de leer en un titular de periódico madrileño, la sociedad

democrática exige unos planteamientos culturales radicalmente nuevos. El diagnóstico de los

expertos es que nuestra cultura está profundamente enferma. Porque, como dice Ricardo de la Cierva, la

cultura aquí es un vacío, y, además, no interesa a nadie en el mundo político. ¿Y los partidos?. ¿Cuál es la

actitud de los partidos?. Por lo pronto, sus programas «demuestran una confusión lamentable entre los

conceptos de educación, cultura e investigación (...) Ningún partido político toma en serio de la política

cultural. Cuando hablan de cultura quieren instrumentalizarla». ¿A dónde vamos pues, a parar con

tan negras realidades?. Sin duda al punto de partida, al área cultural en que se forman nuestros

gobernantes: la Universidad. «Y nuestra Universidad, por desgracia, es un foco de incultura.»

Movido por un prurito de discrepante refinamiento, algún escolar podría replicarle al severo y afanoso

historiador: «¡Jo, macho, no te pases!...»

Derraman los dioses de la libertad lágrimas amargas sobre el «alma mater», etcétera, etcétera.

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JEAN-Jacques Servan-Schreiber, más conocido por J.-J. S.-S.. ha sido llamado por el Presidente de

Francia, Valery Giscard d´Estaing, para la alta misión de pensar. La misión específica de este «maestro en

prospectiva», como ya se le ha comenzado a llamar por irónicos franceses, consiste en «examinar de

modo sistemático, de una parte, todo aquello que pueda contribuir a modernizar nuestro país y, de otra, a

considerar todo lo que pueda descentralizar, hacia los ciudadanos, las más vastas responsabilidades».

En el amor, el arte, la política, la cocina, el queso, el turismo..., o sea en casi todo, los franceses ostentan,

limpiamente, un alto magisterio. Ahora, con la función encomendada a J.-J. S.-S., Francia acaba de

inventar el ministro supernumerario o una forma sutil de llevar la imaginación al Poder.

Yo he propuesto, naturalmente sin éxito, la creación en los grandes Bancos españoles del cargo de asesor

poético. Para esto no hay dinero...

Cristóbal PAEZ

 

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