Nuevo récord terrorista     
 
 ABC.    04/08/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

2/ABC

OPINIÓN

MARTES 4-8-8

Nuevo récord terrorista

Descubrir a estas alturas la inhumanidad de los terroristas sería ponernos a inventar ahora el

Mediterráneo. Pero parece que en el asesinato de Roberto Pecci por obra de las Brigadas Rojas se ha

batido un nuevo récord con una nota hasta hoy inédita. Aunque, desgraciadamente esperable.

¿Cuál es el «título colorado» que ha hecho esta vez actuar a la férrea lógica de los asesinos? Roberto

Pecci había incurrido en un grave «delito»: ser hermano de Fabrizio Pecci, el terrorista cuyo

arrepentimiento y confesión sirvió a la Policía italiana para asestar uno de los más duros golpes sufridos

por las Brigadas Rojas. Y de nada ha servido que los Servicios de Seguridad italianos protegieran

cuidadosamente a Fabrizio. La venganza de los asesinos ha tratado de golpearle a través de la sangre de

su hermano.

El terrorismo —dentro de su monstruosa falta de lógica— actúa como una máquina aplastante: no sólo no

sabe perdonar, sino que no puede permitirse el lujo de no vengarse. Ha de ser implacable en sus

venganzas si no quiere que todo su negro montaje se venga abajo. Ha de atar todos los cabos. Quien entra

en la organización ya sólo puede abandonarla por la puerta de la muerte violenta. Todo se desmoronaría si

alguien pudiera repensar su camino, si alguien dejará libre su conciencia y tratara de salirse de la férrea

vía de la violencia.

La muerte de Roberto Pecci es el chantaje que hacen los terroristas frente a aquellos de sus miembros que

no tuvieran el alma totalmente corrompida, frente a los más «débiles». El terrorismo no puede permitir a

los suyos un sólo átomo de libertad. Ha de dejar bien claro que en él no hay salidas. El que entra es ya un

terrorista para siempre. La violencia es como un sacramento que imprimiera carácter. Intentar

abandonarlo es traición, dudar es poner en peligro la propia vida y la de toda la familia del que duda.

Matando a Pecci las Brigadas Rojas han querido dejar bien clara esa ley. Es la ley de la maña. Es la ley de

la selva. Porque a nadie odia tanto un terrorista como al compañero que incurrió en el delito de usar su

propia conciencia. ¿Cuántos terroristas —en Italia o en España— estarán hoy asqueados de sí mismos,

cansados de su propia violencia, hambrientos de un poco de paz, de una vida serena sin bombas ni

sobresaltos, como «ciudadanos normales»?

Pero es esto lo que el terrorismo no permitirá nunca, aunque sea a costa de que sus propios miembros se

conviertan en prisioneros permanentes de la propia organización a la que sirven. Hay que aplicar el terror

hacia dentro como se aplica hacia fuera. Esa es la parte más negra y oscura de ese engranaje que

llamamos terrorismo.

Lógicamente las Brigadas Rojas han buscado disculpas. Han forzado confesiones en las que Roberto

Pecci se presentaba como colaborador de su hermano en su «traición». Han querido chantajear a la

televisión italiana «exigiendo» la transmisión de videocasetes con esta supuesta confesión. Máscaras que

nunca ocultarán la sangre de este inocente que ha muerto a manos de la venganza, pero más aún de ese

miedo con que los grupos terroristas necesitan mantener encadenados a sus propios miembros.

Por todo esto decimos que han batido un nuevo récord: nunca mostró el terrorismo más claramente su

rostro totalitario, asesino y salvaje no sólo de cara a la sociedad, sino a los pobres ingenuos que un día

entraron en su juego por sueños ilusos. Ahora saben que nadie es menos libre que ellos. Ahora saben que

están condenados a seguir produciendo sangre y más sangre: la de sus víctimas, o la propia y la de sus

parientes.

 

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