¿Y ahora, qué dice el Gobierno?     
 
 Diario 16.    23/11/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

¿Y ahora, qué dice el Gobierno?

Nunca en la historia democrática han sido violadas de manera tan flagrante las normas dictadas por la

autoridad para el ejercicio del derecho de reunión. Los organizadores de la concentración de la plaza de

Oriente se han burlado del Gobierno, humillándonos a todos en la forma de hacerlo.

Al autorizar el acto, el gobernador de Madrid puso dos condiciones expresas que teóricamente los

solicitantes acataban: Nada de banderas nacionales, utilizadas de forma partidista; nada de uniformes o

actitudes paramilitares. Basta examinar los documentos gráficos de lo ocurrido ayer, anteayer y la víspera

para comprobar que ambas prohibiciones han sido ignoradas de manera sistemática y desafiante.

Por espacio de setenta y dos horas los madrileños hemos tenido que soportar la vejación de ver vinculada

la enseña de la Patria a un agrio mensaje dé violencia que incluye los insultos al Rey, la exaltación de los

golpistas y la pretensión de atentar contra las libertades constitucionales que son patrimonio del pueblo.

La vida ciudadana se ha visto, entre tanto, obstaculizada por caravanas de coches que hacían sonar sus

cláxones y pandillas de uniformados matones que hostigaban a los viandantes hasta el punto de obligar a

la Policía —ejemplar en su comportamiento— a intervenir con cierta contundencia.

¿Qué ha hecho entre tanto el Gobierno, además de «tragarse» una tras otra las provocaciones de los

ultras? La única iniciativa de un representante de la Administración no ha podido ser más lamentable y

desafortunada. Nos referimos a la «orden» formulada por el director general de Bellas Artes, señor Tusell,

requiriendo al Ayuntamiento de Madrid que retirara las vallas «protectoras» de los jardines de la plaza de

Oriente y proporcionando así una magnífica coartada para que los manifestantes se tomaran la justicia por

su mano y las desmontaran, desafiando a la autoridad municipal.

La excusa d.e Tusell de que las vallas suponían un perjuicio para un conjunto histórico-artístico es

absurdamente inconsistente, toda vez que su Dirección General había permanecido muda ante la

autorización de una concentración que iba a reunir a decenas de miles de personas, muchas de ellas con

actitudes agresivas, en ese mismo conjunto histórico-artístico.

Suponemos que un demócrata convencido como el señor Tusell reconocerá su patinazo, máxime si tiene

la oportunidad de volver a escuchar sus declaraciones del sábado a una emisora de radio, en las que

aseguraba sentirse tan ajeno del Ayuntamiento de Madrid como de los organizadores del acto. Escuchar a

un alto cargo público distanciarse por igual de los representantes democráticamente elegidos por el

pueblo de Madrid y de los principales líderes del golpismo civil, resultó ciertamente desalentador.

Más allá de este triste episodio, los cuatro millones cíe habitantes de la capital que no acudieron a la plaza

de Oriente —esa verdadera España que se quedó en casa— quieren saber qué va a decir ahora el

Gobierno, ante la evidencia de que los requisitos para autorizar la concentración han sido

escandalosamente burlados.

Lo que por su parte dice el hombre de la calle es que el hecho de que esta gente haya conseguido uno de

los 350 escaños de nuestro Parlamento, no les legitima para apropiarse también cada año de uno de los

365 días del calendario.

 

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