La protesta agraria     
 
 Arriba.    02/03/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LA PROTESTA AGRARIA

EL campo español, secularmente abandonado pese a las diarias alabanzas, ha comenzado a soltar amarras

de su conformismo tradicional y levanta su voz para pedir un reconocimiento y una ayuda, nunca negada,

pero muy escasamente otorgada.

Tras las escaramuzas de los últimos años —promovidas fundamentalmente por los empresarios

agrícolas— y que se concretaron en parciales «guerras» del espárrago, el aceite, el tomate, etcétera, los

precios y excedentes de la patata han sido el justificante y detonador para que estos días, más de veinte

mil tractores de quince provincias ocupen los arcenes de las carreteras en una protesta que, rebasando los

límites inicialmente planteados, tiende a convertirse en una reivindicación generalizada de los derechos

del campo y de sus trabajadores.

La realidad parece tremendamente clara. El campo está olvidado. Pese a las reiteradas declaraciones de

buena voluntad, la atención que se presta a este sector básico de nuestra economía viene siendo cada vez

menor, a la vez que sus problemas socioeconómicos van en aumento. La situación, denunciada no hace

mucho tiempo por un alto cargo del Ministerio de Agricultura, en el sentido de que «el modelo de política

económica es básicamente urbana», continúa sin ser tenida en cuenta y los informes sobre la problemática

agraria, tanto oficiales como privados, vienen obteniendo un eco muy escaso.

Marginado así el campo, no es extraño que las inversiones públicas hayan descendido del cuarenta y tres

por ciento a tan sólo el veintiséis en los últimos diez años a la vez de los presupuestos generales del

Estado —casi un billón de pesetas en 1977— solamente un seis por ciento revierten al sector agrario. Por

su parte, los préstamos otorgados por la Banca privada no superan el 15 por 100 de su línea crediticia

total, por lo que el campo se ve obligado a intentar una autofinanciación a todas luces insuficiente. No es

de extrañar, así las cosas, que en los últimos años se hayan triplicado las importaciones agrarias —en

1977 rozarán los 200.000 millones de pesetas— y que de positiva pase a negativa nuestra balanza

comercial agraria.

De todo lo anterior parece desprenderse una clara conclusión: Es necesario volver la mirada al campo y su

problemática. Es necesario, e improrrogable, buscar soluciones duraderas y, dejando a un lado los

parches, hendir profundamente el bisturí para extirpar esas manipulaciones que permiten multiplicar por

tres o cuatro los precios en origen, enfrentándose valientemente, a la vez, con los problemas que tanto en

materia de sindicación, equiparaciones con la Seguridad Social o en revisión de precios, tiene planteado el

sector.

El campo ha sido la base desde la cual España ha iniciado su despegue económico. A su vez, ha sido

también el sector que más alto tributo —fundamentalmente humano— ha pagado por la reestructuración

socioeconómica del país. Es hora ya de atender al campo y contar con él, como uno de los pilares reales,

que no verbales, de nuestra economía.

En este aspecto de apoyo y comprensión de los problemas del campo cabe enmarcar la audiencia

concedida ayer por el Rey Don Juan Carlos al presidente de la Hermandad Nacional de Labradores y

Ganaderos, de quien recabó la máxima información sobre la problemática actual del campo, interesándose

vivamente por las soluciones propuestas. Y en este mismo sentido de buscar una política real agraria cabe

destacar las declaraciones del Ministro de Agricultura, que ayer anunciaba a los periodistas su postura

abierta al diálogo, condicionada simplemente a existencia de interlocutores representativos.

El campo ha levantado su voz tantos años callada. Ante ella, el interés mostrado por las más altas

instancias de la nación, creemos que ha de ser elemento suficiente para permitir un replanteamiento en

profundidad del tema que, anulando la necesidad de recurrir a posturas radicales, permita solucionar en un

clima de diálogo lo que nunca debió salirse de tal cauce.

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