Autor: García San Miguel, Luis. 
   Lo que queda de la ruptura     
 
 Diario 16.    07/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Lo que queda de la ruptura

Luis G. San Miguel

Hace tiempo que el término ha desaparecido, como por ensalmo, del vocabulario politico en uso. Sea bienvenida esa desaparición después del uso masivo y estomagante que de él se hizo. El slogan era, hace sólo unos meses, "ya se ve que la reforma ha fracasado y que sólo es posible la ruptura". Ha ocurrido exactamente lo contrario: la ruptura, largamente profetizada, ha sido imposible y la reforma está siendo posible. En cuanto pronosticadores políticos, los rupturistas han conocido un estrepitoso fracaso, uno de los más notables de los últimos años, tanto más destacado por la machaconería con que el pronóstico se formulaba. ¿Qué dicen ahora?

Algunos parece como si trataran de echar tierra sobre el asunto. Otros, generalmente en privado, aducen algunas explicaciones. Veamos unas cuantas.

Hay quien dice: "Suárez ha realizado la ruptura. La ruptura se ha producido: la ha hecho el Gobierno, obligado por nuestra presión." Pues no señor. Porque los rupturistas anunciaban machaconamente la absoluta Imposibilidad de que el régimen evolucionara, a partir de su propia legalidad, para dar paso a la democracia. Ya habían aprobado las Cortes las leyes de Manifestación y Reunión y el Estatuto de asociaciones, y había quien seguía profetizando la imposibilidad ("absoluta", para que no hubiera lugar a dudas) de que aprobaran la ley de Reforma Política. El pronóstico resultaba temerario. Ese Intento de decir que se ha producido la ruptura parece una reproducción, corregida y aumentada, del ibérico "sastenella y no enmendalla". Se pronostica una cosa y ocurre la contraria y, en vez de reconocer sencillamente el error, se sale diciendo: "Ya lo decía yo."

Hay quien ofrece una explicación algo diferente: "Sabíamos que la ruptura no iba a producirse, pero teníamos que anunciarla para hacer presión sobre el Poder." Esto tampoco es verdad, pues uno ha hablado con cientos de rupturistas, en privado, cuando el Poder no estaba a la escucha y sabe que estaban convencidos de la imposibilidad de la reforma, y de la inevitabilidad de la ruptura. No era asunto táctico. Pero vamos a suponer que, en algunos casos, lo fuera. Se trataría, entonces, de manejar el espantajo de la ruptura, sin creer en ella, para asustar al régimen.

Entramos aquí en un terreno peligroso: el terreno del chalaneo y del engaño. Es como si Colón les hubiera dicho a los Reyes Católicos que América estaba ahí, a la vuelta de la esquina, para sacarles los cuartos. Sobre la legitimidad, y sobre la conveniencia, de utilizar estos procedimientos habría muchísimo que hablar. Yo tengo bastantes reservas sobre esto y quizás otro día diga por qué. Pero está claro que la explicación de estos rupturistas se parece bastante a la de los anteriores y constituye una variante del "sostenella y no enmendalla": "Yo ya sabía que iba a venir la reforma, sólo que no me convenía decirlo."

Hay algunos, pocos desgraciadamente, que se limitan a reconocer buenamente su error: "Creímos que la reforma era imposible y la ruptura inevitable. Nos equivocamos." Son los más simpáticos, o, al menos, a mí me lo parecen. Pues equivocarse es cosa corriente y legítima. Lo que ya no parece tan corriente ni tan legítimo es empecinarse en la equivocación. Y no sólo son los más simpáticos, sino también los más sinceramente demócratas. Ser demócrata es, en buena medida, ser capaz de reconocer los propios errores. Hay que desconfiar de los políticos que nunca se equivocan.

Pero, vivir para ver. Todos los anteriores, mal que bien, han abandonado el mito de la ruptura, han dejado de considerarla como inevitable. Pero hay quien sigue pensando en ella. Hubo quien, ante el referéndum, decía más o menos: "Si la abstención obtiene un cuarenta por ciento, tendrá que producirse una- crisis y el Rey tendrá que dar el Poder a Ruiz-Giménez." El mito de la ruptura en su primitiva pureza: el Gobierno se hunde, hace las maletas y da el Poder a la oposición. Como en la segunda República. Pues no.

Una y otra vez hay que insista- en que no habrá democracia en este país mientras las gentes del régimen y las de la oposición sigan alimentando pretensiones "totalitarias", exclusivistas, mientras no estén dispuestas a entender que la reforma es el único camino para la democracia. Y como es el único camino es también el camino más democrático.

 

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