Autor: Sotelo, Ignacio. 
   La originalidad de la reforma     
 
 Diario 16.    14/04/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

La originalidad de la reforma

Ignacio Sotelo

Por lo menos en un punto parece existir consenso fuera y dentro de nuestras fronteras: la reforma política que está viviendo el país, el paso de su régimen autoritario y dictatorial a otro pluralista y democrático, desenvolviéndose pacíficamente y dentro de la legalidad establecida, es un proceso del que lo menos que se puede decir es que es harto sorprendente y original.

A lo que estamos acostumbrados, sobre todo en nuestro mundo de habla castellana, es al paso inverso: democracias mejor o peor apuntaladas desaparecen bruscamente por el soplido recio de los cuarteles. También a los regímenes militares y dictatoriales les llega su hora, pero suele ser un fin instantáneo, derrumbándose e*me castillo de naipes. Lo normal es que el paso de un régimen autoritario a uno democratice se produzca de repente, con una ruptura dura entre ambas etapas.

Preguntas al asalto.

En los últimos años del franquismo, a los que vivimos fuera de España, nos asediaba continuamente la pregunta, y después de Franco, ¿qué? Ahora la pregunta que se nos hace a diario reza, ¿pero cómo explica que un régimen autoritario se deslice lentamente hacia otro democrático, dentro de los cauces legales y sin que haya producido, al parecer, el menor cambio en las relaciones de poder? Y a este señor, las cuestiones se Multiplican: ¿acaso el señor Suarez no hizo su carrera política con Franco?; cómo es posible que muchos de los ministros de Franco fueran demócratas en el fondo de su corazón y sin embargo no sintiesen escrúpulo político o moral para colaborar con la dictadura? Si la mayor parte de los demócratas españoles lo son de reciente cuño y se han convertido de repente, ¿cuánto les va a durar sus afanes democráticos? El lector, que probablemente también se habrá hecho éstas o parecidas preguntas, tal vez tenga la respuesta justa y pertinente. Yo, por mi parte, y para salir del paso, me he hecho las siguientes reflexiones, que repito cada vez que me asaltan con las mismas preguntas.

Lo primero que tenemos que aprender, sobre todo nosotros los intelectuales que vivimos de barajar ideas, es que éstas no importan mucho a la hora de legitimar el poder. Un mismo poder político, económico y social puede justificarse con las más variadas ideologías. Mientras Franco vivió, sirvieron los "principios del 18 de julio"; a su muerte no cabía la menor duda que, o bien se cambiaba el ropaje ideológico, basando el poder en una nueva legitimidad, que no podía ser más que democrática, o en plazo más o menos corto se produciría un cambio real del poder político que pudiera incluso amagar al económico y social. El que hay que cambiar en lo accidental —eso que se llama adaptarse a los tiempos— para que no cambie lo fundamental, es consejo viejo y conocido que los reformadores han estado predicando siempre a los poderes constituidos.

sin que éstos reaccionasen de otra forma que con el desdeñoso "muy largo me lo fiáis". Lo excepcional, y por tanto sorprendente, es que esta vez el poder lo baya tomado en serio y actúe en consecuencia.

Tentaciones por vencer.

Reformas desde el poder son raras; las pocas veces que ocurren nos cogen tan de sorpresa, que es fácil caer en la tentación de consíderarlas únicas y en extremo originales. En los pocos casos en los que el poder ha estado dispuesto a llevar a cabo reformas de envergadura —hablando a alemanes, tomo como ejemplo el de Prusia, después de las guerras napoleónicas— su influjo ha sido profundo y de largo alcance. En principio, nada hay que objetar a las reformas hechas desde el poder, como no sea su inverosimilitud: no acabamos de creérnoslo.

En España —allende los Pirineos se sigue usando esta palabra— se está produciendo un cambio de legitimidad, manteniéndose la misma estructura de poder. Es ésta la forma monos frecuente de cambio político, pero también la que implica menores riesgos y costos.

Y por ahora de lo que se trata es de establecer relaciones democráticas de convivencia. En nuestro país por la democracia hasta ahora ha luchado sólo la izquierda, y la consecuencia ha sido que los periodos de democracia fueron siempre cortos. Ahora viene de la mano de la derecha franquista para apuntalar a una Monarquía que no traía otra legitimidad que la voluntad de un dictador ya desaparecido. En España las restauraciones parece que necesitan de la democracia. Es nuestra suerte. Además esta vez conocemos las causas que impidieron que la primera restauración lograse enraizar una democracia. Es nuestra ventaja. Esperemos que no se repita el mal ejemplo del canovismo, aunque para no marchar por este camino muchas son las tentaciones que tendría que vencer el poder. La democracia sirve hoy para consolidar el poder establecido. Pero, ¿cómo garantizar que en su seno no surjan fuerzas capaces de cuestionarlo? Ahí está la oposición. Por ahora bien tranquila, casi domesticada. Pero nadie podría asegurar que va a continuar así en tos próximos años. La democracia la trae la derecha porque es ella la que la necesita más angustiosamente: sin democracia no hay monarquía que dure. La reforma política, la implantación de la democracia, es hoy por hoy cuestión de la derecha, pero ¿permanecerá democrática cuando su funcionamiento amenace con desbancarla del poder? El día que en el país exista una verdadera alternativa de poder, veremos lo que da de sí esta democracia que hoy la derecha nos sirve en bandeja.

 

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