Autor: Cueto, Juan. 
   Con la ruptura ya hubiéramos llegado     
 
 El País.    11/12/1976.  Página: 19. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL PAÍS, domingo 11 de diciembre de 1977

TELEVISIÓN

JUAN CUETO

Los profesionales de la tele continúan quejándose amarga e insistentemente de lo mucho que la prensa española se mete con ellos. Incluso el director de un informativo de la primera cadena dio la noticia de la aparición del nuevo matutino madrileño diciendo con nefasta ironía no exenta de estúpida superioridad, que nacía otro periódico para criticar a, RTVE. Al margen del insufrible etnocentrismo (Tv-centrismo) que emana del televisor y que con el programa 625 lineas alcanza dimensiones de autocomplacencia francamente seniles, pasma comprobar cómo en el tinglado más burocráticos de cuantos existen en el país ha arraigado una idea típicamente anarquista, que no hace mucho Agustín García Calvo escogió como advertencia preliminar de su polémico folleto sobre el Estado: «Si hablas de ama cosa, hablas contra ella.»

Las grandes figuras (retóricas) de la Casa nos reprochan ese mismo proceder, argumentando con machacona insistencia que no escribimos de televisión, sino contra la televisión. Sin embargo, fingen ignorar que son ellos los que diariamente hablan contra nosotros al reflejarnos en la pequeña pantalla de la torpe manera que nos suelen reflejar. El grosero complejo persecutorio que caracteriza a los principales responsables del medio evidencia un memorable despiste en materia de comunicación teórica, a la vez que exhiben con desconcertante orgullo una inocencia que está en estrepitosa contradicción con las imágenes y sonidos que diariamente emiten.

El asunto es bastante más sencillo que todo esto: la unánime respuesta de la prensa (y de la calle) es critica porque los mensajes cotidianos de televisión también son críticos, porque no son inocentes. Si escribimos contra RTVE es porque RTVE grita

Con la ruptura ya hubiéramos llegado contra nosotros, nos provoca audiovisualmente, instaura por las buenas una relación escandalosamente autocrítica entre el emisor y el receptor, en fin, porque privilegia su particular discurso en detrimento, de todos los demás, el nuestro es un simple reflejo de autodefensa y no una manía o una rabieta, como sostienen. Aceptamos con histórica resignación que los de Prado del Rey tiren la primera piedra, vale, pero no pretendan que encima pongamos la otra mejilla.

Con reforma o con ruptura se sabía de antemano que las dos instituciones que primero iban a sentir en sus propias infraestructuras y superestructuras los vaivenes del proceso democrático iban a ser la policial y la televisual. Es más, yo diría que la diferencia primordial entre la reforma y la ruptura se reducía en última instancia a un mero caso cronológico referido a la disolución de los dos grandes monopolios represivos del Estado. No es casualidad que los militares portugueses se apresuraran a disolver la PIDE y a liberalizar urgentemente la RTP para convencer al mundo de sus sanas intenciones políticas: como tampoco es casualidad que por estos pagos cueste tanto tiempo, sangre, sudor y lágrimas hacer frente a estas dos graníticas hipotecas de partida de la democracia reformada. A seis meses de las elecciones de junio, la nueva Bastilla resiste. Lo que nuestros primos del Oeste han resuelto en una semana, a nosotros va a costamos un año y un día, por lo menos. Y no encuentro mejor grafismo para ilustrar en el tiempo una idéntica voluntad de ruptura de un mismo espacio autocrático. Lamentablemente, aquí todavía seguimos luchando con las evidencias por mucho parto de la Moncloa que le echemos a la ensalada política

para hacerla más presentable y digerible, menos morosa. Nada tiene de extraño, por tanto, que en estos momentos todas las miradas confluyan en la televisión y. en la policía.

La repera tele visual

Estamos a 11 de diciembre y empiezan a florear los asuntos que tenían que estar resueltos el 15 de junio.

Ya está nombrado el Consejo Rector, el bravo Comité Anticorrupción arma la marimorena con sus informes, Ansón se eclipsa, el nuevo director general promete el oro y el moro, la programación se remueve, se rumorean nuevos nombres para viejos cargos, los fabulosos sueldos de las estrellas de la tele nos dejan patidifusos, se publican las listas negras y, naturalmente, todos tenemos el morbo puesto en Prado del Rey. Parece la ruptura, pero bien mirado es la repera televisual. En realidad, están repitiendo la vieja estratagema de sustituir la emoción por los signos externos de la emoción. Porque en el Consejo Rector seguirán mangoneando los de siempre (un 70% de los miembros son del Gobierno), porque el Comité Anticorrupción tiene los días contados, porque al señor Arias-Salgado le volverán a embarullar los gigantes con los molinos de viento, porque la nueva programación se reduce a un reajuste de horario, porque los hombres nuevos suenan a cargos viejos y porque de este oportuno morbo que tanto molesta a ciertos profesionales no quedará ni rastro una vez que la opinión pública haya sido masivamente vacunada gracias a la eficaz representación del escándalo televisero que han montado para hacernos creer lo de siempre, que las cosas cambian porque algo se mueve en la superficie.

Pienso en los demócratas de corazón que componen el llamado Consejo Rector de RTVE y siento una tristeza poco menos que infinita por ellos. Los hombres no saben en qué follón se meten y mucho me temo que vayan a ser astutamente utilizados como coartada del medio. Hasta ahora, la responsabilidad de lo que ocurría en la televisión era exclusiva de los ejecutivos de Prado del Rey, por la sencilla razón de que no había tal responsabilidad social, política, económica, informativa o cultural.

La exuberante ramificación del organismo central que cubría la Casa y la tercermundista proliferación de altos cargos constituían las dos defensas que les preservaban de cualquier molesto imprevisto. Pues bien, a esta sólida muralla burocrática se añade ahora la posibilidad de diluir aún más las culpabilidades gracias a la existencia del Consejo Rector, que se ha comprometido públicamente a «velar por la objetividad informativa ya controlar los ingresos y los gastos». Ahí es nada. Se conoce que los consejistas van de buena fe, confian en la providencia milagrera y desconocen el terreno que van a pisar. De otra manera no se explica cómo diablos van a poder meter mano a una institución que ha sido edificada, precisamente, sobre los pilares de la tendenciosidad informativa y del interesado caos económico y laboral.

Las preguntas que nos hacemos son muy simples, casi infantiles: ¿tiene el consejo poder ejecutivo? ¿A qué niveles? ¿Cómo se decidirán los acuerdos? ¿Es posible siquiera criticar un organismo gubernamental a través de otro organismo compuesto en su mayoría de gubernamentales? ¿Se establecerá por votación lo que se entiende por objetividad informativa? ¿Cuántas horas pasarán nuestros buenos consejistas delante del televisor? ¿Se establecerán tumos, guardias, imaginarias, controladores de semana? ¿Aceptarían los profesionales del medio la fiscalización profesional de unos completos amateurs en la materia? ¿Tiene el consejo capacidad programadora? ¿Reducirá su atención a los telediarios o también a los espacios culturales, cinematografícos, dramáticos, deportivos, infantiles, concúrsenles...? Por último: ¿podrán nuestros doce magníficos parlamentarios hacer prevalecer sus criterios frente .a los veinticuatro miembros restantes del consejo, frente al propio Gobierno, frente a los incontables é incontrolables hombres del Gobierno en Prado del Rey, frente a una programación dada y frente a una burocracia heredada?

Un simple ejemplo para finalizar. Esta semana nos ofrecieron otro Cara a cara. Esta vez sobre el tema de la enseñanza. Admitimos como hipótesis que el coloquio fue neutral. Lo que no podemos admitir a poco que hayamos visto estos días la televisión es que RTVE haya sido objetiva en el asunto de la enseñanza, porque a lo largo de la semana, y para preparar el terreno, nos ofrecieron con grosera insistencia las particulares opiniones sobre el tema de varios miembros de la UCD, de un portavoz de la Asociación de Padres Católicos, del ministro del ramo y de una señora muy peripuesta ella entrevistada como por acaso. En toda esta escalada semanal, la única voz respondona fue la de Gómez Llórente en el citado programa. ¿Considerarán los del consejo que esto es objetividad? O acaso estamos ante un simple problema de proporcionalidad y a la oposición, como al Consejo Rector, sólo le corresponde un 30% del tiempo y el espacio televisual? El folletín no ha hecho más que empezar. Permanezcamos atentos a la pantalla.

 

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