Autor: Esperabé de Arteaga González, Jesús. 
   Ruptura y transición     
 
 ABC.    22/10/1978.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

DOMINGO, 22 DÉ OCTUBRE DE 1978. PAG. 3.

RUPTURA Y TRANSICIÓN

QUE Franco, a diferencia de lo que sucede en las repúblicas populares en las que a sátrapa muerto satrapa puesto, estaba seguro de que su régimen no le sobreviviría, parece cierto. Lo atestiguan sus más íntimos allegados. No obstante, llamó al Príncipe —hoy Rey— para que le sucediera, lo tuvo seis años de imaginaria y no contento con ello, con infracción de las propias limitaciones que a su poder personal él mismo se había dado, le colocó a su lado a Carrero, para que producido el evento, como entonces se llamaba a su óbito, la monarquía reinstaurada no se convirtiera en la monarquía restaurada. El asesinato de Carrero y el no haber otro Carrero de recambio torció el curso de la historia y abrió la puerta a la vía española a la democracia, al paso de la autocracia a la libertad. ¿Pero cómo?

Es Ramón Tamames en su «¿Adonde vas, España?» el que nos ilustra sobre el tema, narrándonos la elaboración de una especie de pacto de San Sebastián en tres actos, pero cada cuadro con poco y escaso elenco. Primero se creó la Junta democrática (año 1974); después, la Plataforma de Convergencia (1975), y finalmente la Coordinadora Democrática (marzo de 1976). En todos estos «conjuntos», de año y vez, había revolucionarios históricos que con dificultad podían con las calzas, meritorios que nunca sufrieron persecución por la justicia a quienes si el dictador les hubiera llamado habrían coadyuvado (de ahí su presunto resentimiento) y hasta viejos franquistas a los que si Franco se muere unos años antes la transición les sorprende con el toisón de su régimen: guerrera blanca, yugos y flechas en bocamanga y gorra de plato. Con tan extraño material, poco se podía edificar. No obstante, no les faltó imaginación e instrumentaron un programa, aunque lo copiaron de los revolucionarios de 1931: ruptura con el pasado, lo que llevaba implícito arrumbar todas las instituciones del franquismo, incluso la monarquía, gobierno provisional y apertura de un período constituyente con inmediata liberación de presos y retorno de exiliados. Para más detalles, véanse programas de mano (págs. 38 y 39 de susodicho libro).

Por Jesús ESPERASE DE ARTEAGA

Pero esto más que de ruptura tenía pinta de revancha y entrañaba olvidar que eran ellos —o sus abuelos— los que habían perdido la guerra, sin que la muerte del dictador retrotrayera las cosas por las buenas a febrero de 1936 y que los que llamaban peyorativamente poderes fácticos, no eran tan fácticos, porque el artículo 37 de la Ley Orgánica del Estado —super ley del régimen constitucionalizaba el golpe de Estado. Darlo, máxime ante tan atractivo programa que borraba de un zarpazo cuarenta años, buenos o malos, de nuestra historia, no hubiera resultado difícil. Los colaboradores de ese general, del que alguien no quiere acordarse, no eran precisamente mancos. Podía acabarse con las Cortes franquistas, parodia de un parlamento, con el Consejo Nacional, especie de «sovieto del régimen y hasta con el Consejo del Reino o «presidium» de aquel montaje. Pero con la monarquía que, prudentemente había aguantado el chaparrón sin tener culpa de la guerra, que hundía sus raíces en el pasado patrio, que estaba dispuesta a ser la monarquía de todos los españoles y que además era vista con buenos ojos por el pueblo y el Ejércitos, no era fácil terminar. Lo que pasa es que Arias, primer ministro de la transición, prefirió lloriquear por el muerto a enfrentarse con la realidad mandando a las Cortes, puesto que las circunstancias habían cambiado, una ley que refrendase la de 22 de julio de 1969.

Y no porque aquellas Cortes pudieran dar el espaldarazo democrático a la Institución, sino porque a tenor del artículo 1.° de la ley de 22 de octubre de 1945, siendo un proyecto de ley, el Jefe del Estado podía someterlo a referéndum. La Corona hubiese salido robustecida, las reticencias se habrían acabado para siempre y el tránsito propiciado por el .Monarca habría resultado más fácil y rápido. Pero Arias no supo o no quiso hacerlo y he aquí que transcurrido casi un año sin que nada cambiara, el Rey tuvo que convertirse en motor del cambio. La operación transición salió bien y con la aparición en escena —y por los trámites legales— (terna del Consejo del Reino) de Adolfo Suárez, se pudo llegar desde la legalidad y en un tiempo récord, a la situación democrática que los españoles hoy disfrutamos.

Este es un mérito que a Suárez no podrá negarle la Historia, ni se lo niegan los buenos españoles que eran mayoría como el 15 de junio lo demostraron. Porque el triunfo electoral fue suyo y a él no contribuyó ninguno de los que salieron al trote largo de la Coordinadora y otros recovecos porque allí no tenían futuro.

Suárez no tuvo tiempo de enderezar los pasos de Arias, porque el país precisaba una Constitución y el tiempo apremiaba. No obstante, cometió la debilidad de aceptar la exigencia de Felipe de renunciar a la iniciativa legislativa que la Ley de Reforma Política le atribuía y se avino a que el texto fuese elaborado por una ponencia del Congreso que había de alargar el proceso, en la que no estaban todos los que son, de la que sólo podía salir lo que salió y en cuyo alumbramiento U. C. D. podía dejar pelos, mientras la oposición se apuntaría tantos que no había ganado en las urnas. Y como en los espectáculos taurinos hay a veces que aliñar para que el público, aburrido, no arroje las almohadillas al ruedo, aquí hubo que acabar consensuando extramuros la redacción. Lo que se tildó de antidemocrático, electoralmente de heterodoxo y a medio y largo plazo contraproducente.

Esta conducta puede traer al referéndum algún «no» que, el P. S. O. E., que concurre al homenaje a la bandera y no obstante iza en sus vestíbulos la tricolor y a pesar de ello se dice

 

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