Autor: Rodríguez, Pedro. 
   Y en esto llegó Boyer     
 
 ABC.    25/02/1983.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

Y EN ESTO LLEGO BOYER

SALIERON de madrugada, sin haber amanecido el 23 de febrero. Se fueron en coches oscuros, casi todos callados, apenas dos aplausos. No había ni un grupo, ni una pancarta, ni un himno: la extrema derecha, la vieja dama negra, reconocía su derrota; el golpismo español, el vicio nefando de una raza, había muerto. Antes que acabara el 23-F, minutos antes, unas furgonetas rodearon una manzana de la plaza de Colón. Y entonces llegó Boyer.

A los ochenta días había dos ministros camino de la enfermería, malheridos, casi de «corpore insepulto». Fernando Moran había tenido que hacer la tira de kilómetros para conseguir tan espectacular deterioro. Como Phileas Phogg había dado la vuelta al caos en ochenta días.

Miguel Boyer se había suicidado tirándose desde lo alto de una torre de Rumasa. El lunes, la gente no se lo creía en Europa: un ministro de Hacienda haciendo que cundiera el pánico en 18 Bancos era como un médico que inoculara una epidemia. El miércoles había colas en telégrafos de Jerez, colas de trabajadores, para saludar al Gobierno por la brillante idea de poner en peligro sus puestos de trabajo. Boyer estaba muerto de pie, y Paco Ordóñez se vestía de corto: tenía al alcance de la mano la cartera, ese oscuro objeto del deseo. Y entonces ocurrió. Lo que no estaba en los libros de Keynes, ni de Samuelson, ni de Friedman: un ministro en apuros por haberse ido de la lengua en una comida, exactamente igual que si estuviera en las lentejas de Mona Jiménez, arrasó de un puñetazo un imperio económico. Sin avisar. Ni al Parlamento, ni a las instituciones, ni al dueño del invento que estaba viendo el Telediario. Hombre: cuando en un minuto, con nocturnidad, te despojan de veintitantos hoteles, y de Galerías Preciados, y de buques, y de 18 Bancos, y de 77 inmobiliarias, y yo qué sé, siempre se agradece que te manden un tarjetón que ponga «atentamente». No hay que perder las formas. No le dejaron a Ruíz Mateos ni el Calmante Vitaminado para la jaqueca. Tampoco debía ir tan mal Rumasa cuando de su nómina cobra todos los meses la esposa de un alto cargo —al menos, una— socialista. Hombre, lo raro en la ciencia económica es que un ministro de Hacienda envíe los inspectores. Pero Miguel Boyer quedará en los anales por mandar los guardias. Por algo quería ser ministro de Defensa.

En la noche del 23-F-83, el socialismo español ha cruzado el punto-sin-retomo. No lo ha hecho por profundas convicciones doctrinales, sino por salvar la cabeza de un ministro indiscreto. Por la tarde, el tema era o Boyer o Ruiz Mateos. O Calviño o la Prensa. «No cedáis, que se envalentonan.» La gente de este país no es tontita. Acaban de ver rapar las barbas del vecino.

Por el artículo 33, un ministro metido en apuros se incautará, con unas furgonetas y la Constitución, de un periódico, de una casa o de una mercería. Hemos entrado en la política sauvage, y estos chicos de Harvard queman sus naves y parten hacia la ruptura. El terror ha penetrado la noche de este 23 de febrero en el delicadísimo dispositivo que ha mantenido a la democracia española: el sistema financiero. Se han apretado irreversiblemente las palancas de alta tensión.

Los banqueros y empresarios, puestos en pie, aclamando en el Meliá al presidente González, son ya un cuadro tan viejo, tan cuarteado, tan irrepetible como un fresco medieval. «Algunos de los que aplaudimos en el Meliá estaremos antes de un año en Carabanchel o en el exilio.» El lunes, Miguel Boyer dio una hora de plazo a Ruiz Mateos para comprometerse por escrito a que la auditoría encargada, que cuesta una pila de millones y que paga Rumasa, fuese entregada directamente por la empresa auditora al Gobierno. Cuarenta y ocho horas después, la Policía entró en lo que hasta este 23-F se entendía por un edificio privado y lo tomó. No aparecieron ni el Defensor del Pueblo ni el líder de la oposición. Sólo, la niebla.

Pedro RODRÍGUEZ

 

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