Autor: Gutiérrez, José Luis. 
   Boyer, el teósofo     
 
 Diario 16.    28/01/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

GRITOS

Y SUSURROS

José Luis Gutiérrez Boyer, eí teósofo

AYER, lectores, tuvo lugar en el Pleno del Congreso de los Diputados un bonito, un brillante debate entre economistas. Yo siempre recuerdo una de esas perspicacias que el agudo y certero Alfonso Guerra me confió hace años: Shiquiyo, los economistas y los periodistas son dos colectivos que se creen el ombligo del mundo... Y tenía el Guerra gran parte de razón, como casi siempre.

Sin embargo, el debate que ayer tuvo perfiles singulares, novísimos. Como ilustración previa, la amistosa y sonriente charla de Guerra con el ministro de Economía y Hacienda, Miguel Boyer, ante la consiguiente nube de fotógrafos, como para borrar con el inapelable testimonio de las Nikon los rumores de malquerencias recíprocas.

Boyer presentaba al Pleno el debate de convalidación o derogación del real decreto que sirvió al Gobierno para utilizar medidas urgentes en materia presupuestaria, tributaria y financiera, con el fin de mantener andando la maquinaria econnómica del país mientras se elaboran los Presupuestos Generales para 1983.

Y a la sombra del decreto de diciembre, Boyer montó las vértebras más principales de la política económica a seguir. Y ahí se inició el diluvio. El verbo de Boyer se esparció por los escaños, empapando a sus señorías como ese inexorable chirimiri económico que inunda, de vez en cuando, el hemiciclo.

LO que pasa es que, lectores, coincidiendo con el Guerra, esto de la economía tiene mucho de sobrenatural, de caverna de ultratumba por la que deambulan los economistas como Boyer, moviéndose como teósofos a la busca de las fuerzas ocultas, que luego resulta no estaban tan ocultas, porque siempre aparecen en los planes de estabilización que la OCDE reparte como rosquillas entre los países en apuros.

A veces, con los economistas había que hacer lo que hizo el Santo Oficio con los seguidores de las tesis teosóficas de la Blavatsky: excomulgarlos. No se les entiende nada. Incluso Boyer recurrió en cierto sentido a la providencia cuando basó la esperanza de recuperación económica en las expectativas optimistas de la economía mundial. O sea, en san Washington.

En cambio, el debate posterior fue una delicia en sus dos principales intérpretes. Habló, tras la fase expositiva y numeral de Boyer, el flamante diputado liberal Pedro Schwartz, en representación del grupo popular de Fraga. Y hay que decir que si Schwartz elimina algunos elementos alucinógenos de sus intervenciones — muy comprensibles, por otra parte, dada su inexperiencia en la Cámara — , llegará a ser un gran parlamentario. Fue excesivamente apocalíptico, pretencioso, naíf se diría,, en algunas de sus expresiones —«furias vengadoras», llegó a decir—. Pero también estuvo brillante.

En la respuesta, el triministro Boyer estuvo sembrado. Yo recuerdo, de un viaje que hice con él en tren desde Moscú a Leningrado, su finísima ironía, de las mejores cepas, que ayer brilló en todo su esplendor.

Boyer es, asimismo, un fino orador, ingenioso en las repentizaciones, agudo, culto, de altura. Con ademanes de «beautiful people», se mofó con elegancia, y sin ofender, de los dantescos paisajes económico-sociales dibujados por su amigo y antiguo profesor, el catedrático Schwartz.

AL comenzar la réplica, el ministro anunció su acuerdo con la petición de Schwartz, de que el decreto-ley fuera tramitado en el Parlamento como ley, por el preceptivo procedimiento de urgencia. La aceptación de Boyer provocó los aplausos de las filas de Fraga y un leve estupor en los escaños socialistas, cuyos diputados desconocían la decisión que, en cambio, se había debatido y aprobado previamente en el Gabinete.

En resumen, un debate grácil y «chic», en el que no se entendió muy bien el pateo de algunos socialistas, que aún no deben de ser conscientes de su condición de partido que gobierna desde una mayoría exageradamente absoluta. Es de esperar que ese pedazo de pan, ese bendito que es el portavoz socialista, Javier Sáez Coscullela —que, por cierto, ha sido misionero—, les dé a sus muchachos algunas instrucciones de cómo utilizar el aparato locomotor en el interior de la Cámara...

 

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