El Gobierno se ha equivocado, pero tiene razón     
 
 Diario 16.    25/02/1983.  Página: 1-2. Páginas: 2. Párrafos: 24. 

EDITORIAL

El Gobierno se ha equivocado, pero tiene razón

El sistema de libertad económica consustancial a. nuestro régimen democrático, incluye el derecho de todo empresario a orientar su actividad como le de la gana y, por tanto, el derecho a arruinarse si es que comete equivocaciones y decide perseverar en ellas. Pero, simultáneamente, parece claro que el Gobierno de la nación se encuentra obligado a proteger los intereses —económicos o laborales— de quienes estén siendo arrastrados a una aventura suicida, mediante el falseamiento o la ocultación de datos fun-damentales para la evaluación de la realidad.

Si aceptamos como buenas las cifras facilitadas ayer por el ministro de Economía y Hacienda, habrá que convenir que, de haberse producido, en la comunicación entre Rumasa y sus trabajadores, accionistas y clientes, la siempre exigible transparencia informativa, hacía tiempo que se habría provocado una estampida mucho más acelerada que la que desde la desnuda caradura manchesteriana se atribuye en exclusiva a la imprudencia del señor Boyer.

Como en el caso que nos ocupa, la aventura suicida implicaba una creciente invasión de parcelas neurálgicas de nuestro sistema financiero, lo justo sería no sólo someter a examen y escrutinio el acto de fuerza intervencionista del actual Gobierno, sino también el «don tancredismo» pasivo de los anteriores.

Precisamente porque en nuestra opinión —y somos conscientes de que discrepamos de muchas otras— es bastante probable que la Administración socialista lleve razón en el fondo de) asunto, es por lo que juzgamos tan lamentable que se hayan cometido estrafalarios errores de forma.

LOS MANEJOS DE RUMASA

Mientras Rumasa no sea capaz de rebatir, convincentemente, las cifras facilitadas ayer por el señor Boyer, sólo desde el cinismo podría seguir defendiéndose un horizonte de viabilidad para el «holding» de Ja abeja. El número de grandes, pequeñas y medianas empresas del país con serias dificultades sería interminable, pero asimilar su problemática y usos a los ahora descubiertos en Rumasa, supondría un inmerecido insulto para la inmensa mayoría de ellas.

Afortunadamente no es práctica común entre nuestros empresarios ni el tasar en 116.000 millones un patrimonio que luego vale cinco mil millones, ni el revalorizar, artificialmente, en más de once mil millones un activo adquirido la víspera, ni el proclamar ganancias donde en realidad hay pérdidas (¡15.000 millones por debajo de lo anunciado!), ni el arropar con artimañas sin cuento deudas fiscales acumuladas más allá de los 20.000 millones.

Independientemente de la calificación jurídica y penal que pudieran merecer tales manejos y otros tan sólo insinuados, de lo expuesto se deduce que, desde una perspectiva moral, Rumasa venía desarrollando una monumental estafa, dé la que la sociedad entera venía siendo víctima.

Aplicando el sentido común, resulta además bastante lógico que así fuera. José María Ruiz Mateos es ciertamente un hombre singular, dotado de cualidades excepcionales, pero por mucho que se crea en la tenacidad individual como motor de la historia, el imparable crecimiento de su imperio en medio de tantas ruinas ajenas, venía siendo un cotidiano despropósito a la luz de las más elementales leyes de la razón. ¿Acaso todos los demás eran imbéciles o es que la providencia divina le había ungido expresamente a él?

LA SANTIFICACIÓN DEL LUCRO

Algo de esto segundo ha parecido reflejarse "siempre en su mística voluntarista, basada en la santificación tanto del trabajo como del lucro imaginario. ¿Había llegado José María Ruiz Mateos a habitar la propia liturgia de sus sueños, cuando no hace poco, en medio de una situación tan catastrófica como la descrita, aún seguía afirmando que «en mis empresas está prohibido perder dinero»? Tómese buena nota, en cualquier caso, del escepticismo, preñado de distancia y reveladores murmullos, con que sus colegas empresariales y bancarios, gentes en muchos casos tan cualificadas como él, han venido asistiendo desde hace años a su alocada «fuite en avant» para enmudecer, tan significativa como insolidariamente, en estas horas de velatorio.

Bastó fijarse ayer en las esquizofrénicas reacciones del grupo de empleados, que acusaron ante las cámaras de televisión al Gobierno socialista de haber producido una falsa amenaza de bomba en la sede de la entidad, con objeto de impedir que tuvieran acceso a sus papeles y pudíeran protegerse unos a otros, para detectar que algo especialmente insano, orwelliano casi, ha estado impregnando las conciencias de los, burócratas del «holding», a caballo entre el stajanovismo y la tecnocracia.

Como bien apuntó ayer el ministro de Economía, a Ruiz Mateos «le venían pequeñas» esas discutibles leyes de nuestro sistema financiero que casi todos sus restantes colegas respetan. En lugar de luchar por transformarlas —y hay que señalar que han sido muchas las medidas liberalizadores en los últimos años—, todo su afán ha estado en eludirlas, con tantas trampas como desparpajo.

El «pasotismo» crónico de los Gobiernos de UCD fue su mejor aliado. Existiendo la correspondencia desvelada entre el Banco de España y Ruiz Mateos, el que Adolfo Suárez comentara anteanoche que siendo presidente no había detectado irregularidades en Rumasa supone un dato añadido a la pobre valoración que en su día hicimos del balance de su gestión. Y el que estando las cosas como estaban, se autorizara la adquisición por Rumasa de Fídecaya, entonces controtada por el Gobierno, revela hasta qué punto llegaba la estulticia centrista en materia de política económica, y no deja de salpicar, paradójicamente, a alguno de los arquitectos de esta solución final arbitrada por el «Boletín Oficial» de ayer.

UNA PELEA DE PORTERAS

Siendo, pues, plenamente conscientes de los sólidos fundamentos, desde una óptica de saneamiento financiero y hasta de moralidad pública, en que se asienta la acción gubernamental contra Rumasa, no podemos, sin embargo, dejar de exponer nuestras serías dudas sobre si la salida a la crisis del «holding» debía ser tan drástica y brutal.

Por muy ajena que fuera la responsabilidad de que el panal haya adquirido su dimensión actual, era un dato de la realidad que si se palmeteaba tan inclementemente a la abeja de Rumasa el país entero se tambalearía. Tal vez era imprescindible una «cirugía de hierro», pero practicada, desde luego, con manos de relojero, para no sajar ni un centímetro de tejido en exceso.

La meticulosidad, discreción y extremado tacto con que en los últimos tiempos se han reencauzado otras significadas crisis empresariales — Banca Catalana, Explosivos Río Tinto, Banco Urquijo— supone, por eso, un llamativo contrapunto a esta especie de lóbrega pelea de «porteras» que, por utilizar un vocablo muy caro recientemente para el señor Boyer, ha condicionado en el tiempo la agonía de Rumasa.

El hecho de que cuando el pasado viernes salió a relucir el tema, toda la dialéctica de Boyer girara en torno a la imprescindible continuación de las auditorías y la reiteración con que ayer echó en cara a Ruiz Mateos su «desafío» al Gobierno, no pueden por menos que alentar la sospecha ampliamente difundida de que el amor propio agraviado ha jugado un papel demasiado relevante en esta especie de «duelo a muerte al salir el sol».

Con sus indiscretos comentarios —él, tan exigente de discreción en asuntos mucho más livianos— Boyer puso en marcha una escalada en los envites que alejaba fatalmente la partida de cualquier solución de compromiso. Aunque, como de costumbre, se excedió en el «atrezzo», Ruiz Mateos no tenía más remedio que recoger el guante y colocar, a su vez, al ministro en la situación límite de quedar anegado en el descrédito o demostrar que no se había movido en el terreno de las bravatas.

La pretensión de Boyer de desvanecer la relación causa-efecto entre sus manifestaciones y la progresiva retirada de depósitos de los bancos de çRumasa, desembocó ayer, naturalmente, en un aparatoso fracaso.

Pero insistimos en que nos parece una tosca y desvergonzada manipulación hacer de ello el eje central del maremoto, cuando lo que el ministro descubría—con toda la torpeza que se quiera— no era sino una flagrante verdad, hace tiempo percibida o cuando menos intuida, por la comunidad financiera y por amplios sectores de la sociedad.

DEVOLVER AL SECTOR PRIVADO

Como tantas veces en la historia, un conflicto entre pasiones y emociones humanas ha variado, en sentido acelerado, el ritmo de desarrollo de lo que de todas formas era inevitable. Nunca podrá demostrarse si Rumasa habría durado tres, seis o nueve meses más y si su hundimiento habría sido entonces menos dañino para la confianza interior y exterior en nuestro sistema financiero de lo que está siéndolo ahora.

Anótense de todas formas, en el debe de la precipitación, las graves objeciones jurídico-constitucionales que frente al procedimiento empleado se suscitan en estas mismas páginas.

En cualquier caso el paso está dado. Ahí queda el Gobierno con su razón y su equivocación, con sus 18 nuevos bancos y su Galerías Preciados, a modo de gran bazar moscovita de titularidad pública. De lo que haga a partir de ahora es de lo que dependerá el veredicto final sobre éste, tan valiente como atropellado jaque mate. Mientras el amplio colectivo de trabajadores, cuentacorrentistas y accionistas del «holding»

Rumasa aguarda el cumplimiento de las rotundas promesas que salvaguardan sus intereses, la racionalidad económica reclama una rápida devolución al ámbito de la iniciativa privada —es decir, de la sociedad civil— de todas aquellas empresas con perspectivas de rentabilidad ahora expropiadas. Sólo así podrá de verdad difuminarse, el a nuestro entender infundado y manipulado fantasma que el lobo colectivista —y, por supuesto, abortista — ha enseñado al fin las uñas.

 

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