Autor: Anaut, Alberto. 
 Cayó Rumasa. 
 José María Ruiz Mateos: la historia de un perdedor     
 
 Diario 16.    25/02/1983.  Página: 8-9. Páginas: 2. Párrafos: 13. 

Estaba allí, sentado frente a su gran televisor de 26 pulgadas, en la planta baja de su lujoso chalet de dos plantas. Fue entonces • cuando Eduardo Sotíllos, al filo de la medianoche del miércoles, salió en pantalla y dijo la palabra mágica: «expropiación».

José María Ruiz Mateos no se lo podía creer. Había jugado su partida hasta la última carta. Había respondido al envite —brutal envite— de Boyercon un «cinco más» y ahora, de repente, a través de la pantalla le llegaba el mensaje del Gobierno: «ordago». Ruiz Mateos había perdido la partida.

El resto fueron nervios. Viajó hasta el centro neurálgico del «holding», en plena plaza de Colón, se reunió

con sus ejecutivos, lloró. Dijo que esperaba que fuera por el bien de España y desmintió que estuviera retenido por el Gobierno. Al día siguiente, ayer por la mañana «estaba sereno y bien de salud».

Otra vez frente a su televisor, en su gran despacho-funcional de la última planta del Centro Colón, sentado en una silla de cuero beige. Viendo frente a él al hombre que ha desbaratado el imperio Rumasa: Miguel Boyer. Descubriendo, de repente, que todos sus intentos por llevarse bien y seguir el juego con los socialistas, el regalo de unas tierras de La Almoraima a los campesinos por petición de Felipe González, las promesas de seguir dándole a la maquinita de crear puestos de trabajo... había fracasado. Diciendo adiós a su imperio, suspendiendo su esperada rueda de prensa, anunciada para la misma tarde de ayer y preparando todas sus armas, todas sus cifras, toda su fuerza para una intervención de «réplica» que se sigue esperando con ansiedad.

No fue posible

Jerezano, cincuenta años, casado, del Opus y con trece hijos, el patrón de Rumasa no podrá cumplir su sueño, crear 100.000 puestos de trabajo. Cien mil «hijos de San Luis» dispuestos a seguirle ciegamente, a defender su empresa, a introducir un nuevo estilo de hacer, una filosofía casi mística del trabajo.

Profundamente religioso y profundamente conservador —su escala de valores se llama familia, educación, formación religiosa, orden, disciplina y un conjunto de buenas costumbres que van desde el espíritu de sacrificio a la entrega y el trabajo, pasando por la rectitud de conciencia — , José María Ruiz Mateos es un advenedizo en esto de los negocios. Y entre sus numerosos pecados, de los que sin duda va a tener tiempo de arrepentirse, hay uno del que desde luego no es responsable: es un intruso. No pertenece a la élite. Los grandes empresarios y los grandes banqueros de este país nunca le han aceptado como uno de los suyos, por mucho primer «holding» que fuera y por muchos dieciocho bancos que tuviera metidos en su panal.

Su historia es como un cuento, de esos que suelen acabar bien, aunque en este caso todo el mundo —y él mismo, pese a sus sueños— supiera que no iba a ser posible. De niño, en lugar de jugar a las chapas montó un banco a! que llamaba JO-MA-RU-MA (las primeras sílabas de su nombre completo) y prestaba dinero a los chavales; con treinta años logró un contrato de distribución de vino de Jerez en Gran Bretaña, de la mano de John Harveys, y ya más mayorcito empezó a enfrentarse con el Banco de España y a jugar a heterodoxo. «Es de esas personas —acaba de decir su matador, Boyer— que piensan que las normas vigentes son un corsé demasiado estrecho para e/los.» Una fina alusión a Juan Vilá Reyes, el hombre de Matesa, con clara intencionalidad política.

La abeja

Se ha creado una imagen perfecta. Es simpático, sencillo, dicharachero y todos los que hablan con él se quedan atónitos y desconfiados ante un hombre que no parece ser el cerebro del mayor «holding» (hasta ayer) privado de nuestro país. Le gusta apasionarse hablando de su peculiar filosofía y le gusta, sobre todo, su trabajo. «El trabajo es una cosa demasiado importante como para perder el tiempo. El ocio es siempre negativo.» Eso decía.

Tenía un objetivo muy claro: sentarse allí, entre los siete grandes de la Banca. Un sueño imposible. Pero es que este hombre, sobre todo, «tiene alma de banquero». O, al menos, así le veían sus colaboradores más íntimos: los elegidos dentro de ese grupo de mil superejecutivos, con la abejita en el pasacorbatas y los gemelos, dispuestos a dejarse la vida por defender la empresa de su patrón.

Un patrón bajito y dicharachero, un típico producto «macte in Spain» (arriesgado, luchador, intuitivo! que había construido su imperio sobre el oscurantismo, la audacia y unos maravillosos quiebros a los chicos del Banco de España. Un patrón, José María Ruiz Mateos, que ayer por la tarde estaba reunido en su

casa preparando toda su artillería para responder a la demoledora decisión del Gobierno.

No se conocen los argumentos. No se conocen las cifras. No se conocen sus posibilidades. Porque la verdad es que, tal vez imbuido por su espíritu profundamente religioso —misa y comunión diarias, fiesta general el día de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro—, José María Ruiz Mateos había convertido a Rumasa, ante la ausencia casi total de datos económicos fiables, en un verdadero acto de fe en la capacidad de su creador para eludir el mar de rumores que le ha rodeado desde hace una decena de años y seguir engordando el negocio en busca de una salida cada vez más difícil.

 

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