Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Dos años después     
 
 Hoja del Lunes.    21/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Los episodios nacionales

DOS AÑOS DESPUÉS

Durante el régimen de Franco, la plaza de Oriente ha sido el lugar de reunión para las grandes ocasiones.

En vez de escrutar los votos que salían de las urnas se calculaba las personas que acudían a la plaza de

Oriente. Allí, a gritos, a canciones y a clamores se expresaban las opiniones políticas en un clima de

pasión cordial, en una efusión de lo que se llamaba fervor popular. En política había sólo un dilema para

el pueblo: o con Franco o contra Franco, La plaza de Oriente era el sitio para la celebración de ese

plebiscito, en el que no cabían opciones intermedias. Igual que durante el fascismo los Italianos acudían

frente al Palazzo Venezia a escuchar de labios de Mussolini las grandes promesas del imperio, loa

españoles iban a la plaza de Oriente a gritar su orgullo y su fomentada soberbia frente a las "conjuras" del

Este y los recelos y aislamientos del Occidente. Cuanto más solos estábamos frente al mundo, con más

ruido y con más pasión proclamábamos el orgullo de nuestra soledad. Y ahí prácticamente terminaba

nuestra participación política, porque Franco afirmaba invariablemente el carácter vitalicio de su

magistratura y repetía con insistencia que los partidos políticos no volverían jamás.

Dos años después de la muerte de Franco, España tiene un Parlamento elegido por sufragio universal; los

partidos políticos han vuelto, están legalizados y hacen su propaganda en plena libertad; el Congreso y el

Senado acaban de aprobar la adhesión de España al Consejo de Europa en una votación unánime de los

representantes del pueblo; se prepara una nueva Constitución; se organizan los sindicatos libres, y

nuestras fronteras están abiertas a todos los españoles que quieran volver, incluso a aquellos cuyos

nombres, por el solo hecho de pronunciarlos, producían repeluznos en el Gobierno y en las autoridades.

Rafael Albertl se ha sentado en un escaño del Congreso. Dolores Ibarruri ha presidido la Mesa de edad en

el palacio de la Carrera de San Jerónimo. Victoria Kent ha dicho que todavía en este país no hay libertad,

pero lo ha dicho en este país sin haber recibido la visita de loa guardias. Federica Montseny, con su

aureola de única mujer española que ha ocupado un sillón ministerial, ha estado entre nosotros. Santiago

Carrillo no sólo ha dado una conferencia en el Club Siglo XXI, sino que explica el eurocomunismo en las

universidades norteamericanas y recibe desaires y anatemas desde Moscú.

Enrique Lister, con au leyenda del V Regimiento, ha vuelto al país en el que fue uno de los héroes de una

guerra perdida. El honorable Josep Tarradella» vive en la Casa de los Canónigos de Barcelona como

presidente de la Generalidad de Cataluña. Los "cuarenta de Ayete" han sido sustituidos por un grupo de

senadores reales, entre los que figuran don Justino de Azeárate, don Manuel Irujo, don José´Ortega

Spottorno y don Julián Marías. Un confinado del "contubernio" de Munich preside el Congreso. El

Partido Socialista ae prepara para ofrecer una alternativa, de Gobierno. Ha sido aprobada una reforma

fiscal sin que haya cesado fulminantemente el señor ministro de Hacienda. Hemos celebrado unas

elecciones generales en libertad y—lo que era casi más difícil de prever —en orden. Marcelino Camacho

ha pasado desde una celda de Carabanchel a la pantalla de la televisión. El presidente del Gobierno

español ha sido recibido en varias capitales del mundo y concretamente en todas las capitales de la

Europa comunitaria. ¿Hacen falta máa ejemplos del cambio? España, políticamente, ae encuentra no ya a

dos años, sino a dos siglos del fin de la dictadura.

Sin embargo, ayer la plaza de Oriente.se llenó de nuevo como en los grandes acontecimientos de la etapa

franquista. Bajo la lluvia sé abrieron loa paraguas y las irentes de Madrid y las que habían llegado de

provincias cantaron bajo el balcón vacío al que s* asomaba Francisco Franco. ¿Estamos los

españoles enfermos de nostalgia de la dictadura o del autoritarismo? Queramos persistir en nuestra

costumbre de participación política con la manifestación, la canción o el grito más que con el voto

meditado pacífico? Sinceramente creo que no. Lo que tal vez sucede es que los que no ganan en las urnas

quieren ganar en la calle con maní festaciones ordenadas o con disturbios, con banderas,

con pintadas o con asesinatos. En una democracia, éstas son cosas que no debieran tener

sentido. Las opiniones en la democracia encuentran cauces libres y ordenados. Ni tiene sentido la

demostración de fuerza en las calles cuando se usan las urnas ni la oposición tiene que recurrir a la

violencia para luchar contra una legalidad que ya no la mantiene condenada al destierro y al silencio. El

lugar para medir las adhesiones ya no es la plaza de Oriente ni las plazas o las calles de ninguna otra

ciudad, sino los colegios electorales. La posibilidad de que los españoles estén enfermos de

nostalgia no habrá que buscarla en las manifestaciones. Habrá que buscarla en los votos. Y no

cabe duda de que tras la muerte de Franco, primero con el referéndum y después con las elecciones

legislativas, la inmensa mayoría del pueblo votó por el cambio hacia la plenitud de la democracia." Lo

qu« sucede es que, como decía Benedetto Croce, la democracia no se aprende sino ejercitándose en

ella, entrenándose en su ejercicio, y el

aprendizaje democrático—sobre todo después die cuarenta años de abdicación de la soberanía popular en

la voluntad de un hombre vencedor de una guerra y con indudable autoridad en una gran parte de!

pueblo—no resulta fácil ni puede ser una tarea breve. Todavía lo primero que se nos ocurre cuando

queremos manifestar una postura o una opinión política es echarnos a la calle para protestar, para pedir o

para homenajear.

Pero por otra parte, cualquier brote de nostalgia habrá que ponerlo en la cuenta de dos acontecimientos

habituales en la última etapa de.la vida del país. Son dos sucesos de muy diversa índole. De un lado, un

sarpullido de revanchismo que padece un sector de la oposición tradicional al régimen de Franco. Hay

gentes que quieren fundar nuestra naciente democracia no en la construcción de un futuro en libertad y en

pacífica convivencia, sino en la revancha, en la acusación, en la persecución y en la condena de todo

cuanto venga del régimen anterior. Quizá porque olvidan que España es hija de su historia, de toda su

historia, y para edificar en un solar desierto habría que arrasar hombres y obras. En esas actitudes que se

empeñan en ver el fantasma del franquismo en cualquier esquina de la vida nacional habitan los más

franquistas del momento. Esos son los que menos comprenden que la vida española para el futuro

debemos edificarla tan lejos de la nostalgia insensata como del denuesto sistemático. El insulto repetido,

las formas de odio hacia la España que vivió y trabajó bajo Franco es la mejor manera de abrir de nuevo

un foso entre esas dos Españas que ahora tenemog la gran ocasión de reconciliar y de convertir en una

sola España plural, pero pacifica, donde la política produzca adversarlos, pero no enemigos a muerte, Y

es una manera de excitar a la nostalgia de lo imposible; es decir, auna actitud política infecunda y

marginal.

De otro lado, habrá que considerar el momento critico y preocupante de nuestra economía. A costa de

nuestras libertades políticas y de sacrificios que, ya para muchos, son Impagables, el país salió de la ruina

total de la . posguerra hasta . encaramarse en un lugar destacado entre las mayores potencias industriales

del mundo. La crisis internacional y el •desconcierto interno, lógico en la etapa del tránsito, amenazas con

sumirnos en un período de regresión económica y de nuevos sacrificios colectivos. De nada nos servirá

achacar por sistema todos nuestros males económicos actuales a la herencia del franquismo. Estamos

condenados históricamente a administrar esa herencia, tanto en su activo como en su pasivo, de un modo

que sea el más justo para todos los españoles y, sobre todo, que sea el más justo para aquellas clases que

menos pueden soportar las consecuencias naturales de una. crisis económica. Pero ya nos han explicado

que eso no lo podremes conseguir sin el sacrificio de todos. Por primera vez en este país los sacrificios

para la prosperidad futura han sido repartidos de manera que más contribuyan los que más tienen. Pero las

apetencias desmedidas, las insolidaridades tercas, la deserción de esa fuente importantísima de riquezas

que es el trabajo, pueden acercarnos a una pobreza de la que hace mucho habíamos salido. También esa

sería la mejor forma de excitar la nostalgia. Antes, los sacrificios y las austeridades nos venían ordenadas.

Ahora tenemos que imponerlas nosotros a nosotros mismos. O acertamos a hacerlo o algunos—cada vez

serán más—empezarán a pedir que venga alguien a imponerlas a la fuerza. Y eso también supone la toma

de posición insensata de pedir imposibles, porque estamos metidos en un proceso de libertad y

democracia irreversible, si no es a costa de desatarr nuevos ríos de sangre.

Los países que salieron de los totalitarismos derrotados en la guerra contaron con importantísimas ayudas

exteriores pata organizar su vida economica mientras prendía la democracia en el pueblo. Los problemas

políticos son mucho más fáciles de resolver ,desde la prosperidad que desde; la pobreza. España hasta

ahora no ha recibido prácticamente otra cosa que. buenas palabras y discursos de aliento. .La Europa del

Mercado Común nos ha decepcionado. La necesidad de atender a nuestra organización política después

del diluvio ha evitado que durante dos años nos ocupemos primordíalmente de aplicar remedios

económicos. Tampoco disponíamos de las instituciones y los instrumentos para hacerlo, porque toda la

estructura anterior estaba en trance de derrum. bamiento Seríamos injustos si dijéramos que otra vez y

como siempre estamos solos ante el peligro Pero también es verdad que un Occidente en crisis no se

decide a hacer otra cosa que mirarnos con simpatia y con cierto asombro admirativo a yer si somos

capaces de salir por nosotros mismos de Una situación que muy pocas veces—o tal vez .ninguna—ha sido

superada en la historia sino a costa de traumas y convulsiones. Miramos la vida en torno y podemos

hablar de dos siglos después de la muerte de Franco cuando sólo han transcurrido dos años. Pero todavía

nos falta mucho para que unos desde un lado y otros desde el contrario aprendamos las nuevas

costumbres.

Jaime CAMPMANV

 

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