Sobre golpismo, terrorismo     
 
 ABC.    24/05/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Sobre golpismo, terrorismo

A los tres meses exactos del 23 de febrero los españoles volvemos a tener el corazón en un puño bajo la

amenaza del terrorismo golpista. Si entonces se humilló al Parlamento y se quiso pisotear la Constitución

que el pueblo español libremente se diera a sí mismo, ahora se trata de forzar la liberación de los mayores

responsables de aquel gravísimo delito y se hace poniendo en juego la vida de dos centenares de

inocentes.

Desgraciadamente, a la hora en que escribimos este comentario todo son incógnitas en torno a este

suceso. Y no sólo sobre lo que ocurre en el interior del Banco Central, sino también sobre las posturas que

la autoridad del Estado está adoptando ante ello. No sólo carecemos de notas oficiales, sino que,

asombrosamente, a lo largo de toda esta larga tarde los teléfonos destinados a informar oficialmente a la

Prensa han estado descolgados.

Pero los datos que poseemos son más que suficientes para definir este gesto como terrorismo puro, sin

atenuantes, con muchísimos agravantes. Formen quienes formen el grupo agresor es absurdo lo que piden

y vandálico el modo de pedirlo. Ni las personas para las que se pide la libertad aceptarán jamás una

liberación con chantaje (habría que perder para ello el último resto de honor) ni el Gobierno puede tener

la más mínima vacilación en su negativa a tan absurdas peticiones.

El hecho resultaría mucho más grave si se confirmaran las sospechas de que algunos de los asaltantes

pudieran ser miembros de algún Cuerpo armado o hubieran recibido de él las armas que portan. Aunque

los datos que inclinan a ello parecen serios, nos resistimos aún a creer tan disparatada hipótesis. No es

posible que tras el ejemplo colectivo de obediencia y disciplina que las Fuerzas Armadas y la propia

Guardia Civil en su amplísima mayoría dieron el 23 de febrero, pudieran hoy reincidir algunos

poniéndose al rasero de los atracadores de Bancos o secuestradores de personas. Una hipótesis así, de

confirmarse, conduciría a conclusiones mucho más radicales que obligaran a cortar de raíz la corrupción

allí donde esté. Pues no hay corrupción más grave en un Cuerpo armado que la indisciplina de sus

miembros.

A la hora en que elaboramos este comentario nos preocupa en primer lugar la vida de los rehenes.

Esperamos que quede en los atacantes ese resto suficiente de humanidad para no cumplir las bárbaras

amenazas de asesinar un rehén cada hora. Y habrán de emplearse todos los medios legítimos para dialogar

con los asaltantes y conseguir al menos ese atenuante de un final feliz para las personas más directamente

implicadas en esta locura.

Nos preocupa también la evidente voluntad de los asaltantes del Banco de servir de detonante a la aún

inestable situación que España vive hoy. Procurarán probablemente alargar este secuestro para conducir

al país hasta el mismo borde de sus nervios. Pero queremos creer que tanto las autoridades como las

Fuerzas Armadas y de Orden Público sepan mantenerse en su puesto y que no le pase por la cabeza a

nadie algo tan deshonroso como ayudar a un grupo sedicioso.

Nos inquieta también la postura del Gobierno, del que esperamos la debida firmeza. En nuestro editorial

del pasado 24 de febrero pedimos que no existiera ningún género de vacilaciones en el castigo de un

delito que atacaba frontalmente el orden constitucional y que hubiera hasta podido conducirnos a una

bárbara matanza e incluso a una guerra civil. Que hoy bajo la presión chantajista se dejara impune aquel

delito y violada la más elemental justicia sería también nuestra ruina como Estado de Derecho.

No queremos hoy profundizar especialmente en las raíces de este nuevo ataque a la democracia. Tiempo

tendremos en los próximos días, y confiamos en que podremos hacerlo con mayor paz que hoy. Pero sí

queremos, al menos, señalar que no habrá dejado de influir en lo que hoy ocurre en Barcelona el clima de

exaltación del golpismo que se ha venido tolerando en estos tres meses. Una mucho mayor rapidez en el

juicio de los encausados habría dejado ya las cosas en su sitio. Asombrosamente, en estos meses hemos

asistido al espectáculo de un creciente entusiasmo de los golpístas, como si en realidad hubieran

conseguido sus objetivos el pasado 23 de febrero. Y por el país se difundía la sensación de impunidad de

quienes entonces delinquieron, junto a otra continuada sensación de debilidad y de indecisión en quienes

tienen la autoridad para impedirlo. Con ello no sólo se resquebraja la autoridad de los gobernantes; el

mismo papel de la disciplina en los ejércitos quedaba disminuido.

Si el 23 de febrero conocimos el peligro de que un grupo de exaltados quisiera imponer su voluntad

personal sobre la del pueblo español, hoy sabemos que hay grupos dispuestos a conseguir esos objetivos

convirtiéndose en puros y simples terroristas. El cáncer parece ser más hondo de lo que creíamos. Ha

llegado la hora del bisturí y la firmeza.

Y hoy todavía la esperanza, la necesidad de que, al menos, se respeten las vidas humanas puestas en

peligro. El 23 de febrero, con todo su dolor, tuvo al menos ese resto de humanidad de ahorrarse sangre.

Aquellos polvos trajeron estos lodos. Que no sean, cuando menos, lodos ensangrentados.

2/ABC

OPINIÓN

DOMINGO 24-5-81

 

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