Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
   Bajo el síndrome del miedo     
 
 El Alcázar.    25/05/1981.  Página: 1. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Bajo el síndrome del miedo

QUE ha pasado en Barcelona? Durante treinta y seis horas los españoles hemos sido sujetos de una

información mendaz, tendenciosa, manipulada con sutiles sugerencias, cuando no con abiertas

beligerancias. Todos los medios informativos (y en particular aquéllos cuya dependencia de las áreas

oficiales resulta incuestionable) se han preocupado más de buscar puntos de coincidencia entre los

hombres del «23-F» y los secuestradores que en la formulación de una serie de preguntas que cualquier

mente serena, no sometida a los dictados de la tendenciosidad ideológica, se hubiera formulado de

inmediato.

Nadie se preguntó quiénes eran los asaltantes. Se daba por sentado que los terroristas eran de

ultraderecha, o de extrema derecha, o guardias civiles. ¿Qué pedían los asaltantes? Nadie lo sabe con

rigor, porque el Gobierno mantenía un absoluto silencio en tomo a los comunicados, pero los medios

informativos adujeron de inmediato que solicitaban la salida del general Torres Rojas, del coronel San

Martin y del teniente coronel Tejero. ¿Fue en realidad una estratagema de los terroristas, o los asaltantes

obedecían tortuosas y complejas órdenes emanadas de no sabemos quién?

En cualquier caso el mutismo oficial —cuando no la abierta colaboración con la especie difundida, como

en el caso del señor ministro de la Defensa, fomentó una excitación dialéctica en la que abundaban las

adjetivaciones de «facciosos», «ultraderechistas», «golpistas»... Hasta tal extremo se llegó en esta

superchería que cuando a las veintidós horas y ocho minutos de la noche, el ministro del Interior, Juan

José Rosón, hada pública la identidad de los terroristas y comunicaba que no pertenecían ni a las Fuerzas

de Seguridad del Estado, ni a la extrema derecha, Televisión Española añadió por su cuenta «aunque

pudieran resultar grupos afines»...

Todo esto es indecente, indecoroso, brutal, grotesco y bien pudiera calificar, por sí mismo y acaso con los

mismos adjetivos, a quienes urdieron, sin más apoyo informativo que su propia imaginación o su propia

dependencia política, la extensa tela de araña. Quedan muchas cosas por aclarar del «23-M». Demasiadas.

Lo primero que como periodista se me ocurre preguntar y lo hago en voz alta, responsablemente,

serenamente, es el instante en que la autoridad tuvo conocimiento de la identidad de los asaltantes.

También siento una cierta curiosidad por conocer el origen del armamento, la financiación del «golpe»,

así como sus objetivos últimos.

Fuentes militares de toda solvencia, según Europa Press, que habían seguido muy de cerca los

acontecimientos de Barcelona, hicieron esta síntesis: «Los asaltantes eran anarquistas pagados para

desprestigiar a la Guardia Civil.* Todo esto resulta muy grave. Gravísimo. Quizás estemos en el instante

de solicitar, democráticamente, dimisiones. Sin llegar a tanto, me limitaría de momento a pedir, con toda

sencillez, explicaciones lógicas para aclarar unos sucesos que han servido para agudizar aún más el

síndrome de inseguridad, de temor y amargura que padece España.

La tortuosa explicación del señor Aguirre, portavoz oficioso del Gabinete, según la cual si la acción

terrorista no la había realizado la extrema derecha, estaba en la evidencia de que existían conexiones entre

esa extrema derecha y los terroristas, es, a su vez, muy grave también. La evidencia no necesita

demostraciones, basta con explicarla.

Pues ya se sabe: el Gobierno de la Nación tiene la palabra, aunque sea por boca del señor Aguirre.

Antonio IZQUIERDO

 

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