¿Quién está detrás?     
 
 El Alcázar.    25/05/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

EL ALCÁZAR / 25 mayo 1981

opinión

Pág. 3

¿Quién está detrás?

AL final ha resultado que los locos de extrema derecha eran anarquistas y delincuentes comunes. Extraña

coincidencia ésta de que en casi todo el mundo occidental los locos de extrema derecha que atentan contra

las situaciones establecidas resulten luego todo lo contrario de lo que se publicó a diestro y siniestro.

Durante treinta y cuatro horas, los españoles han sido sometidos a un terrible bombardeo psicológico que

no sólo inculpaba del asalto al Banco Central de Barcelona a bandas de ultraderecha e incluso a miembros

de la Guardia Civil, sino que, con la colaboración entusiasta del ministro de Defensa, situaban al capitán

Sánchez Valiente al frente de la operación. Esta singular coincidencia de actitud, este desmesurado interés

en acusar de entrada a la extrema derecha de todas las acciones indignantes durante el tiempo que no

tienen atribución inequívoca, huele a consigna. La profunda penetración social comunista en los medios

de información de casi todo el mundo occidental, flanqueada por el radicalismo, hacen posible estas

espectaculares unanimidades. Las hienas de la desinformación saltan prestas sobre la carroña, sin una

duda, con seguridad desconcertante, y señalan sin vacilar: es la extrema derecha: es la ultraderecha, son

los fascistas. No piensan, no razonan, no analizan (os agentes de la desinformación. Cumple las órdenes

sin rechistar. Son fieles a una tétrica conspiración de alcance mundial.

EXISTÍAN serios motivos para sospechar desde el primer momento que, en el asalto al Banco Central de

Barcelona, había gato encerrado. Había materia bastante para suponer que las ambiguas e indecisas

peticiones de los asaltantes escondían un interés muy distinto al proclamado. No era precisa demasiada

agudeza para alcanzar conclusiones diametral mente opuestas a las que pregonaban sin cesar la radio y la

televisión. Merece la pena explicarlo.

Carecía de sentido que nadie afín a los implicados en los sucesos del 23 de febrero pidiera la libertad del

general Torres Rojas, del coronel San Martín, del teniente coronel Tejero y del teniente coronel Mas. No

lo tenía por dos motivos: todos ellos pidieron irse al extranjero en óptimas condiciones, según les fue

ofrecido, y en ves de ello prefirieron hacer frente a sus responsabilidades; resultaba, asimismo, extraño

que sólo dieran estos cuatro nombres y se olvidaran de los restantes procesados, pese a la mayor

nombradía de algunos de ellos.

No cuadraba que miembros de la Guardia Civil pudieran cometer una acción de tal tipo y reclamaran esas

libertades. La Guardia Civil, en efecto, conocía de sobra la voluntad de los procesados y nada de lo que

sucedía se avenía con el estilo militar de la Benemérita. De otra parte, aparecía sorprendente que

miembros de la Guardia Civil o de las Fuerzas de Orden Público pudieran acometer una empresa

descabellada, carente de toda justificación estratégica. De otra parta, la Guardia Civil, por su organización

militar y su organización pudo conocer en muy pocas horas dónde se encontraban todos y cada uno de sus

miembros. Estamos seguros que el Gobierno dispuso muy pronto de la información que eludía el

protagonismo de ningún miembro de la Benemérita.

¿Podían miembros de la Guardia Civil, bajo mando cualificado, maquinar una operación de este tipo? Se

imponía de inmediato una respuesta negativa. En primer lugar, porque de la misma sólo podían derivarse

daños para al Instituto, asediado con saña durante las últimas semanas, desde las esquinas políticas y de la

desinformación. Y si, como algunos sugirieron con intolerable malevolencia, se pretendía una

provocación de gran alcance en relación con el Día de las Fuerzas Armadas, ni la fecha, distante una

semana de ese acontecimiento, ni el objetivo, asalto a un Banco, eran coherentes con el pretendido

objetivo.

Tampoco era presumible atribuir el asalto a un grupo de extrema derecha. Basta con acudir a los archivos

y utilizar la memoria. Ninguna acción de tal estilo y con tal armamento se encuentra entre las atribuidas

en el pasado a la llamada extrema derecha. Pese a la inflación informativa y política, desplegada en tales

ocasiones por el radical-socialismo, los resultados de la investigación policial y de la indagatoria judicial

evidenciaron una notable falta de profesionalidad, un armamento primario y heterogéneo, grupos poco

compactos y sospechosas presunciones de inducción.

No tenía sentido, de otra parte, que unos pocos exaltados por el patriotismo sistemáticamente agredido

acometieran una aventura de este tipo, precisamente el día en que Fuerza Nueva celebraba en Barcelona

su congreso regional y en vísperas del Día de las Fuerzas Armadas. La exaltación tiene un límite y la

torpeza también lo tiene.

PLANTEADAS así las cosas aparecía una ancha zona de confusión y se presentaban motivos muy serios

de perplejidad. Era necesario estudiar el problema desde otra perspectiva. Y tomar en cuenta, asimismo,

la cautela demostrada por el Gobierno, salvo en el caso endémico del ministro de Defensa, cuyo afán de

notoriedad le ha hecho cometer ya muy graves e intolerables traspiés. El hermetismo de la Moncloa no

sólo podría ser atríbuible a la seriedad del actual presidente del Gobierno, constituido en sesión

permanente con sus ministros más cualificados. El hecho de que ni tanquiera se fuera déla boca

Fernández Ordóñez, pese a su conocida proclividad a los juicios temerarios, alertaba a cualquier

observador que no estuviera condicionado por un sectarismo irreprimible o por las consignas de partido.

El transcurrir de las horas sin que de la Moncloa saliese el más mínimo dato, hacía sospechar que las

cosas eran mucho menos claras de lo que pregonaban los órganos de la desinformación en sus páginas y

en sus micrófonos. ¿Qué importante y sorprendente información tenía en sus manos el Gobierno para

callar y dejar decir? ¿Quiénes se escondían tras el tosco lenguaje de los asaltantes, según podía

comprobarse a través de las conversaciones telefónicas mantenidas con alguno de ellos? Era evidente que

aquella manera de expresarse no era propia de mandos militares, de guardias civiles ni de gentes de clase

media.

AL final ha resultado que, efectivamente, la banda que ocupó el Banco Central estaba compuesta por

anarquistas y delincuentes comunes. Y que, según el ministro del Interior, fueron pagados para cometer

dicha acción. ¿Pagados por quiénes? En ese puntóse abre una línea extraordinariamente sugestiva de

indagación. Las primeras cuestiones a las que habrá de buscarse una respuestas son éstas: ¿Quiénes

podían tener interés en montar una operación que implicara a determinados procesados por los sucesos

del 23 de febrero?

¿A quiénes podía convenir que los autores del asalto salieran de España y quedara en entredicho la

Guardia Civil y en cuanto Cuerpo del Ejército de Tierra, las Fuerzas Armadas?

¿A quiénes podía favorecer crear un clima nacional de desconfianza en torno al Día de las Fuerzas

Armadas y promover la salida a la calle en toda España, y sobre todo en Barcelona, no ya sólo en defensa

de la democracia, sino para acusar violentamente a la institución militar, a la derecha e incluso al

Gobierno por lenidad?

¿Qué relación puede guardar este confuso y espectacular atentado, protagonizado por anarquistas y

delincuentes comunes, con la durísima campaña emprendida durante las tres últimas semanas contra las

Fuerzas Armadas, las Fuerzas de Seguridad del Estado y la llamada por las agentes de ta desinformación

genéricamente extrema derecha, abarcando en ella a todos los españoles soliviantados en su patriotismo?

NO es la primera vez que oscuras fuerzas se valen de delincuentes comunes y de ácratas para cometer

crímenes y atentados que atribuir a sectores de la sociedad en que encuentran resistencia a sus

conspiraciones de poder. El escándalo provocado en Italia por los descubrimientos en la logia masónica

P-? deben alertar sobre los mecanismos subterráneos de no pocas operaciones delictivas en el mundo

occidental. No creemos que España pueda constituir una exeppción a la regla, en tanto no se demuestre lo

contrario.

LA primera parte del espectacular acto terrorista de Barcelona no tiene ya vuelta de hoja y pone

tristemente en evidencia a los apresurados en las acusaciones apriorísticas, entre ellos, por desgracia,

órganos de información con un severo historial de honestidad periodística que parecen estar dispuestos a

tirar por la borda. Ahora viene la segunda parte. Ahora habrá de penetrarse en esta otra escurridiza,

viscosa y húmeda vertiente de la incitación. Los servidores de la desinformación no dudan en valerse del

silencio de la Policía y del Gobierno para insistir en su obsesiva acusación a la extrema derecha, sin

pararse a meditar sobre la menguada cosecha que, los señalados bajo tan equívoca denominación, podían

obtener.

ES posible que el ministro de Defensa oyera campanas sin saber dónde, y fuera cierto que la Policía

seguía desde hace días algunas pistas en apariencias desconcertantes sobre la preparación de un tipo

imprevisto de golpe de efecto y que hasta posea determinadas sospechas, más o menos consistentes,

distintas de las aireadas ahora, en un último esfuerzo defensivo, por la red de desinformación.

Todo es posible. Incluso que salte la liebre donde menos se espera, con aires montaraces de la cercana

sierra madrileña. Pero lo honesto, desde el punto de vista profesional, es dejar a la Policía que indague y a

la Justicia que actúe. La paciencia constituye una virtud inestimable en el ejercicio del periodismo de cara

a lo que es confuso. Esa ha sido nuestro habitual comportamiento y lo será también en este caso.

Pueden seguir ladrando los tributarios del sectarismo. Nosotros no somos amigos del ladrido ni de la

mendacidad.

Aguardaremos, igual que otras veces, hasta que la verdad resplandezca o hasta que la ocultación de la

verdad nos requiera a reclamarla.

 

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