Autor: Azaola, José Miguel de. 
   El honor y el espíritu de cuerpo     
 
 Diario 16.    26/05/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

JOSÉ MIGUEL DE AZAOLA

El Honor y el espíritu de cuerpo

El nuevo «trágico error» de confundir guardias civiles con terroristas o delincuentes asaltantes del Banco

Central de Barcelona, así como el oscuro caso de Almería, obligan a una reflexión sobre el honor y el

espíritu de cuerpo de las fuerzas de seguridad. «No podemos aceptar que el honor de las-FOP y su

prestigio. condiciones de su eficacia, se veneran abajo», afirma Azaola.

Diario 16/26-mayo-81

Sigue lloviendo —¿hasta cuando?- sobre la mojadura del 23 de febrero. Ahora acabamos de asistir

estupefactos a la súbita metamorfosis, en Barcelona, de una veintena larga de presuntos guardias civiles

en once presuntos anarquistas. Si la primera versión era falsa, ¿cómo y por qué se dejó que se mantuviera

en pie durante más de veinticuatro horas? Lo fuera o no, hay aquí un nuevo ataque contra la Guardia Civil

-bien voluntario y desde fuera, o bien involuntario por abuso del espiritu de Cuerpo— ante el cual no cabe

permanecer impasibles.

Muy escasamente convincentes fueron ya los intentos dé explicación de la tragedia de Almería, que el

ministro Rosón hizo en el Congreso el día 21, mientras el diputado Bandrés, desde su escaño, repetía: «A

la mierda, a la mierda...», pensando, quizá, en lo mucho que aliviaría a quienes sofoca el montón de ella

acumulado en las trampas de los encubrimientos y en los trapicheos de los secuestros y del llamado

«impuesto revolucionario», el ver también envueltos en el prodigado excremento a quienes más

obligación tienen de estar limpios de él.

Explicaciones

¿Serán más convincentes las explicaciones de lo acaecido en Barcelona y de la ausencia, de un rápido

mentís a una noticia malignamente calumniosa? Y, sino hubo calumnia, ¿qué engaño es éste?

Vividas desde nuestro sufrido País Vasco, donde la violencia alcanza su apogeo, las jornadas que han

seguido a la del luctuoso día 10 y han culminado en las del 23 y el 24 de mayo, resultan particularmente

descorazonadoras. Porque, de un tiempo a esta parte, se habla mucho, y con razón, de «democracia

vigilada», y todo parece indicar que la española lo está, y no sólo vigilada, sino amenazada de muerte al

menor descuido.

Pero, no sé si fuera del País Vasco la gente se da cuenta de que, no ya desde el 23 de febrero, sino desde

hace varios años, la democracia vasca se halla a su vez estrechamente vigilada, coartada, recortada,

amenazada y angustiada como consecuencia de una intimidación general frente a cuya presión persistente

el uso de las libertades y el ejercicio de los derechos cívicos requieren a menudo un temple heroico y una

voluntad férrea.

Credibilidad

Para quienes viven en tan poco envidiables condiciones, el ver que amenazan venirse abajo la

credibilidad, la honorabilidad y el prestigio dé aquellos a quienes está encomendada la defensa de sus

derechos y de su seguridad, resulta, pura y simplemente, inaceptable.

Esos, funcionarios encargados de velar, con las armas en la mano, por nuestra seguridad y nuestra

libertad, no sólo son materialmente necesarios, sino que son además moralmente indispensables porque,

si ellos faltan, la moral se derrumbará, y nos invadirá la insoportable sensación de encontrarnos

enteramente a merced de un terrorismo que ha mutilado las libertades y aspira a terminar con ellas.

No podemos, pues, aceptar que el honor de las Fuerzas de Orden Público y su prestigio, condiciones de su

eficacia, se vengan abajo. No podemos admitir, en consecuencia, que se confunda el espíritu de cuerpo

con el honor del Cuerpo. En todas las Policías del mundo se dan abusos, y a menudo, abusos graves.

El honor del Cuerpo se salva denunciándolos, castigándolos, insolidarizándose con sus autores, pese a que

algunos se creen obligados, por espíritu de cuerpo, a solidarizarse con éstos o a disimular sus excesos.

Pero el espíritu de cuerpo no vale nada si no está sometido al honor.

Error trágico

Si hubo «errores trágicos» en el estremecedor episodio de Almería, el más trágico no consistió (dicho sea

respetando la memoria de los muertos y el tremendo dolor de sus allegados) en tostar por terroristas a tres

ciudadanos inofensivos. Pues, Si las víctimas hubiéran sido tres etarras, podemos estar seguros de que el

balance final de la «operación», cifrado en vidas humanas, habría dejado chiquito al guarismo de

Almería.

El error más trágico se produce cuando, confundiendo espíritu de cuerpo y honor del Cuerpo, se tapa, o se

desfigura, o se pretende dejar impune, lo que el honor exige que se descubra, se aclare y se castigue.

Ahora también hay que hacer toda la luz posible sobre lo acaecido en Barcelona, incluso a costa de que

caiga un ministro, o el Gobierno en pleno.

No faltarán quienes traten de disculpar los desmanes de ciertos cuerpos remedando la frase que, hace un

año, pronunció en el Congreso el diputado Bandrés: «Quizá los que menos desean la violencia son los que

la practican.»

No, dejemos a los sofistas con sus sofismas. Nunca es verdad que el delincuente sea el que menos quiere

el delito. Aunque, ciertamente, hay en esta ocasión quienes, más vivamente que él, desean verlo delinquir:

son los que quisieran cubrirlo con el excremento mismo que a ellos los sofoca.

 

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