Autor: Peiró, Luis. 
 Aunque al final pudo realizarse con éxito. 
 Se descartaba el asalto de los GEO por miedo a una masacre     
 
 ABC.    26/05/1981.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 15. 

ABC/5

Aunque al final pudo realizarse con éxito

Se descartaba el asalto de los GEO por miedo a una masacre

BARCELONA (Luis Peiro, enviado especial). La brillante y espectacular Intervención de los GEO en la

noche del domingo acabó de forma sorprendente con las treinta y seis horas de angustia vividas en la sede

del Banco Central de la plaza de Cataluña.

A la eficaz actuación del grupo de élite de la Policía Nacional, que logro la liberación incruenta de los

últimos rehenes e imponer el criterio del Gobierno de no ceder a las pretensiones de tos secuestradores,

cabe añadir la perplejidad por el método adoptado para solucionar la situación, el estupor por la

explicación oficial de los hechos y los datos aportados sobre la identidad de los terroristas.

Los GEO empezaron su trabajo nada más llegar a Barcelona, estudiando el asalto a la sede bancaria.

Fuentes fidedignas aseguran que los planes se llegaron a ensayar sobre el terreno y algún miembro de los

Grupos Especiales llegó a descolgarse por las plantas superiores de la sede bancaria al filo de la

madrugada del domingo. El informe fue contundente: asaltar el Banco supondría una masacre. Y sólo

había dos hipótesis para arriesgarse: intervenir a la desesperada si los terroristas empezaban a ejecutar

rehenes o aprovechar una situación imposible en la que los secuestradores se atrincheraran en el edificio

de la plaza de Cataluña después de liberar a todos los empleados del Banco.

Ni una ni otra se dieron y es conocida la eficacia de la operación, aunque nadie autorizado ha explicado

qué indicios se tenían de que no iba a producirse derramamiento de sangre entre los rehenes cuando se dio

la orden de ocupación, máxime si como se ha dicho oficialmente se luchaba contra delincuentes comunes

o anarquistas, que difícilmente podrían intentar, en esos momentos, más que una salida a la desesperada.

Porque lo que si es evidente es que no hubo una entrega voluntaria. Por fortuna, pero de forma

inexplicable, los terroristas casi se olvidaron de sus rehenes cuando el asalto.

Pero no es menor la sorpresa suscitada por la información oficial que se ha difundido sobre la

composición del comando de secuestradores, la identidad de sus miembros y su número.

DUDAS SOBRE LOS SECUESTRADORES

Hasta dos horas antes se había hablado constantemente de un grupo sumamente adiestrado de veinticuatro

personas, que mantenía comportamientos militares —incluso en sus conversaciones telefónicas cón los

mandos policiales situados en el Banco de Bilbao—. Algunos oficiales de la Policía Nacional no habían

ocultado su convencimiento de que estaban actuando contra posibles guardias civiles, lo que incluso era

prácticamente confirmado en fuentes gubernamentales. En los mismos medios se hablaba de la presencia

del ex capitán de la Guardia Civil Sánchez Valiente — el huido del Congreso de los Diputados cuando el

23-F—entre los secuestradores. Las declaraciones del general Aramburu Topete, conocidas sobre las seis

de la tarde, decían mucho sobre la descalificación de quien perteneciendo a la Benemérita participara en

tan condenable acto, pero poco sobre su convencimiento de que no estaban presentes en el Banco Central.

«No hay guardias civiles en el interior del Banco Central. En todo caso habría que hablar de ex guardias

civiles, ya que cualquier guardia civil que hubiera entrado formando parte de! grupo de asaltantes dejó de

pertenecer al honroso Cuerpo en el mismo momento de hacerlo.» También el testimonio de algunos

rehenes liberados antes del desenlace final que aseguraban que un asaltante les había dicho que era

guardia civil, aunque pensaba abandonar el Cuerpo. Hay una declaración similar sobre la presencia cíe un

legionario. Aunque evidentemente el relato que los informadores hemos podido recoger de los empleados

del Banco que Iban saliendo liberados es sumamente deslavazado.

MAS DUDAS SOBRE LOS MÓVILES

Más increíble nos resultaron aún las declaraciones de Revira Tarazona en la rueda de Prensa que siguió al

final del suceso cuando aseguró que no se podía descartar que el móvil de los secuestradores pudiera ser

también él dinero, eludiendo toda referencia política, o a que actuaran al servicio de la ultraderecha, como

siempre se mantuvo en las horas del secuestro. Al margen de conjeturas, los mandos policiales que han

dirigido la operación no negaron la perfección y la coordinación del asalto llevado a cabo por los

secuestradores. También se mostraron muy diestros en la estrategia de la tensión que acompaña siempre a

las negociaciones en todo secuestro. Una estrategia que pudieron mantener durante más de treinta horas.

Tensión que alcanzó niveles críticos en los confusos momentos del asalto de los GEO y en la mañana del

domingo.

LA ESTRATEGIA DE LA TENSIÓN

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Momentos de máximo tensión durante la mañana del domingo

La comunicación del grupo operativo policial a las diez de la mañana, a través de la tanqueta de la

Guardia Civil, produjo una situación sumamente dramática. Dos mujeres imploraban arrodilladas una

negociación pacífica tras las verjas de la entrada principal del Banco, y un hombre se aferraba a los

barrotes. Los secuestradores habían dado un ultimátum que podría concluir a las 11,30 con la ejecución

de cinco rehenes. En medio del tenso silencio que mantenían los miles y miles de barceloneses que se

apretaban tras tos cordones policiales, las palomas cruzaban la plaza de Cataluña, absolutamente vacía, en

una escena que parecía surrealista. Las campanadas del reloj del Banco señalaron que se había cumplido

la hora y no había noticias, de que las autoridades policiales hubieran cedido a las demandas de los

terroristas. Fueron momentos patéticos. Las emisoras de radio catalanas —que realizaron un esfuerzo

informativo extraordinario— llevaban treinta minutos, difundiendo las llamadas desesperadas de los

familiares de los rehenes, que intentaban influir en el animó de los secuestradores.

La misma situación se repetiría una hora después, pues el gobernador civil de Cataluña, Josep Coderch,

había logrado que los secuestradores aplazaran una hora su ultimátum. A la una de la tarde todo indicaba

que las autoridades policiales iban a ceder en su estrategia de firmeza. Se pidió media hora de silencio

informativo a la radio, alegando unas negociaciones difíciles. Diversas fuentes aseguraban que se estaba

preparando una camioneta para trasladar a tos secuestradores al aeropuerto del Prat, donde cogerían un

avión, porque los secuestradores habían abandonado ya desde la madrugada cualquier pretensión política,

cualquier exigencia de que se liberara a Tejero y a los otros tres golpistas.

El delegado del Gobierno, una vez superada la situación, decidió que era necesario lograr una distensión.

Al filo de las dos de la tarde entró con el director general de la Policía Nacional, Fernández Dopico, en el

Banco a dialogar con ef «número uno», jefe del comando asaltante. Pese a que Revira Tarazona mantiene

que en todo momento aseguró á los secuestradores que nunca les darían medios para salir del país, unos

treinta minutos después de que abandonó el lugar del secuestro los terroristas hacían la mayor suelta de

rehenes desde que Iniciaron la operación. Cuarenta y dos personas, entre ellas las dos únicas mujeres que

estaban retenidas —todas las demás fueron liberadas a primeras horas de la mañana—, abandonaban su

cautiverio. En aquel momento se había conseguido reducir a casi la tercera parte el número de personas

retenidas por los terroristas.

LOS TERRORISTAS DIFUNDEN SUS PRETENSIONES

No se sabe si formó parte de la negociación o no, pero poco después los secuestradores conseguían

romper el aislamiento y difundir a la opinión pública sus pretensiones a través de Radio España de

Barcelona. Ramón Rollan, el cajero del Banco, el intermediario que tantas veces fue sacado al exterior

por un encapuchado que le apuntaba con una pistola en la nuca, también hizo público por las ondas un

comunicado dé los retenidos pidiendo que se escucharan las peticiones de los detenidos.

Los secuestradores aumentaban aún más su presión: presionar constantemente a la Policía con la angustia

de tos familiares de los secuestrados. Revira Tarazona lo pudo comprobar cuando se reunió con ellos.

Tuvo que soportar una gran tensión cuando les comunicó que el Gobierno no iba a facilitar el avión para

la huida.

La agobiante situación que padecían o quizá la presión de tos secuestradores le hizo dejar también un

mensaje casi subliminal: una «solución honorable como la del 23-F». Era un intento de convencer a la

opinión pública, como medio de presión ante el Gobierno, de que no permitir la huida de los

secuestradores sería jugar con la vida de los rehenes, lo que no se había hecho con los diputados del

Congreso el 23 de febrero. El comunicado hablaba de qué no se podía distinguir, entre «ciudadano de

primera y ciudadanos de segunda». Acto seguido, familiares de tos retenidos elaboraron un comunicado

pidiendo el trueque de los rehenes por diputados.

Para entonces ya se habían producido declaraciones —inexistentes hasta entonces — que señalaban que

todo iba a salir bien. Jordi Pujol, Narcis Serra, Solé Tura, el propio Rovira comunicaron su esperanza de

que el final se aproximaba. Eran las seis de la tarde, y había confianza general en una solución rápida y

sin violencia. Poco después, el último rehén puesto en libertad por los secuestradores llegaba frente a tos

periodistas en la calle Pelayo y entregaba a los policías nacionales una bala. «Me han dicho que les

diga...» Le hicieron callar y le llevaron al Banco de Bilbao a transmitir un mensaje a las autoridades

policiales. Minutos después se pudieron distinguir tos primeros geos en la terraza del Banco de Vizcaya.

Sonaron los primeros disparos: el asalto había comenzado. A las diez de la noche la tragedia había

finalizado, mientras los geos seguían inspeccionando el edificio, quizá en busca de unos explosivos que

no han aparecido, aunque los secuestradores habían asegurado continuamente que el Banco Central estaba

minado.

 

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