Ni siquiera los rehenes se ponen de acuerdo en el número de asaltantes     
 
 ABC.    26/05/1981.  Página: 8-9. Páginas: 2. Párrafos: 15. 

Ni siquiera los rehenes se ponen de acuerdo en el número de asaltantes

Asalto de Barcelona: final feliz y dudas en el aire

BARCELONA. Ni siquiera las personas que estuvieron retenidas en el Banco Central por el comando

asaltante se ponen de acuerdo a la hora de contabilizar el número de los terroristas. Asi, mientras el

empleado de esta entidad bancaria Francisco Javier Colorado manifestó a Efe que «los asaltantes se

cambiaron de ropa para escapar cuando nosotros fuéramos liberados, y en el momento en que salíamos a

la calle algunos de los asaltantes se mezclaron con nosotros», el padre de otro de los trabajadores subrayó

a Radio Nacional que, según su hijo, los pistoleros eran once y que, desde luego, no superaban este

número. «En el momento de la última huida —añadió— les pusieron en fila, entre ellos a mi hijo. Uno de

tos asaltantes se quitó la capucha y se la puso a uno de los del Banco. Les quitaban la chaqueta y se las

ponían ellos. Luego, salieron mezclados con los liberados.»

En este mismo sentido — dice Efe —, otro de los rehenes liberados destacó que «los asaltantes nos

pidieron nuestras ropas, para cambiarlas por las suyas. Dos de los asaltantes salieron tras de mí, en los

últimos momentos, y se refugiaron conmigo en la boca del Metro».

Una joven que pasó treinta y seis horas en el interior del Banco puntualizó a Radio Nacional:

«Hablábamos de todo con tos secuestradores. Al principio, nada, por los nervios; luego, cuando cogieron

a todos tos empleados y los bajaron abajo, a nosotros, tos ATS, nos hicieron quedar arriba por si había

algún herido o lipotimias. Hablaban de ellos en un plan muy tranquilo. Uno contaba que tenía hijos. Me

preguntaron si tenía familia aquí. Dije que a mi marido y a su familia, y me dejaron llamar por teléfono.»

«Yo les preguntó — continúa — por qué habían entrado en el Banco Central y no en la Generalidad o en

otro sitio de ésos. Dijeron que entraron en el Banco porque a ellos les habían mandado. Señalaron que no

querían ni un duro. Les preguntamos si eran de ETA y dijeron que odiaban a ETA. Lo único que dijeron

era que eran un comando antiterrorista o algo así. No eran veinticinco, como ha dicho la Prensa, y si no

eran veinte faltaban muy pocos. Bien no los pude contar. Ellos nos dijeron que eran veinte, pero tal vez

para hacer más presión. Creo que faltaban pocos para ese número, pero no estaba yo para contar a nadie,

porque continuamente teníamos gente con paros cardiacos, lipotimias, gentes con, úlcera, que había que

sacar a la calle. Sólo por la noche tuvimos un par de horas tranquilas, y fue cuando hablamos con ellos.

En general nos trataron muy bien.»

Otra de las personas que estuvo hasta la entrada de los GEO dijo que "no sabíamos quién disparaba. Sólo

los distinguíamos por las ráfagas de ametralladora. Eran diferentes unas de otras. Cuando supusimos que

eran los GEO gritamos: "Policía, estamos secuestrados, somos siete empleados." Pedimos auxilio. La

Policía tardó algo en contestamos, porque seguramente había atracadores cerca».

AMENAZAS DE MUERTE

Abrazos, palmadas en la espálela, ojos llenos de lágrimas y exclamaciones de alegría y optimismo,

incluso bromas, fueron las expresiones de los empleados del Banco utilizados como rehenes, que a lo

largo de la mañana de ayer fueron llegando a la sede del Central, en la plaza de Cataluña.

Las opiniones de unos y otros son diversas, y mientras unos parecen continuar con un cierto «síndrome de

simpatía» por los asaltantes, otros revelan claramente la enorme tensión psicológica a que fueron

sometidos.

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NACIONAL

MARTES 26-5-81

«Nos amenazaban de muerte cada cinco minutos»

Así, la telefonista del Banco, que primero se ocultó en los lavabos y fue descubierta a la mañana

siguiente, asegura que «los asaltantes nos riñeron por haber estado ocultos y por haber estado sin comer

durante tantas horas». Añadió que era falso que los asaltantes les hubieran puesto de rodillas en la puerta

del Banco. Recuérdese que esta telefonista fue una de las mujeres, la rubia, que estuvo en la reja de la

puerta principal durante largo rato, en la mañana del domingo, que «nos trajeron unas sillas para que nos

sentáramos», dice Efe.

Para otro de los rehenes, José María Martínez, la versión fue completamente distinta. «Nos pusieron en

una ventana del primer piso — cuenta — con las manos apoyadas en los cristales y los dedos

entreabiertos. Disparaban a través de nuestros dedos y nos dijeron que ellos no nos dispararían a nosotros,

que si alguien nos hería sería la Policía. Yo estaba seguro que la Policía no iba a disparar y por ese lado

estaba tranquilo.»

«Lo peor — añadió José María Martínez— es que nos amenazaban de muerte cada cinco minutos, y

también nos dijeron que cuidado con lo que contáramos a la Policía, porque entonces se cargarían a

nuestros hijos.» Al principio — continuó diciendo José María Martínez, el más explícito de los rehenes,

que llegó al Banco ayer por la mañana — no les dejaron ponerse en contacto con su familia, pero poco a

poco les hicieron ponerse en fila y les dejaron ir llamando, «aunque de forma restringida».

«Me gustaría — dijo finalmente el señor Martínez, que fue uno de los rehenes que salió en los últimos

momentos, manos en alto y que se arrastró por el suelo hasta la boca del Metro— que el sargento de los

GEO que me empujó, escaleras del Metro abajo, se pusiera en contacto conmigo. Es un tío estupendo y

fue el primero que me oyó llorar, al palmearme la espalda.» .

PIROPOS A LOS GEO

«¡Qué guapos son, qué bien hechos están estos hombres!», pensó Gloria Labín, adjunta a la dirección del

Banco Central, cuando vio a los GEO que la rescataban, informa Efe.

Gloria Labín, junto con otros cinco miembros de la dirección del Banco, estaba reunida planeando la

jornada cuando el Banco fue asaltado. Los seis miembros de la dirección optaron por refugiarse en un

despacho pequeño, pensando que era simplemente un atraco con rehenes y que el secuestro duraría poco

tiempo.

Permanecieron allí durante treinta y siete horas, sin comer, sin beber y sin hacer sus necesidades

fisiológicas, hasta que a las diez de la noche comprendieron que lo que se oía desde el despacho era la

actuación de la Policía. En ningún momento supusieron que se tratara de un atentado político. Cuando

salieron del despacho, los GEO les hicieron echarse al suelo, con las manos en la cabeza.

«Después se portaron divinamente. Nos dieron agua en el autobús. Nos ofrecieron comida y bebida en

Jefatura, me dejaron llamar a mis padres en Canarias, gratis, claro, porque dejé el bolso en el Banco, y me

dieron dinero para coger un taxi y volver a casa.»

 

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