"Mi teniente coronel, la operación ha concluido"     
 
 ABC.    26/05/1981.  Página: 8-9. Páginas: 2. Párrafos: 21. 

«Sin novedad, mi teniente coronel, la operación ha concluido.» En el patio de operaciones del

Banco Central, desolado escenario en que se amontonan vergonzantes Jirones de más de

treinta y seis horas de angustia, el capitán del Grupo Especial de Operaciones (GEO) pone,

con riguroso gesto castrense, el punto final —un final definitivamente feliz— a uno de los más

largos, tensos, oscuros, complicados y peligrosos episodios vividos por la joven democracia

española.

Son las veintidós horas veinte minutos de la noche del domingo. Los geos rompen filas con un

imperceptible respiro de satisfacción y alivio, Ei mismo respiro de .tranquilidad y alivio que en

ese momento recorre lodos los rincones de ¡a vida ciudadana española. Fuera, en la plaza de

Cataluña, donde han comenzado a revivir los primeros signos de normalidad, una densa

ovación subraya, a la salida de los hombres-punta de la Policía, la descarga de tensión, miedo,

asco, estupor, esperanza; sentimientos encontrados que se han ido acumulando a lo largo de

dos jornadas pavorosas. Los rehenes están sanos y salvos. Los terroristas —se piensa que

todos tos terroristas— están en manos de tas Fuerzas de Seguridad. Atrás quedan treinta y

seis horas críticas, en las que España ha tenido que contener literalmente el aliento. Los

momentos más difíciles se han sucedido a lo largo de todo el domingo.

Ocho de la mañana. Los asaltantes dejan libres a otros nueve rehenes. Desde las seis eran

más de veinte los que habían salido del cerco de los terroristas. Todos ellos van acompañados

por el cajero del Banco, señor Rufián, al que los asaltantes utilizan como intermediario,

«adelantado» y parapeto. El cajero pisa de cuando en cuando el pequeño desierto de asfalto

en que se ha convertido la ruidosa plaza de Cataluña. Siempre sereno, eficiente, lleno da

compostura. El esta canalizando tos contactos con las autoridades y sirviendo de «hombre

bueno» a los indescriptibles chalaneos que urden los secuestradores. Y tiene que materializar

los infames trueques, cambiar rehenes por cualquier cosa: tabaco, el desayuno, los periodicos,

el megáfono, los transistores, el televisor...

Ocho horas treinta minutos. Llegan a Barcelona el general Aramburu Topete, que se dirige

inmediatamente a la sede del «mando operativo», establecida en el Banco de Bilbao. Pocos

minutos antes, el gobernador de Barcelona dice a un medio de información que sigue sin

conocerse la identidad de tos terroristas. Algunos de los rehenes liberados cuentan que tos

asaltantes están obligando a sus compañeros a excavar agujeros en los muros. Toma cuerpo

una hipótesis obsesiva: el Banco está siendo minado.

Diez horas. Con el general Aramburu, el mando queda integrado por el delegado del Gobierno

en Cataluña, Rovira Tarazona: el director general de la Policía, Fernández Dopico; el general

de la Zona de la Guardia Civil, el teniente coronel jefe de la 411 Comandancia de la Guardia

Civil y el teniente coronel jefe de la Policía Nacional. Línea directa, prioritaria y permanente con

la Moncloa.

Cuando al filo de las diez y diez el presidente Jordi Pujol, preocupado, aunque sin muestras de

abatimiento, da tos buenos días a los miembros del «mando», acaba de ponerse en marcha un

lento, milimétrico e imparable dispositivo policial. Ha llegado ia hora de la ofensiva.

Diez horas quince minutos. Una tanqueta blindada de la Guardia Civil sale de la calle Vengara

y se dirige con lentitud hacia al edificio ocupado. Parece que la hora cero ha llegado. Un

responsable policial conmina a los asaltantes a que se rindan. Se produce un tenso, imposible,

diálogo megafónico. A las palabras de la Policía los terroristas contestan, con tono

amenazante, que «están jugando con la vida dé ciento cincuenta personas^ Se amparan en el

comprensible temor «Mi teniente coronel, la de los rehenes, uno de los cuales pide que se

suspenda toda acción violenta, porque de lo contrario los pistoleros están dispuestos a volar el

Banco. Ya no hay duda de que tos pistoleros actúan en dos frentes. No sólo utilizan a sus

rehenes como parapeto, sino que los están manejando como una eficacísima baza psicológica.

Parece obvio que no se trata de aficionados. Tras recibir dos disparos, que apenas son

rasguños, la tanqueta se retira.

Once horas. Los asaltantes parecen haber ganado el «round» y pasan a una descarada

contraofensiva. Exigen que se inicien las negociaciones antes de mediodía o empezarán a

ejecutar a los rehenes. Se sabe que los han distribuido entre fas distintas plantas del edificio y

algunos están en las ventanas con los brazos en alto para respaldar el chantaje.

Siguen los terroristas presionando en el frente psicológico. A través de la megafonía e!

«representante» de los rehenes lee un comunicado en el que pide que se negocie «una

solución digna para todos». Paralelamente, en la cade, los familiares han hecho un dramático

llamamiento para que los secuestrados sean liberados sin daño.

Once horas treinta minutos. Se anuncian las últimas condiciones impuestas por tos

secuestradores: quieren furgonetas blindadas para trasladarse al aeropuerto y allí un avión

para salir del país. En la Moncloa se estudia la situación a! más alto nivel. Entretanto, la

Guardia Civil está preparando un dispositivo para actuar en caso de huida.

Mediodía. Se ha establecido un período de tense silencio, sobre ei que pende ¡a insistente

amenaza de los pistoleros: si no hay respuesta van a sacar a la calle los cadáveres de cinco

rehenes. Las veinticinco ambulancias de la Cruz Roja estacionadas cerca del edificio subrayan

la posibilidad de que la amenaza sea cumplida. En Madrid se ha decidido no ceder & las

propuestas de los secuestradores. Sin embargo, se produce un operación ha concluido»

cierto respiro al saberse que el gobernador civil ha conseguido, en una conversación telefónica

con el número uno, aplazar el ultimátum. Los terroristas liberan a tres personas afectadas por

ataques nerviosos. Los asaltantes parecen estar más fuertes. Uno de ellos sale a la calle con

un rehén y se pasea observando el exterior.

Trece horas. Rovira Tarazona y Fernández Dopico avanzan lentamente hacia el Banco. Sale el

cajero Rullán y, en una escena kafkiana, los cachea a fondo. Entran los tres juntos por la puerta

principal. Evidentemente, han comenzado las negociaciones. Su alcance no trasciende. Pero a

partir de este momento ¡os acontecimientos se van sucediendo con rapidez, no siempre de

manera comprensible.

Catorce horas treinta minutos. El «número uno» se prodiga por distintas emisoras. A Radio

España les dice que la operación ha fracasado y que tienen que salir de España. A un

periodista de la SER, con tono desabrido y cierta mala educación, le invita a que Jes deje

tranquilos. «Tenemos que pensar para que todo salga bien.» Algo está en marcha. Unos

minutos más tarde los voluntarios de (a Cruz Roja acercan comida. Sin solución de continuidad

salen ubres cuarenta y seis rehenes.

Quince horas treinta minutos. Se suceden las declaraciones paralelas y optimistas. Rosón dice

en la Moncloa que están «esperando una solución rápida y eficaz». Rovira Tarazona da cuenta

de las negociaciones y afirma que se ha establecido una salida del Banco que da la máxima

garantía a los rehenes y a tos asaltantes. Estos siguen sin bajar la guardia: «La liberación de

cuarenta y dos rehenes no es un síntoma de debilidad, sino un buen gesto para la marcha de

las peticiones.»

Diecisiete horas. Rovira es abucheado por los familiares de los secuestrados, reunidos en una

sucursal del Banco Central, cuando afirma que no se puede ceder a las exigencias de los

secuestradores. La baza psicológica se está jugando en la calle, interviene el presidente del

BC, Alfonso Escámez, propiciando la calma.

Mientras tanto, en la Moncloa Calvo-Sotélo continúa reunido con el «minigabinete político».

Dieciocho horas treinta minutos. Un secuestrador, parapetado tras uno de los rehenes,

inspecciona los alrededores del edificio. Se oyen ruidos de martillos o perforadoras en el

interior, probablemente en la parte baja del edificio.

Veinte horas. Se inicia la definitiva y emocionante operación de asalto-rescate por parte de los

geos. La situación en el interior es calificada de patética. Los geos protegen la salida, por la

terraza, de diez rehenes y luego, a tiro limpio, entran por esa terraza. Se suceden los tiros y

ráfagas de metralleta. La situación es confusa. Los geos han ido conquistando el terreno palmo

a palmo, con inexactitud y sabiduría táctica. Desde este momento dejan ya de verse

definitivamente a los asaltantes. Algunos de ellos están ya dispuestos para salir entre los

rehenes. Han cambiado sus ropas.

Veintiuna horas. Cerca de cincuenta rehenes — y algunos terroristas mezclados, sin duda, con

ellos— consiguen abrir una puerta lateral y salir atropelladamente al exterior. Transcurren unos

minutos dramáticos, hasta que, reptando, corriendo, rodando por el suelo, consiguen ponerse a

salvo en el Metro o en algunos portales. Los asaltantes parecen despreocupados, sin embargo,

de esta huida. Durante más de una hora se siguen escuchando disparos en el interior.

Veintidós horas quince minutos. Los asaltantes que quedaban se han rendido, según se

anuncia. Uno de ellos ha resultado muerto. Hay diez detenidos. Los números no parecen

cuadrar. Pero la pesadilla ha terminado.

 

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