Autor: Rigalt, Carmen. 
   Los besos de Gerardo     
 
 Diario 16.    08/06/1986.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Los besos de Gerardo

Madrid

A las 11 de la mañana, un grupo de chavales recorren la fiesta «pecera» —este año llamada de Izquierda

Unida— ataviados con pantalones de camuflaje militar y camisetas de Coca-Cola. Buen comienzo para

refrescar la pestaña. Suenan salsas caribeñas, sevillanas, boleros, «internacionales» y chirigotas, que de

todo hay en la viña del Señor. El primer tufillo a sardina asada inaugura esta mañana dominguera y

legañosa. Hum. Un tímido jubileo de comunistas-consumistas desfila por las casetas de la feria en busca

de baratijas. Oportunidades para mercadear no faltan. Lo mismo puedes comprar una pulsera de oro falso

en el tenderete de los neo-hippies que vender un riñon en el mostrador de los donantes. Y entremedias,

tomar un bebercio en el chiringuito de los muchachos de Anguita, atizarte un «Pravda» en castellano,

unos habanos auténticos, un libro de poemas de Neruda o un « Viva Nicaragua libre» aliñado de

casticismo. Los comunistas pura sangre repostan frente al pabellón internacional, cuya inauguración

oficial tendrá lugar dentro de unos minutos con la visita del señor Iglesias, don Gerardo. Sánchez

Montero —atuendo veraniego, ademanes sosegados— y Santiago Alvarez esperan junto a la puerta la

llegada del jefe, que hoy se hace de rogar más de lo previsto. Es como si esperaran al novio. La gente

lleva·la pegatina a flor de pecho, para que no haya dudas. Y no las hay. «Suerte, ca-marada», le grita a

don Simón

Carmen Rigalt alguien con el sobaquillo ocupado por el «Pravda». Y don Simón, que es como un Santo

Job de la política, enseña débilmente su dentadura postiza en señal de agradecimiento. Hasta que por fin

llega el novio, rebosante, esplendoroso, «modelno», impecable, hecho un brazo de mar. Reparte abrazos y

palmadas en el omóplato con precisión de hombre-robot. Parece como si le hubieran dado cuerda. Todos

los políticos tienen una mano automática para salir de campaña. A Gerardo Iglesias, esa mano automática

le funciona a una frecuencia rapidísima. Pero si llaman la atención sus veloces apretones de manos, más

la llaman sus besos. Gerardo es un hombre besucón por naturaleza. El pueblo le ofrece sus mejillas y las

mejillas de sus hijos para que él las siembre de caricias y besos. Gerardo Iglesias llega echando el bofe al

Pabellón Internacional y se mete de cabeza en el stand de Nicaragua. De ahí, al de Hungría, donde toma

un leve aperitivo («no bebo porque estoy en plena efervescencia electoral») sin reparar en una gran

fotografía de la visita de Alfonso Guerra a aquel país. Uno a uno recorrerá el resto de los stands,

deteniéndose especialmente en el de la República Árabe Saharagüi Democrática para intercambiar unas

cuantas frases con Sidi Ahmed, que fue representante del Frente Polisario en Madrid hasta su expulsión.

En la caseta de la República Popular China, Gerardo Iglesias es obsequiado con una por-celanita, que él

contempla embelesado mientras un chinito comunista trata de inmortalizarle en su instamatic.

En el stand de Cuba, donde se ofrece un gel de baño llamado «Platero y yo» además de mambos, muñecas

mulatas y objetos de adornos con la efigie del Che, Iglesias tiene que hacer verdaderos esfuerzos para

alcanzar el mostrador. Aquello, más que una caseta política, parece un puesto del mercado de Tetuán. El

público lucha por comprar una camiseta a trescientas pesetas o un pantalón a quinientas. Fuera, la mañana

calienta con regocijo. Si no estuviéramos en campaña, hasta tendría gracia el festín.

 

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