Autor: Sinova, Justino. 
   Lo que nos jugamos en las elecciones     
 
 Diario 16.    09/06/1986.  Página: 3,4. Páginas: 2. Párrafos: 14. 

Lo que nos jugamos en las elecciones

El asunto que de verdad preocupa en esta campaña es la posibilidad de que el PSOE repita mayoría

absoluta. Preocupa a unos y a otros. Los socialistas están inquietos porque desean una cómoda mayoría

(de 190 escaños para arriba) que les permita hacer y deshacer sin pedir permiso a nadie. Los no socialistas

se muestran intranquilos porque estiman que una legislatura más de prepotencia —que ha sido la más

perceptible consecuencia de una matemática parlamentaria tan favorable— entraña riesgos para la

generalidad. TODA la estrate-gia electoral de los socialistas está condicionada por el objetivo de repetir

mayoría absoluta. Han elegido el momento electoral que más les favorecía, con un Mundial de fútbol que

impide a las fuerzas minoritarias darse a conocer sino es en la televisión, férreamente controlada por el

poder, y han puesto en circulación una idea equívoca, esa de la necesidad de un Gobierno fuerte para

España. Para los dirigentes del PSOE, Gobierno fuerte significa Gobierno apoyado en la mitad más uno

de los escaños parlamentarios. Para los dirigentes del PSOE, fortaleza es dominio del Parlamento y, a fin

de cuentas, domesticación del Parlamento por el Gobierno. Esta versión de la fortaleza política es una

consecuencia más de la muerte decretada de Montesquieu. La democracia es un sistema de control de los

poderes del Estado y el Parlamento está, además de para hacer leyes, para pedir cuentas al Gobierno. La

situación ideal es la que hace posible que el Gobierno sea llamado a declarar ante el Parlamento y éste

pueda tomar medidas contra él. Un Gobierno fuerte democráticamente es aquel que toma las decisiones

que más convienen a la mayoría de la sociedad —que suele ser más amplia que la mayoría electoral que

le ha dado el triunfo— y que sabe convencer de la racionalidad y la oportunidad de sus medidas. La

fortaleza de un Gobierno no está en el apoyo matemático del Parlamento, sino en el vigor, la sabiduría y

la razón del arte de gobernar. El Gobierno fuerte es el que se revalida cada día, no sólo una vez cada

cuatro años. Veamos para qué ha servido la mayoría absoluta en el primer mandato socialista. ¿Cuántas

leyes ha pactado el Gobierno con la oposición? ¿Cuántas veces ha sido atendido el criterio de las

minorías? ¿Cuántas veces han podido votar las minorías con el partido del Gobierno? Se cuentan con los

dedos de las manos. La mayoría absoluta ha servido para que el Gobierno impusiera su ley —sus leyes—,

desatendiendo incluso reclamaciones hechas con la Constitución en la mano. ¿Pero no ha tenido que ser,

precisamente, el Tribunal Constitucional el que ha puesto freno a varias transgresiones de la norma

suprema por quienes gozaban de mayoría absoluta? La mayoría absoluta ha sido durante esta primera

legislatura socialista una gran tentación que el Gobierno no ha sabido rechazar. Y ahora el Gobierno pide

de nuevo la misma carta blanca, desafiando bien a las claras la memoria de los electores. El Gobierno está

en su derecho de desear otra cómoda mayoría absoluta. Pero con ello se le puede hacer correr un, riesgo al

propio sistema democrático.

• El Parlamento tiene que ser un foro de discusión de las leyes que manda el Gobierno y una posibilidad

de control de la acción del Gobierno. Con mayoría absoluta, el Parlamento puede convertirse en una dele-

gación del Ejecutivo que aprueba lo que éste decide y además le aplaude.

• Las minorías tienen que ser el amparo de todas las ideas y aspiraciones que residen en la sociedad y

deben gozar de la oportunidad de ampliar su influencia. Con la mayoría absoluta, las minorías corren el

riesgo de ser arrinconadas, despreciadas, silenciadas.

• El partido del Gobierno debe limitarse a administrar las cosas del Estado, de un Estado que no es suyo,

sino de todos, y ocuparse en dejarlo en condiciones para quienes les sucedan. Con la mayoría absoluta, el

partido del Gobierno puede acaparar el Estado en su propio beneficio.

• La democracia es pacto, cesión, tolerancia. Con mayoría absoluta hay muchas posibilidades de que

asomen la revancha, la arbitrariedad, la intransigencia.

• La democracia es diálogo. La mayoría absoluta da ocasión para atropellar al adversario.

Con la mano en el corazón, sinceramente, ¿no han advertido los lectores, durante los últimos tres años y

medio, los vicios aquí expuestos por el uso inadecuado de una mayoría parlamentaria excesivamente

cómoda? ¿No han tenido a veces la sensación de impotencia ante las decisiones inapelables del poder

político? Todos los teóricos de la democracia han advertido de los riesgos que comporta el uso

inadecuado de la mayoría absoluta. Todos. Un uso abusivo de la mayoría absoluta desvirtúa, sin duda, la

democracia. Pero algunos dirigentes socialistas la esperan como una autorización para hacer y deshacer,

como si esto fuera una finca y ellos los patronos. Expresiones como «después de las elecciones se

Lo que nos jugamos en ¡as elecciones van a enterar» (atribuida al portavoz parlamentario) o «dentro de

unos años a España no la va a conocer ni la madre que la parió» (pronunciada por Guerra) están reñidas

con el espíritu de la democracia. Desde el poder democrático no se puede amenazar. Desde el poder

democrático sólo se puede servir a los ciudadanos, a todos, sin lesionar arbitrariamente ni a uno solo.

En las elecciones del próximo día 22 se ventila ni más ni menos que un modo de gobernar. Va a ganar el

Partido Socialista, pero del número de votos que obtenga dependerá que pueda gobernar durante los

próximos años con la prepotencia demostrada o bien con las limitaciones que impone, sabiamente, la

democracia.

 

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