Autor: Herce, Antonio. 
 Escenas electorales. 
 El bronce de Adolfo Suárez     
 
 Diario 16.    09/06/1986.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

El bronce de Adolfo Suárez

Antonio Herce

Oviedo LA abrupta ruta del Cantábrico se torna apacible para Adolfo Suárez. Es un maratón, cuatro horas

de estancia en Bilbao y un lamento por no poder detenerse más tiempo, en una tierra en la que se siente

«seguro». Porque ahora no hay Policía, no hay despliegue ni carteles que renieguen de su llegada. Sólo

los suyos consumiendo la espera en la plaza Elíptica, donde el primer candidato del CDS por Vizcaya,

Iñaki Ansoleaga, desliza tranquilo el comentario. «En el País Vasco no hay ambiente de guerra ni cuando

viene el vicepresidente del Gobierno.» Es ya una sonrisa al descender del autobús y no la perderá en los

doscientos cuarenta minutos. Vestía deportivamente y caminaba moroso en su paseo hacia un hotel,

donde se anunciaba el encuentro con los militantes y la Prensa. Entre cigarro y cigarro repartió besos y

abrazos recordando, seguro, las carreras en vehículo blindado que años antes jalonaran su paso por

Bilbao. No repartió desplegables ni propaganda. El diálogo con los medios informativos se convierte en

ejemplo de temperancia. Todo son flores para el PNV, el diálogo, el Gobierno vasco y la voluntad del

pueblo. «Yo tengo una gran confianza en el Gobierno vasco y desarrollaría y agilizaría el cumplimiento

del desarrollo estatutario.» Es un Suárez amigable y consciente de que su partido en Euskadi no obtendrá

escaño. Trabaja su imagen alabando las cualidades positivas de un diálogo político. Las mismas preguntas

sobre el terrorismo, y hoy todo lo comprende mejor que cuando estaba en Moncloa. Comparte almuerzo

con su familia bilbaína. El doctor Suárez, hermano del candidato a presidente, no está, no le gusta

mezclarse en política. Son alcachofas rellenas de setas, merluza y tarta de pifiones, que apenas consume.

«Estas elecciones son como el Mundial. Ya tenemos la medalla de bronce según las encuestas. Pero no

nos conformamos. Queremos ¡a de plata y espero ganar a González por tercera vez.» La parroquia de

comensales estalla en aplausos. Algunos son inmensamente felices. Entre ellos, José Antonio Villasol, «la

Txarku», un hombre de la noche bilbaína, que parece seducido por el duque. Y más bronce, el del rostro

del líder, que resalta aún más. Toda su nómina está blanca, pero es una palidez casi tan fuerte como su

fidelidad.

No eran muchos los sentados a la mesa, pero sí enorme su fervor, que encontraba réplica en las palabras

susurradas del «ex presidente», en la convicción con que las pronunciaba y en la permanente sonrisa.

Semejaba a un encantador que arremolina transeúntes entusiasmados en cualquier plaza, un contador de

historias mil veces repetidas que adquieren nueva dimensión nacidas de su boca, un vendedor de

evidencias que no necesitan ser probadas, porque sólo su palabra las convierte en verdades. Y el

magnetismo Suárez concluyó a una hora taurina. Eran las cinco de la tarde y la caravana debía

reemprender ruta. Adolfo Suárez se había comprado un collarín para descansar en el autobús que acoge su

larga marcha hacia la consecución de una medalla de bronce, que lucha desesperadamente por

transformarse en plata.

 

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