Época de transición     
 
 Informaciones.    23/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

INFORMACIONES

ÉPOCA DE TRANSICIÓN

Apenas faltan algunos días para Que finalicemos el presente año. Pocos como él pueden definir en nuestra

accidentada y compleja historia lo eme es un proceso de transición política de una situación autoritaria a

una situación democrática. Nacido en la inquietud, zozobra y violencia terrorista, está a punto de morir en

una análoga in certidumbre, desazón y activismo terrorista, después de dejarnos como positiva herencia

política un sistema democrático.

Hace dos días criticábamos una intencionada visión catastrófica que nos quiere hacer presentar la imagen

de que la sociedad española está enferma y de que, poco más o menos, estamos al borde del caos político,

económico y social, deformando hábilmente todas las manifestaciones coyunturales de la crisis estructural

sobre la que vivimos. Hoy queremos trascender de lo concreto y referirnos do un modo miis amplio a las

características generales que presenta una época de transición; sobre todo una tan original como la

española.

Precisamente, en cierto sentido y proporción, estamos pagando ahora los rostes de una salida democrática

tan atípica como la habida en nuestro país. Un Gobierno provisional democrático, en el que hubiesen

estado representadas todas las fuerzas sociales, nos hubiera ahorrado la pérdida de año y medio de

desmontaje del cerrojo político y más de seis meses de darle vueltas a una imposible salida económica

unilateral de la grave crisis que pariéremos. No fue así por diversas razones y causas que no vienen el

caso —ello es ya irreversible— y ahora experimentamos con retraso los traumas de un original cambio

político sin traumas. De hecho, lo que permitió entonces evitar el traumatismo es lo que provoca en estos

momentos la actual situación traumática.

Esta venganza de la Historia, a la que no se puede burlar impunemente, coincide, además, con la

agudización de la crisis económica de toda nuestra área geopolítica. Desgraciadamente esta experiencia

democrática de 1977 es tan posterior a una crisis económica como la de 1931, con respecto a la depresión

de 1929, y la de 1873, en relación con la crisis de 1868; y el pacto de la Moncloa nace con los pies de

barro económicos como nacieron, hace unos cuarenta años, el pacto de San Sebastián y, hace más de un

siglo, el pacto de Ostende.

Consecuente con todo este cuadro histórico es la evidente ausencia de la más minima experiencia

democrática, exacerbada hasta extremos increíbles por cuatro décadas de prohibición de cualquier

actividad política. Prácticamente estamos sin organizaciones políticas unidas, cohesionadas y con visión

de futuro. Fuera de un reducido número de líderes los partidos políticos —como colectivo de reflexión y

dirección— aún no existen en nuestro país con el mínimo rigor imprescindible para merecer tal

calificativo. Realmente, la derecha carece todavía de un partido y la izquierda sólo puede apuntar la

importante excepción de dos prepartidos, en los que aún falta por saber qué línea, programa y dirección

van a predominar en el inmediato futuro.

Un inquietante trasfondo cultural —o mejor dicho, ausencia de la más minima cultura— oscurece todavía

más el panorama. Expliqúese como se explique, lo cierto es que los españoles tendemos hacia el

exabrupto político contra el adversario, que rápidamente es transformado en enemigo. El dogmatismo,

cerrilismo, el sentirse en posesión de la verdad revelada, confiere a la militància política aspectos

parareligiosos sumamente peligrosos para un orden democrático de convivencia ciudadana. Tres lustros

de crecimiento económico no bastan ni siquiera para empezar a cambiar costumbres imperantes en

nuestro suelo y sángre desde hace siglos.

Cada uno de estos cuatro rasgos generales está presente en todas las dificultades de la actual época de

transición. Conviene tenerlo en cuenta para calibrar exactamente los problemas transitivos con serenidad.

Nuestra sociedad es mucho más sana y vital de lo que aparece a simple vista. Lo demuestra con creces el

hecho de que, a pesar de todas las desventajas históricas y coyunturales a las «me nos hemos referido,

intenta consolidar un proceso democrático. Importa por ello reflexionar serenamente sobre las vicisitudes

de nuestra transición en lugar de adoptar actitudes histéricas interesadas, que buscan personalizar en este

o aquel político la causa de nuestros problemas. Una sociedad sana, como un individuo sano, es la que

sabe racionalizar sus propios conflictos y contradicciones, sin necesidad de recurrir al psiquiatra de turno

que nos meta de nuevo en una camisa de fuerza.

 

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