Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
   ¿Para qué?     
 
 El Imparcial.    24/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

¿Para qué?

Había pacto, i Pues claro que lo había! Yo mismo, unos minutos antes de que comenrara la

sesión, presencié la escena, sin tapujos, en la misma rotonda, donde Pérez Llorca, por Unión

de Centro, y Gómez Llórente, por el PSOE. acompañados ambos por sus ayudantes más

cercanos, tejían los hilos de la sesión. Dijo Pérez Llorca:

Por nuestra parte no va a haber acritudes. Nos limitaremos a decir que nunca nos opusimos al

debate ni a lo investigación de los sucesos de Málagay Tenerife. Gómez Llórente daba grandes

chupadas a su cachimba y rezongaba:

Bueno, nosotros preferiríamos esperar a ver cómo se desarrollan las cosas.

Pero era un pacto entre los grandes, empeñados en pensar que no existen los chicos. Y los

chicos existen, ¡vaya si existen! Además, los chicos se enfadan muchísimo porque no se

cucnie con ellos Ayer, el debate, el verdadero debate, lo llevaron a cabo el Partido

Comunista y Alianza Popular. Esta vez. Fraga y Carrillo no se encontraban en el Siglo XXI ,

sino en nuestro siglo, y, precisando más, en el mismísimo año 36. a cometiéndose

salvajemente. Hubo momentos en que la tensión fue tan fuerte que mi compañero d en la

tribuna de Prensa se agitaba, jadeaba, lanzaba exclamaciones contundentes y me daba

tremendos codazos en los costados.

Oye, que se pongan nerviosos ellos le supliqué.

Ya iban a sonar los timbres llamando a la sesión cuando Martín Villa me recitaba en los pasillos

que el país está tranquilo. que aquí no pasa nada, que la criminalidad es menor que en

comunidades democráticas de nuestro porte, que la inseguridad no alcanza cotas peligrosas.

Bueno, señor ministro, reconozca usted que entonces donde no se está seguro es en el

Parlamento. Porque ayer pudo pasar cualquier cosa. A los oradores principales no les faltó sino

quitarse las chaquetas y acometerse en duelo cruento, mientras el hemiciclo rugia y en la

tribuna pública los espectadores de la sesión no podían contener sus gargantas.

SANTIAGO Carrillo volvió a tropezar en la misma piedra que cuando los sucesos de Santander.

Mire, don Santiago, que no es usted la persona másapropiada para hablar de torturas y

excesos represivos, mire que cuando era usted responsable de los servicios de seguridad se

inventaron estas palabras, nuevas en nuestro idioma: paseo, cheka y comisario político. Eso lo

sabe la gente. y de ahí que su discurso fuera interrumpido por una señora de alguna edad que

grito desde la tribuna pública: «¡Paracuellos!» Es un defecto táctico notable. De esas

acusaciones a Martin Villa debió encargarse otro miembro más joven de su partido, cualquiera

de los jóvenes; usted, evidentemente, no.

Es posible que «hoy no ganasen los de entonces», no lo pongo en duda. Pero para saberlo

habría que ponerse a jugar a las mismas cosas de entonces, y yo quiero pensar que no

estamos para esas bromas. Deplorable, don Santiago.

Fraga también cayó en un viejo error, que es el de hablar de la bandera espartóla dando la

sensación de que es suya. Esto irritó innecesariamente a unos, a tos que consideran que

también a ellos les pertenece, aunque se apasionen por las banderas de su región, y excitó a

otro, que es el señor Letamendía, que está pidiendo la independencia a gritos para el País

Vasco.

Yambos, Fraga y Carrillo, cometieron la torpeza de exaltarse hasta unos términos inadmisibles

en políticos de su talla. Iba Carrillo ciego hacia la tribuna de oradores, hasta tal punto que se

tropezó conmigo, dio un trapiés y a punto estuvo de caer a todo lo largo. Me aterré pensando

que el partido pudiera recelar que yo te hubiera puesto la zancadilla. Y, por su parte, Fraga

debe agradecer al presidente que le interrumpiera en su segundo parlamento, porque sí llega a

decir lo que pensaba, lo que veíamos todos que iba a decir inmediatamente, habría sido mucho

peor. No se puede amenazar, no se puede insultar, no se puede injuriar ni ofender, señores. No

sé lo que pensarían de eso los espartóles del arto 36, pero hoy está muy mal visto. Creo, señor

Fraga, señor Carrillo, que han perdido ustedes algunos votos en este duelo cara al público.

El discurso de Martin Villa fue estupendo. Sobre todo, por el tono, increíblemente tranquilo en

un hombre que esté oyendo tales cosas y recibiendo tales ataques. Tan tranquilo que casi no

se le ola desde la tribuna de Prensa. Pero lo que dijo era. lo de menos; lo importante es que

alguien en este país sea capaz de hablar tan bajito cuando todo el mundo da voces.

LUEGO, los oradores más apasionados se dieron explicaciones. Todo habla sido un desahogo.

Oyéndoles en esta última baza de cortesías pense para mi que a lo mejor es bueno que ahora

tas guerras civiles se hagan aquí, en el Parlamento, y no por los campos. Aunque a los que

tenemos que presenciar semejantes escenas haya palabras que se nos hagan tanques.

Los juicios a Ia salida eran negativos. La clase política se sentía francamente avergonzada.

Poco a poco iban serenándose los ánimos y los parlamentarios volvían a hablar de sus cosas,

pero continuamente volvían al tema.

Poco a poco, la muchedumbre parlamentaria se va disipando, esparcida en comidas políticas

por los restaurantes de loa alrededores. Queda en el Parlamento, medio vacio, una atmósfera

tibia, entre luces. Pienso que las Cortes no han hecho al país un regalo propio de la

Nochebuena. Y todo eso, señores, ¿para qué?

 

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