Autor: Ramos, Fernando. 
   España, una potencia pesquera de prestado     
 
 Ya.    20/08/1978.  Página: 24-25. Páginas: 2. Párrafos: 42. 

ESPAÑA, UNA POTENCIA

Dos tercios de nuestras capturas se efectúan en aguas ajenas Nuestro país ocupa el tercer lugar mundial en tonelaje de flota y el onceavo en importancia de capturas Se ha echado de menos una auténtica política de sector

CON repetida frecuencia leemos en los medios informativos las diversas vicisitudes con que se enfrenta la flota de altura española. Raro es el día que no aparece alguna noticia relativa al apresamiento de buques de nuestra bandera, bien sea dentro de la zona económica de doscientas millas de la Comunidad Económica Europa, cerca de la costa de Boston o en áreas dominadas por países del Tercer Mundo.

España es una potencia pesquera que, paradójicamente, no tiene dónde pescar

Según la estadística del Lloyd´s of Shipping, el primero de junio de 1977, con referencia a unidades de más de cien toneladas de registro, la flota de altura española ocupaba el tercer lugar del mundo, con 1.797 buques y 580.181 toneladas, después de Rusia y Japón. Bien es cierto que con posterioridad a esa fecha, nuestro país ha desnacionalizado más de un centenar de sus mejores barcos, para incorporarlos a sociedades conjuntas de pesca establecidas en el extranjero.

Frente a ese tercer puesto, en cuanto a flota, solamente ocupamos la undécima posición internacional por lo que se refiere al tonelaje de pescado capturado. Delante de nosotros van Japón, URSS, China, Perú, Noruega, USA, Corea del Sur, India, Dinamarca y Thailandia.

En 1976, la cifra global de descargas de pescado en nuestros puertos ascendió a 1.540.687 toneladas. Esa cantidad ha descendido a 1.379.370 toneladas el pasado ejercicio.

Los expertos aseguran que la depresión ha comenzado. ¿Cuál es nuestro problema?

España dispone de una plataforma continental estrecha y pobre en la zona atlántica, donde se hallan nuestros más importantes bancos, apenas disponemos de 25 a 30 millas de anchura. Hasta nuestros días, más de dos tercios del pescado que los buques españoles dejan en nuestros puertos ha sido capturado en aguas de terceros países o en las escasas zonas Ubres que todavía quedan en el mundo. En realidad este es un fenómeno poco frecuente.

En íos últimos años, a raíz de las más recientes conferencias internacionales sobre derecho del mar, se ha producido un movimiento generalizado de extensión de la soberanía de los países ribereños hasta las 200 millas. Ello implica que todes los recursos contenidos dentro de esa zona económica, bien sean pesque-

ros, del subsuelo o geológicos, son exclusivamente de la nación soberana.

Para que los buques de otras banderas puedan continuar echando sus redes en esas áreas no quedan otros caminos que los de la negociación. Bien por medio de convenios bilaterales, con prestaciones por ambas partes, bien la signación de cupos contra el abono de cánones o las más recientes fórmulas de sociedades mixtas (un país pone buques y dotaciones y el otro aporta sus recursos; el aprovechamiento se reparte entre ambos, según convenio).

Para la mayoría de los arrastreros españoles no vale la pena echar las redes más allá de 15 millas de nuestra costa. Ello supone que hayan de buscar otras playas.

Además de las aguas ribereñas de terceros países, otras zonas de posible actividad pesquera son las áreas contingentadas por convenios internacionales, donde los recursos se reparten entre los diferentes países que envían allí sus barcos. Pero esta fórmula va cayendo en desuso como consecuencia, precisamente, del avance de las aguas de soberanía de los países próximos. Este es el caso de los bancos de Boston, ayer bajo la tutela de la ICNAF (Organización de Pesquerías del Atlántico Noroccidental), donde España tenía cupos de pota y calamar y que actualmente se halla dentro de la jurisdicción de los Estados Unidos.

Como curiosidad puede decirse que los buques que ahora faenan en aquella zona, bajo canon, están rígidamente vigilados por los patrulleros USA. Sólo se les permite capturar las especies que los norteamericanos no aprovechan. A bordo deben dar alojamiento a un inspector norteamericano y si cae en las redes algún ejemplar de especies no autorizadas, como puede ser una langosta, ha de ser devuelta al mar.

Se ha dado el caso de un buque español multado por haberse hallado restos de langosta en sus bolsas de basura.

La costa africana está siendo, en estos momentos, una de las grandes reservas pesqueras de España, pero el panorama se tercia ensombre-cedor. A problemas, de cuyas consecuencias no somos totalmente ajenos, como pueden ser los del banco saharia-no, hay que sumar los derivados de la independiencia reciente de las últimas colonias (Angola, Mozambique), en cuyas costas buques españoles hacían su agosto.

El gran banco de Suráfrica, próximo a Nambia, donde hemos extraído hasta 173.000 toneladas de pescado, en su mayoría merluza, puede que dar cerrado para los españoles, a tenor del futuro de es1 país, hasta ahora tutelado pe Suráfrica.

Echar las redes en casa del vecino

Creo que podremos darno una idea aproximada de la si tuación si tenemos en cuente que los principales bancos de nuestra flota se hallan dentro de las aguas de estos países. Canadá (donde extraemos de´ orden de 30.000 toneladas de bacalao), Estados Unidos (que sólo nos permiten recoger po ta y calamar, con un «stock de 18.000 toneladas), Unión Sudafricana, Senegal (en re gimen de licencias); Mauritania, Marruecos (el delicadír mo tema del banco sahar no); Noruega, país que i echará definitivamente i 1980; República Argentína (donde nos beneficiaremos unos 100.000 toneladas •

PESQUERA DE PRESTADO

La plataforma continental atlántica de que dispone nuestro país es bastante estrecha y pobre: apenas 30 millas de ancho merluza por el sistema de sociedades mixtas); Chile, y la CEE.

Portugal constituye un caso aparte

El país vecino pretende que España deje de lucrarse de ts propios caladeros. Para •s especialistas en cuestiones esqueras y en derecho internacional no les falta razón. Igunos armadores españoles, al conocer la decisión lu-átana, han puesto el grito en (1 cielo: nuestros vecinos han jedido la intervención de su Gobierno para que mantenga a raya mediante la Armada nacional a los buques españoles.

Según el convenio bilateral de pesca, España y Portugal pueden faenar indistintamente entre las seis y las doce mi-las de las aguas propias de ;ada país. En la práctica, los españoles hemos obtenido luchas más ventajas de este acto que nuestros vecinos i-éricos.

Un enjambre de arrastre-s, volanteros, buques de reo y de otras artes, suben sde Andalucía y bajan de alicia para pescar a la altura de la costa lusa. Los portugueses, por contra, han sido muy comedidos a la hora de hacer uso de este derecho.

Inexplicablemente, cuando algún buque del país hermano, nuestos guardacostas han actuado con dureza.

Últimamente los portugueses comienzan a reaccionar y se están produciendo las primeras capturas de buques españoles.

Portugal quiere, y en justicia tiene razón, que se revise un convenio que sólo a nosotros ha beneficiado. Porque la pesca artesanal española se les ha metido en las playas. Los lusitanos quieren que esta última modalidad se practique por fuera de las seis millas y que los arrastreros actúen entre las doce y las doscientas. Prudentes y amistosos, dan plazos entre 1982» y 1985 para que se cumplan sus pretensiones.

Pescar en la CEE por el camino de la negociación

Francia —aparte de lo que diga Giscard- es el país que más seriamente nos pone la proa a la hora de negociar convenios pesqueros en el interior de la CEE. Está claro que son demasiadas las afinidades e intereses comunes.

Mientras el país galo y el Remo Unido son inflexibles en la cuestión de no permitir faenar dentro de las 200 millas de la zona económica a otros buques que no tengan licencia, Irlanda, más tolerante, nos permite echar redes dentro de las 50.

En cuanto a los cupos, el grupo de trabajo merluza, del Consejo Superior para la Exploración del Mar, del que nuestro país es miembro, estudia la incidencia que el aumento del tamaño de las mallas podría tener sobre la actividad de los arrastreros y, lógicamente, de las especies. Asimismo ha estudiado el TAC, captura máxima permisible para el presente año. Según estas conclusiones, se podría llegar a las 45.000 toneladas de merluza sin que peligrase el equilibrio del caladero. Ello supone esperanzas para que nuestro país pueda conseguir 25.000 toneladas y no las 11.744 que inicialmen-te nos han asignado.

De todos modos, las relaciones pesqueras con la CEE hasta que nuestro país entre a faenar parte de la Comunidad, tendrá, que sustentarse a conversaciones casi permanentes y el escrupuloso cumplimiento de los acuerdos. Por desgracia, los comunitarios sorprenden a menudo a buques españoles sin licencia o que no respetan los limites de malla. Las fuertes multas impuestas y el daño que se causa a la negociación impresionan menos de lo que era de esperar.

La mala fama de flota esquilmadora

Desde que en 1961 se promulgó la primera ley de reestructuración de la flota —pensada para activar la ocupación en los astilleros— nuestra flota creció desorbitadamente y se lucró de los años de vacas gordas que siguieron.

En los últimos veinte años, nuestros buques explotaron sin conmiseración los caladeros ubres, sin pararse en barras. La bandera española cobró fama de esquilmadora (como la rusa o nipona). Sólo se pescaban especies y tallas concretas, desechando el resto de la política alimentaría global. España desaprovechó parte importante de sus capturas, pero con una flota moderna y versátil cambiaba con frecuencia de escenario. Ahora pagamos aquellas consecuencias.

Abundan las noticias, a veces pintorescas, de la poca seriedad de la política pesquera española. Cuando se acudía a una conferencia internacional, los datos aportados sobre nuestras pesquerías no se parecían, ni de lejos, a la realidad. Prácticamente hasta hace dos años no se ha hecho caso a los científicos, cuyas voces, si no en el desierto, sí clamaban en la mar.

En 1974, en la conferencia de la NEAFC -Asociación de Pesquerías del Atlántico Noroeste—, según los datos de las capturas efectuadas por España en aquel área (hoy bajo la tutela de la CEE), apenas extraíamos nada. Sólo 10.000 toneladas de pescado por año.

Y era público que allí estaban nuestros más importantes caladeros (Gran Sol y costa de Irlanda), donde la media anual de rendimiento era de 200.000 toneladas.

¿Qué había pasado para esta desfachatez?

Como los armadores no explicaban a la Administración de dónde venía el pescado, el funcionario de turno consignaba las capturas como realizadas .dentro de aguas españolas. El escándalo que se produjo en aquella conferencia fue de tal magnitud, que la representación hispana tuvo que rectificar, justificar y pedir perdón.

Ampliar millas, decisión discutida

Así que en el futuro, si queremos seguir pescando en las aguas del reino, nos quedan pocos caminos: negociar seriamente, respetando los tratados; someternos al abono de cánones; formar sociedades mixtas, aportando buques y dotaciones, o, como se hace ya con países suramericanos, aportar tecnología y otras formas de ayuda a cambio de cupos.

En esta situación la decisión española de ampliar nuestras aguas jurisdiccionales a 200 millas está recibiendo seria contestación dentro del propio sector pesquero.

Para el senador Valentín Paz Andrade, economista y abogado y considerado internacionalmente como un experto en temas Pesqueros, «el pretendido acto de soberanía ha sido, ante todo, una torpeza política, ya que en estos momentos, cuando nuestros barcos tienen que negociar con otros países para garantizar su presencia en los caladeros internacionales, mal podemos invocar por nuestra parte derechos históricos para mantener nuestra presencia en aguas del prójimo si aquí lanzamos alegremente las campanas al vuelo.»

Argumenta Paz Andrade para qué precisamos por el momento ensanchar nuestra zona económica hasta las 200 millas si el área de aprovechamiento pesquero no va mucho más allá de las 15 millas. Y pone como ejemplo el caso de Polonia, que, enfrentada a nuestros mismos problemas en sus relaciones con la CEE, no ha extendido su soberanía más allá de los fondos arrastrables.

Nuestro autor escribía recientemente sobre este asunto: «España no tenía por qué adelantarse a que la inacabable conferencia de las Naciones Unidas sobre derecho del mar dyese la última palabra. El hecho de que el Mercado Común haya cometido un acto de demagogia internacional, semejante al de la URSS y de los Estados Unidos, no condiciona nuestra postura ante un problema que debió ser respetuoso con el derecho hasta el final, si bien compatible con la defensa de nuestros intereses pesqueros.»

Para resumir: Quizá el quid de todos nuestros males radique en que en los últimos decenios España ha carecido de una política pesquera de acuerdo con el rango que el sector tiene en la economía global del país aun en el aporte de proteínas a nuestro pueblo. Un error que se quiere enderezar, cuando apenas hace unos meses sólo cincuenta peraonas formaban toda nuestra administración específica para este mundo.

Aunque, con Víctor Moro al frente, la pesca ya tiene una Subsecretaría en el Ministerio de Transportes, las medidas siguen pareciendo parcas. ¿Para cuándo «se ministerio propio, como ya tienen otros países?

Fernando RAMOS

 

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