El hombre que no se dejaba ayudar     
 
 Diario 16.    28/02/1983.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

El hombre que no se dejaba ayudar

Tendrá que nacer un nuevo Valle Inclán para producir un cuadro escénico de mayor vehemencia plástica que el formado por la familia Ruiz Mateos rezando la Salve ante la impotente imagen de la Virgen en el salón de su mansión de Somosaguas, tras enterarse de la nacionalización de su imperio financiero.

Pero el hecho de que tan peculiar estampa, aderezada incluso con bellas referencias al libro de Job, constituya la más concreta y original aportación de todas las efectuadas por el ya ex presidente de Rumasa en las tres extensas entrevistas periodísticas que ayer publicaban otros tantos colegas, revela muy bien la debilidad con que argumenta su respuesta a las gravísimas acusaciones lanzadas tres días antes por el ministro Miguel Boyer.

El propio método utilizado para dirigirse a la opinión pública ya invita al recelo. Mientras el superministro económico contestó durante dos horas a las preguntas —en algunos casos agresivamente inquisitoriales— de los más diversos informadores, Ruiz Mateos ha preferido elegir el mano a mano con aquellos medios de comunicación con los que pudiera sentirse más cómodo, bien por afinidades ideológico-religiosas, bien como consecuencia de las conexiones de alguno de sus más directos colaboradores.

En vez de responder a los datos y fechas expuestos por Boyer con cifras alternativas sobre la situación real del holding de la abeja, Ruiz Mateos se explaya en disquisiciones filosófico-patrióticas, rasgándose las vestiduras cuando se le enumeran los síntomas de la grave enfermedad del grupo. Así afirma quedarse «frío, atónito, aturdido», cuando el superministro valora en 5.000 millones sus empresas, alegando que facturan mucho más que eso, pero eludiendo cualquier referencia a la grave ocultación de pasivos de la que le acusa el Gobierno.

Así, por boca de su asesor Alejandro Rebollo, argumenta que no tendría sentido declarar falsos beneficios cuando es práctica del grupo reinvertirlos en las empresas, pretendiendo ignorar que precisamente lo que se le achaca es haber intentado atraer constantemente recursos a su división bancaria, con el señuelo de una imagen de solidez ficticia.

Así llega a quejarse de que cuatro meses era muy poco tiempo para la realización de las auditorías y ni menciona el hecho de que se le imputa haber estado «toreando» al Banco de España por espacio de cinco años. Tampoco considera el dato de que no es que faltaran por entregarse dos o tres auditorías, sino que, de los 18 bancos, sólo uno —el saludable y semiautónomo Banco Atlántico— la había realizado.

Ninguna referencia, por otra parte, en columnas y más columnas de letra impresa ni a la concesión de créditos a personas que en realidad no eran sus destinatarios para enmascarar la concentración de riesgos, ni al manejo de domicilios falsos para entorpecer la labor fiscal, ni a las irregularidades en negocios de exportación.

Este periódico ha dejado muy claras sus reticencias ante la naturaleza de la medida adoptada contra Rumasa —algo de razón puede tener Segurado cuando, dentro de su habitual desmesura— habla de «matar abejas a cañonazos» —y más aún ante su constitucionalmente dudosa formulación jurídica — .

Sin embargo, el oscurantismo y la falta de transparencia de la que una vez más ha vuelto a hacer gala el único hombre que, según todos los indicios, conoce las verdaderas cuentas de Rumasa, nos inclinan a conceder al Gobierno el beneficio de la duda en el sentido de que había que hacer «algo» para proteger los intereses de miles de ciudadanos.

Bien por su carácter visionario, bien por los erróneos consejos de su entorno, José María Ruiz Mateos parece empeñado en pasar a la historia como «el hombre que no se dejaba ayudar». Ni por el Banco de España, primero; ni por los más sinceros defensores de la libertad económica, después.

 

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