Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   El misterio del asalto al Banco Central     
 
 Diario 16.    01/06/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 19. 

El misterio del asalto al Banco Central

PEDRO J. RAMÍREZ

"SERA preciso convocar á Hércules Poirot para que reflexione atusándose el bigote, o bastará con la

sagacidad doméstica de la señorita Marple?¿Reclamamos a Kirby y a Ironside al otro lado del Atlántico o

nos conformamos con que el inspector Maigret cruce por primera vez los Pirineos?

Si estoy convencido de que el periodismo es el género literario del siglo XX es porque día tras día la

realidad se empeña en superar a la ficción en cuanto a suspense, conflicto y, a la postre, drama. De la

misma manera que ningún clásico del terror llegó tan lejos como el reverendo Jones en su demoníaco

enclave de la Guayana; de igual forma que el señor Shutcliffe ha demostrado ser mucho «mejor»

destripador que ninguno de los transmitidos por la leyenda; por idéntica regla de tres que es difícil

ensoñar una historia de amor como la de Patty Hearst y el policía que la capturó, tengo que reconocer que

en mis muchas horas de vuelo como empedernido lector, impenitente cinefilo, sufrido teleadicto y

confeso: nostálgico del «cómic», no he encontrado ningún «thriller» del calibre del asalto al Banco

Central de Barcelona.

Ocho días después del «desenlace inesperado» que conmocionó aún más al país que el propio inicio del

suceso, la Policía no parece haber dado aun con una linea de investigación sólida y coherente. Las

detenciones de una serie de ultras oficiales, como Royuela, Assiego o el racista Jorge Mota han sido

«palos de ciego», equivalentes a las redadas de dirigentes abertzales cada vez que ETA emprende una

ofensiva. La imposibilidad de concretar a través de estos interrogatorios la naturaleza de esa extraña

«french conection» que en Perpigñán capta al «numero uno», ha hecho incluso aflorar la hipótesis de que

todo ha sido un frustrado acto de delincuencia común.

Nadie se lo va a creer

Según esta teoría —y adelanto que para mi resulta inverosímil— el hábil ejercicio de simulación

desarrollado por los asaltantes al fingirse militares o guardias civiles no habría ido encaminado a la

desestabilización política como aseguraron en el Parlamento los partidos, sino a la consumación de un

gran atraco. Desde tal perspectiva, las graves tensiones institucionales desencadenadas por el equívoco,

serian, pues, un efecto no deseado —ni tan siquiera calculado— por los secuestradores.

Para la Policía no seria demasiado difícil acoplar a esta explicación algunas drías piezas básicas del

rompecabezas, Podría decir, por ejemplo, que la cita con «Antonio Luis», allende los Pirineos, no existió

jamás y que la historia de los cinco millones formaba parte, de hecho, de la estrategia de la simulación, es

decir, del falso disfraz ideológico adoptado por los delincuentes. También podría decir —y seria más

convincente, por cierto, que alegar que «El Rubio» es un obseso de la excavación de túneles— que los

ladrones habían iniciado incluso la apertura de una vía subterránea por la que pensaban huir con el botín.

El único problema con esta teoría, es que no se la va a creer nadie. Y no se la va a creer nadie, porque no

puede ser sino esencialmente falsa. Imaginemos por un momento que sus demandas hubieran sido

atendidas, total o parcialmente, y recreémonos en él desternillante absurdo de un puñado de delincuentes

comunes volando —con o sin Tejero — hacia la Argentina de Videla, víctimas de su propia trampa.

Por otra parte, si lo que buscaban era dinero, ¿por qué del banco no ha volado un solo billete, cuando se

tiene la certeza de que al menos uno de los miembros de la banda consiguió escapar, y por qué a lo largo

de las treinta y seis horas que duró la aventura no se hizo el menor gesto encaminado a preparar el dinero

para la fuga? ¿Cómo encaja en esta versión el otro túnel, «casualmente», iniciado en las inmediaciones

del itinerario del desfile?

Es cierto que muchas veces las cosas son más simples de lo que parecen y que donde esperamos ver

emerger un aparatoso «iceberg», sólo estamos contemplando un trozo de hielo a la deriva. Pero la

intuición y el sentido común me indican que en esta ocasión ocurre todo lo contrario: es decir, que los

acontecimientos del fin de semana anterior no son más que los tenues signos externos de toda una trama

golpista — probablemente interconectada con la del 23-F— cuya morfología desconocemos.

Si la Policía no avanza en sus pesquisas, es lógico que el jefe del Gobierno tenga que reconocer con

reposada humildad que carece de respuesta a muchas de las preguntas formuladas estos días. Por mucho

tiempo que haya dedicado a conversar con el cajero, es natural que Calvo-Sotelo sea incapaz de explicar,

por ejemplo, la razón que impidió al capitán Sánchez Valiente capitalizar espectacularmente la falsa

imputación — si es que era falsa— que le situaba en el interior del banco. Una rueda de prensa en

Londres a cargo de este señor el domingo por la tarde, hubiera hecho más daño a la democracia española

que las propias tensiones suscitadas con la Guardia Civil.

La ignorancia del presidente debe ser, sin embargo, relativa. Suponemos que cuando menos él estará ya al

tanto de lo que ocurrió en el interior del Banco Central durante la hora que transcurrió entre el inicio del

asalto de los GEO y la detención de los secuestradores. Nada se ha dicho públicamente ni sobre el tipo de

resistencia que opusieron éstos, ni sobre su actitud a la hora de rendirse, ni sobre las circunstancias en que

murió uno de ellos.

La deuda del presidente

Parece elemental que a estas alturas el presidente conozca también la filmación ---si es que la hubo — del

momento del asalto y esté al tanto del alcance exacto de la pasada colaboración de «El Rubio» con la

Policía. ¿Por qué tuvo que ser la CNT, y no las autoridades, quien hiciera constar su vieja condición de

confidente?

En su informe al Pleno del Congreso Calvo-Sotelo contrajo una importante deuda con todos los

ciudadanos. Es admisible que en un momento dadora menos de cuarenta y ocho horas del désenlace---el

poder político asegure que «no Sabemos quién está detrás», pero seria inadmisible que con ello hubiera

dicho su última palabra sobre el asunto.

Enlazando con el inicial recurso humorístico a la mitología del género policiaco, llegamos a una idea en

la que vengo insistiendo semana tras semana: la eficacia de nuestras Fuerzas de Seguridad y servicios de

inteligencia debe ser, hoy por hoy, la gran prioridad del Estado democrático.

Si los responsables de la investigación sobre los sucesos de Barcelona no llegan hasta el fondo del asunto,

será por falta de medios, por falta de talento o por falta de voluntad de servir a la causa de la

consolidación del sistema. Es urgente corregir estas tres insuficiencias allí donde se produzcan, mediante

una generosa política de inversiones —¿qué mejor destino para nuestros impuestos sino el «comprar

seguridad»?— y mediante una audaz política de nombramientos.

"Si cada episodio entierro el ansia de esclarecer el anterior, nuestra democracia se convertirá en una

frustrante biblioteca de novelas policiacas con el último capítulo siempre por escribir"

Desde esta óptica sería injusto no señalar la acertadisima designación del teniente coronel Alonso

Manglano como máximo responsable del CESID. El reconocido talante democrático, la capacidad y el

prestigio profesional del hasta ahora jefe de Estado Mayor de la Brigada Paracaidista pueden restituir a

este centro coordinador de la inteligencia militar buena parte de la credibilidad perdida como

consecuencia de la implicación del comandante Cortina en la conjura golpista.

El procesamiento de Cortina, exactamente, un mes después de que este periódico desvelara su

sorprendente papel como hambre-puente entre Tejero y Armada, confirma lo que ya sugería la presencia

del coronel San Martín entre quienes habrán de sentarse en el banquillo: las piezas clave de la trama no

son sus protagonistas más evidentes, sino una serie de figuras secundarias, altamente cualificadas para

instrumentar la «tecnología» del golpe. El día que conozcamos la identidad de los «socios» civiles de

Cortina y San Martín habremos dado un importantísimo paso hacia la verdad.

Trabajo no le iba a faltar, desde luego, en España a cualquier superdetective. Si la investigación de las

consecuencias del procesamiento de Cortina y el caso del asalto al banco ya estuvieran encargados,

siempre quedarían por resolver —y nos referimos, ay, sólo a sucesos ocurridos durante el mes pasado!

«el-misteño-del-general-reformista-que-apareció-muerto-en-su-despacho-la-mañana-que-su-ley-fue

comparada-con-la-de-Azaña» y «el-misterió-de-los-tres-jóvenes-que-no-llegaron-a-una-primera

comunión».

De una u otra forma, con recursos propios o importados, es imprescindible ir esclareciendo todos estos

episodios. Si sucumbimos a una dinámica según la cual cada episodio sirve de coartada para enterrar el

afán de esclarecer el anterior, llegará un día en que nuestra democracia se habrá convertido en una

frustrante biblioteca de novelas policiacas con el último capítulo siempre por escribir.

El derecho de persecución

La desaforada sucesión de acontecimientos de los últimos días ha impedido analizar con cierto detalle la

insólita decisión del Gobierno francés de bloquear toda posible extradición de terroristas reclamados por

la justicia española basta después de las elecciones legislativas, consecuencia del triunfo de Mitterrand.

Se trata de una clara interferencia del Ejecutivo en un proceso judicial, coherente, por otra parte, con las

manifestaciones al respecto del nuevo presidente en una de sus últimas apariciones como candidato.

Estamos también ante un preludio que hace temer lo peor: el escaso margen de reformas reales que un

Gobierno de izquierdas está en condiciones de acometer en un país desarrollado sin quebrar su

prosperidad, puede llevar a ese Gobierno a reafirmar sus orígenes ideológicos mediante gestos basados en

un indiscriminado «gauchismo de salón».

Sobre la mesa está ahora mismo el caso del señor Linaza, al que cinco testigos diferentes en cuíco

Juzgados españoles diferentes vinculan con graves delitos de sangre. Las pruebas aportadas van mucho

más allá de los simples indicios razonables y hacen de él un terrorista, diga lo que diga Mitterrand y gane

quien gane las elecciones francesas. Si este individuo no cruza la frontera para responder sobre sus

presuntos delitos, ETA habrá obtenido, sin necesidad de disparar un solo tiro, uno de los mayores éxitos

de su historia.

Técnicamente, es imposible erradicar el terrorismo sin la colaboración del país vecino que presta su suelo

como centro de planificación y base de retirada. Como la democracia española no puede sobrevivir sin

acabar con la violencia organizada contra ella, estamos ante las premisas de un sencillo teorema que, para

nosotros, no tiene más que dos incómodas salidas: o invocamos el viejo derecho de persecución y

nuestros agentes comienzan a actuar sistemáticamente en el sur de Francia o iniciamos una escalada de

denuncia del Gobierno de París en los foros internacionales, sin descartar la propia ruptura de relaciones

diplomáticas.

 

< Volver