Autor: Abellán, José Luis. 
   El terrorismo como problema internacional     
 
 El País.    11/06/1981.  Página: 11-12. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

EL PAÍS, jueves 11 de junio de 1981

OPINIÓN/11

El terrorismo como problema internacional

El terrorismo produce crispación, desaliento, irritación, angustia y desmoralización en la población civil.

Ese es uno de sus objetivos, pues una sociedad desmoralizada es terreno abonado para la solución de las

soluciones más irracionales que quepa imaginar. Se impone, en consecuencia, sustituir el estado

emocional que los terroristas tratan de crear por un análisis lo más racional y frío del fenómeno terrorista.

En esa línea, me parece que lo primero que habría que señalar es el carácter internacional del mismo. En

un mundo donde la guerra nuclear es viable sólo para las grandes potencias, y la guerra convencional

ofrece peligros y repercusiones imprevisibles, el terrorismo ha venido, en parte, a sustituir a esta última.

No sé si será exagerado decir que el terrorismo es la forma actual de hacer la guerra, pero al menos, en

parte, resulta evidente que así es. Podemos decir, pues, que las fábricas de armamento son hoy en día las

grandes multinacionales del terror, y a ellas habría que culpar en primer lugar. Este solo hecho arroja una

responsabilidad gravísima sobre las empresas que producen armas o explosivos y los Gobiernos que

comercian —o permiten que se comercie— con ellas. El problema parece íntimamente relacionado con la

organización capitalista de la sociedad. y habría que empezar a atajarlo por ahí, pero eso nos llevaría a

una cuestión compleja y difícil que no es de este lugar.

Mientras las cosas no cambien, habrá que aceptar la situación como es, y contar con el hecho a que antes

me refería de que el terrorismo es una de las formas de hacer la guerra internacional, lo cual nos lleva,

lógicamente, a la conclusión de que —si hay terrorismo en España— es porque hay fuerzas

internacionales poderosas interesadas en que la democracia no se consolide.

Desde este punto de vista, el golpismo, que pretende acabar con el terrorismo mediante el establecimiento

de una dictadura militar, está haciendo el juego no sólo al terrorismo —como decía en un artículo

anterior-, sino a esas fuerzas internacionales que alimentan éste. El mismo presidente del Gobierno lo

decía recientemente, en declaración dramática ante siniestros atentados, con palabras inequívocas, que no

admiten el menor resquirio para la duda, y que ahora conviene repetir: «El Gobierno estima que hay que

entender el terrorismo en España no sólo en sus perfiles internos, sino en el campo de una acción

internacional desde la que se intenta, solapadamente, que nuestro pueblo no culmine el objetivo de una

vida civil pacífica y moderna, en una convivencia presidida por las libertades y ocupando el lugar que le

corresponde entre las naciones libres. Los terroristas pretenden, por medio de sus calculadas acciones de

provocación, originar primero el dolor y la inquietud, y luego, el desorden y el caos».

Ahora bien, si es cierto lo anterior, y yo no tengo ninguna duda sobre ello, me parece que resulta de

importancia prioritaria el análisis de esas fuerzas internacionales que alimentan tan siniestros propósitos.

No se trata de hacer algunas acusaciones en falso contra algunos países, lo que exigiría tener una

documentación y unas pruebas de las que yo carezco, pero sí de analizar las razones posibles que

evidentemente tienen algunos países para que la democracia española no se consolide, y, si no hay más

remedio que transigir con ella, conseguir que se mantenga en un equilibrio lo más inestable posible.

JOSÉ LUIS ABELLAN

Empezaremos por Francia, nuestro inevitable vecino del Norte. Todo el mundo sabe que el sur de Francia

es el santuario de ETA y que la frontera con el País Vasco francés ha sido la salvaguardia de los

terroristas españoles, cuyos cabecillas viven allí en la más absoluta impunidad, bajo la tolerancia o la

indiferencia del Gobierno francés. Por otro lado, las razones de esta complicidad tampoco son oscuras.

El Gobierno francés tiene miedo de que una actitud diferente contra los etarras pueda volverse contra

ellos y crear en el País Vasco francés un problema similar al que existe en el español. De esta firma se ha

producido un pacto tácito entre la policía francesa y los terroristas españoles, en perjuicio de un sistema

democrático que en teoría los franceses dicen defender. No sabemos si con el nuevo presidente francés las

cosas van a cambiar, pero, si no ocurre así, mucho nos tememos que la situación vaya degenerando

gravemente y que Francia no pueda librarse de un problema que la afecta como a los demás. Si el análisis

que hacemos es correcto y el terrorismo es un problema internacional, no habrá otro medio de luchar

contra él que la solidaridad de los Gobiernos y de los pueblos; si esa solidaridad no se establece por un

egoísmo nacional oal entendido, mucho nos tememos que acabe arrollándonos a todos y que pronto

entremos en una etapa de terror mundial indiscriminado.

Pero, naturalmente, no es Francia el único país que favorece la debilidad de la democracia española. Sin

que la situación sea tan evidente y las razones no aparezcan en la superficie de la misma manera que en el

país vecino, no parece extraño que Estados Unidos viera con buenos ojos el establecimiento de una

dictadura militar en nuestro país. Y bien patente lo dejó el actual secretario de Estado, mister Haig,

cuando, ante el golpe militar de Tejero, comentó que eso era un problema interno de España; es verdad

que luego se retractó de su comentario, pero no es menor cierto que de haber triunfado Tejero, al día

siguiente Estados Unidos habría establecido relaciones diplomáticas con los gol-pistas. Las razones están

claras: un Gobierno títere de la Administración Reagan en nuestro país sería altamente beneficioso desde

el punto de vista económico en la negociación de las bases militares, puesto que la aprobación de los

tratados no tendría que pasar por el Parlamento y someterse al control democrático y las exigencias del

mismo; por otro lado, las facilidades que daría un Gobierno militar hipotecado al coloso americano en la

disponibilidad de las bases sería infinitamente mayor que la que podría dar un Gobierno parlamentario.

El Gobierno de Estados Unidos, que no vería con malos ojos esa supuesta dictadura militar, tampoco ha

de tener, lógicamente, un gran interés en que la democracia española —en el caso de que sea inevitable

transigir con ella— sea una democracia fuerte y estable. La situación se hace aún más evidente si tenemos

en cuenta que el partido de la oposición es en España un partido socialista, que no sería improbable que

ganara las elecciones en un futuro próximo. Habría que oír los comentarios de Prensa, la radio y la

televisión americanas, como yo los oí estando en el país, al producirse el triunfo de Mitterrand en Francia.

Una victoria socialista en España les produciría la impresión de que Europa entera había caído en las

garras del comunismo, lo que en este país de la libre empresa se consideraría intolerable. Si aún tenemos

en cuenta el ejemplo que daría a los países latinoamericanos la existencia de un Gobierno español de

carácter socialista dentro de una forma de gobierno monárquica, resulta difícil desechar la idea de que el

Tío Sam no hará todo lo posible para evitarlo. Sobre los métodos que vayan a utilizar para ello yo no

puedo, lógicamente, pronunciarme.

Por último, analicemos la posible actitud de la Unión Soviética ante la democracia española. En principio,

parece que a la URSS habría de interesarle una democracia fuerte en España, para que ésta no se

convirtiese en un simple peón de Estados Unidos. A despecho de esta opinión, la realidad es que la Unión

Soviética tiene otro punto de vista. Sin duda le preocupa por encima de todo la situación estratégica de la

península Ibérica dentro del área mediterránea, y, desde esa perspectiva, la debilidad española en el

conjunto de la estrategia mundial se ve que le interesa más que su posible independencia respecto de la

política estadounidense. Por otro lado, es indudable que a la URSS le interesa, tanto o más que España

por sí misma, su posible ascendiente sobre el bloque de países latinoamericanos. La situación de injusticia

social en que viven muchos de ellos es el mejor caldo de cultivo para una propagación del comunismo y

un elemento que juega a favor de la expansión soviética en el mundo hispánico, como lo demuestran las

fuertes inversiones que la URSS dedica a los programas educativos para Latinoamérica. Una democracia

española sólidamente establecida, con el lógico y natural ascendiente que tendría en aquellos países, es

evidente que no habría de favorecer esos objetivos soviéticos expansionistas.

Como resumen de lo que llevamos escrito, podemos, pues, concluir que por lo menos a las tres grandes

potencias señaladas — Francia, Estados Unidos y la URSS— no les interesa una democracia fuerte en

España. No estoy acusando a los Gobiernos de ninguno de esos países de provocar el terrorismo en el

nuestro, pero tampoco sería extraño que hiciesen la vista gorda ante las fuerzas o las organizaciones que

lo provocan o alimentan, como obviamente ocurre en el caso francés. Si el golpismo es para algunos de

ellos, como lo han evidenciado, un asunto interno nuestro, con mucha más razón habrá de serlo el

terrorismo, puesto que, como hemos dicho, uno y otro se apoyan mutuamente.

Aceptado que todo lo anterior es así, el resultado es que cualquier ambigüedad o inhibición respecto a

esos dos fenómenos —golpismo y terrorismo— es complicidad con las fuerzas internacionales que

pretenden desestabilizar la situación española. Y si esa ambigüedad se produce por parte de instituciones

españolas con fuerte responsabilidad en el país, la gravedad moral de esas inhibiciones no puede ser

enfatizada. Me refiero a la actitud de silencio mantenida por la Conferencia Episcopal en el momento que

se estaba produciendo el golpe militar y a la tibieza de su declaración posterior. Me refiero también a los

posibles sectores militares o civiles simpatizantes con los golpistas. Todos ellos deben saber que, con sus

actitudes, les están haciendo el juego a esas fuerzas internacionales reconocidas por el mismo presidente

del Gobierno. No es necesario pensar en una conjura internacional contra España para defender lo que

estoy diciendo; simplemente —como hemos visto en el análisis realizado arriba— cada país defiende sus

intereses, y el resultado de esa correlación de intereses es que para algunos de ellos una democracia sólida

en España no es buena ni conveniente. En este momento crucial de la historia, los españoles responsables

debemos ser conscientes de la situación y obrar sin frivolidad ni miopía en favor de los intereses de

nuestra patria. Como decía recientemente Francisco Ayala, en un artículo publicado en este mismo

periódico, la destrucción de la actual democracia española no implicaría una simple involución —en

realidad, ésta ya se ha producido—, sino la destrucción de España misma; «justamente lo contrario de

aquello que sus presuntos salvadores pretenden», añadía el ilustre profesor.

Y aún más adelante seguía refiriéndose a todo posible intento golpista en estos términos que definen la

meta a que habían de conducirnos sus posibles protagonistas: «Al fondo del cuadro se vislumbra el triste

espectáculo de la desintegración nacional, que es precisamente lo que persiguen los terroristas; de ahí su

inequívoca intención de provocar el golpe de Estado. No es, pues, una mera involución lo que nos

amenaza con la supresión de la democracia; es el hundimiento del país».

El terrorismo como problema internacional

La situación exige un llamamiento a la solidaridad nacional; sólo si la inmensa mayoría de los españoles

está dispuesta a la defensa de los interés nacionales, no confundiéndolos con los egoístas y particulares de

un determinado cuerpo, podremos superar la situación. Es la hora de la democracia española, porque sólo

un régimen democrático de gobierno podrá sacar al país adelante en los difíciles problemas que plantea la

compleja sociedad industrial que hoy es España, en un momento de crisis mundial como el que estamos

viviendo. Pero para ello es necesario que no le hagamos el juego a esos enemigos externos que nos

acosan, y no porque creamos en ningún tipo de conspiración judeo-masónica-marxista, como antes decía;

ni por un patológico delirio persecutorio a que a veces nos entregamos los españoles, sino porque los

datos de la realidad nos lo presentan así. El hecho no debe sorprendernos tampoco demasiado, pues

obedece a una constante histórica de nuestro territorio, que es su privilegiada situación geo-política, la

cual nos ha colocado tantas veces en una posición más envidiada que envidiable. A veces, uno piensa que

lo único que seria envidiable es estar más lejos del centro de los conflictos internacionales. Sin embargo,

el destino geográfico nos ha puesto en un lugar del planeta por donde pasa irrenunciablemente el río de la

historia. Es hora de no detenernos en cuestiones que no tienen solución, sino de asumir nuestro papel y

hacerlo de la manera más digna posible. Si lo hemos hecho otras veces en el pasado, no veo la razón por

qué no podamos hacerlo ahora. Sólo se necesita una cosa: alejar la miopía y el egoísmo; poner el énfasis

en la solidaridad nacional y construir la democracia española que el tiempo que nos ha tocado vivir nos

exige imperiosamente —«como en Fuenteovejuna, todos a una».

 

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