Un pacto necesario, hoy imposible     
 
 El País.    31/08/1977.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

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Un pacto necesario, hoy imposible

Esta SEMANA continuarán las reuniones entre el Gobierno, las centrales sindicales y las organizaciones

patronales. Del desarrollo y resultado de estas negociaciones depende no solamente el futuro inmediato de

la situación económica y social española, sino su porvenir político también. Hasta el momento no ha

habido ninguna reunión tripartita; los representantes del Gobierno se han reunido por una parte con los de

las principales centrales sindicales, y después con los de las organizaciones empresariales. Los contactos

han tenido carácter informativo: no ha habido negociación propiamente dicha, sino un diálogo, que los

pesimistas califican de intercambio de monólogos.

Ni el Gobierno solo, ni los trabajadores, ni los empresarios, cada uno por su lado, tienen capacidad

suficiente para resolver la crisis nacional en solitario. Es preciso, pues, algún tipo de pacto que permita,

cuando menos, el impulso inicial para salir del actual bache.

Cada una de las partes que participan en este diálogo tiene unos objetivos propios. El del Gobierno es

sobre todo la resolución de la crisis económica, con una prioridad máxima: la lucha contra la inflación.

Prioridad tan absoluta que el Gabinete se muestra dispuesto incluso a afrontar los riesgos de descontento

político y social que pueda provocar un aumento del desempleo. El Gobierno pretende utilizar en su

política antinflacionista cuatro instrumentos: la política monetaria —con reducción de los créditos y de la

liquidez fiscal para conseguir mayores ingresos para el Estado—, el control de algunos precios precios y

la limitación del crecimiento salarial —donde aspira a fijar unos niveles de crecimiento máximos de un

17%—. La inflación, en 1977, llegará oficialmente a un 25 ó 26%. El objetivo gubernamental para 1978

intenta reducirla a un 15 ó 17%.

Pero las otras partes que intervienen en el diálogo tienen diferentes planteamientos. Para las centrales

sindicales hay que resolver de manera previa otros problemas, antes de hablar del nivel soportable de,

paro y del control de los salarios. Ya existe la libertad de afiliación sindical, pero no todavía de acfuación.

Y ni siquiera contamos con una regulación democrática del derecho de huelga. Todas ellas son exigencias

inmediatas de los representantes de los trabajadores. También piden una ¡imitación al máximo del

despido, amnistía laboral total, Fesolución del futuro del patrimonio sindical e intervención en la gestión

de la Seguridad Social.

Los empresarios están de acuerdo con la libertad de acción sindical dentro de las empresas —a las tres

partes les conviene la existencia de unos sindicatos fuertes y totalmente representativos— pero claman

por la flexibilización de plantillas —despido libre—, incentivos a la productividad, moratoria fiscal y que

no se cierren los créditos ni se reduzca la liquidez bancària.

Cada parte, además, maneja sus propias armas. El abstencionismo en las inversiones por parte de los

empresarios, los decretos leyes por ta del Gobierno, el «otoño caliente» de los sindicatos. Pero también a

todos conviene el saneamiento absoluto de las cuentas del Estado, ta reforma en profundidad de la

infraestructura de la Administración, y ía extensión en la medida de lo posible del control de precios.

Parece inconcebible, sin embargo, que las reuniones hayan comenzado sin resolver previamente algunas

cuestiones flagrantes. La devolución del patrimonio sindical incautado en el 39, la decisión sobre el

usufructo del resto y la fijación de la fecha de las elecciones sindicales, eran cosas que el Gobierno podía

y debía haber abordado antes. Lo mismo que haber reducido las cargas de la Seguridad Social para

acercarlas a los modelos que soportan los países occidentales.

Hablar del pacto social es una hermosa y ambigua utopia, en un país que se lleva la palma en

desequilibrios entre todas las naciones industrializadas europeas. Gran Bretaña lo consiguió

precariamente con una tradición democrática de siglos, un Gobierno laborista y el esfuerzo comprensivo

de todos los estratos sociales, no sólo de la clase trabajadora. Así obtuvo la reducción de la inflación, el

fortalecimiento dé la libra y la mejora de los desequilibrios externos. Pero la fórmula parece inalcanzable

en España a corto y medio plazo. Si es así, cada una de las partes implicadas deberá hacer un poderoso

esfuerzo de imaginación, que ha de pasar por una información absolutamente veraz sobre la situación

económica y por la necesidad de que todos estén dispuestos a ceder. Cada uno debe tener clara la frontera

entre lo irrenunciable y lo negociable, pues se necesita llegar a un compromiso realista, para ahora

mismo, aunque sea transitorio.

 

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