Autor: Medina González, Guillermo. 
   El reto democrático y la tentación autoritaria     
 
 Informaciones.    28/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

El reto democrático y la tentación autoritaria

Por Guillermo MEDINA

HAY quienes quisieran poder escribir un libro, que se titularía «No fue posible la democracia». Son

aquellos que, de buena o de mala fe. ven en los últimos acontecimientos dramáticos la «prueba

irrefutable» de que los españoles no estamos hechos para vivir en una democracia. No podemos aceptar

ese determinismo, que equivale a negar a este pueblo la categoría de civilizado. Tampoco hay por qué

detener un proceso democrático y dejar para la generación siguiente la posibilidad de convivir

pacíficamente.

La democracia es posible aquí y ahora. Aunque acarree incomodidades y haya que aprender a usar la

libertad y asumir responsabilidades, tras cuarenta años sin que un pueblo ejerza su soberanía. Los

recientes hechos dramáticos ni siquiera serán, probablemente, y por desgracia, los últimos intentos de

poner fin a un proceso natural hacia la democracia. Cualquiera que pueda pagar a unos asesinos tiene a su

alcance la posibilidad de atentar contra la paz. Y a pesar de eso habrá que evitar la tentación totalitaria,

Ei terrorismo no es una particularidad española, sino que parece poner a prueba a todas las sociedades

democráticas en Occidente, desde la Alemania de la banda Baader-Meinhof a la Italia de los extremismos

opuestos, desde la Gran Bretaña del cáncer irlandés a la Francia traumatizada hace pocos años por la O.

A. S. Es más, a los partidarios de la «solución» autoritaria habría que recordarles que la prolongada

ausencia de libertades puede dificultar la delicada transición democrática y que el autoritarismo de un

signo ni siquiera puede evitar el terrorismo del signo contrario

Lejos de ser pesimistas, consideramos que el crimen de Atocha ha venido a confirmar que existe una

solidaridad básica de todas las fuerzas democráticas, de derecha a izquierda. Gobierno y oposición

democrática parecen compartir cada vez más una responsabilidad que es común: mantener la paz y el

orden público.

La ocasión es propicia para clarificar quiénes están por la violencia y quiénes quieren convertir a los

muertos en bandera de una protesta violenta e irresponsable. El lector juzgará por los comunicados de los

partidos qué grupos ven en la matanza de Atocha un reto para la madurez democrática y quiénes una

ocasión para agitar la calle.

El Gobierno tiene poder prestigio y calma. Su primera obligación es el ejercicio de la autoridad, atributo

irrenunciable de todo Gobierno, contra una extrema derecha que utiliza asesinos extranjeros a sueldo y

contra cualquier intento de convertir la calle en terreno de lucha política. Impedir el desorden tiene sus

riesgos, pero una calle sin orden sería el suicidio nara la democracia que la sociedad española está

alumbrando.

La situación actual tiene, por ser de transición, riesgos adicionales. Acelerar la llegada de una democracia

formal y plena, por el camino ya trazado, permitirá definir desde qué momento todas las fuerzas políticas

están de acuerdo en aplicar el máximo rigor con los terroristas de cualquier signo, sin aplicación posible

de una amnistía.

 

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