Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Rosita la pastelera     
 
 ABC.    10/03/1978.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ESCENAS PARLAMENTARIAS

Rosita la Pastelera

UN ilustre hombre público, cuyo nombre no revelaré ni bajo el tormento ese que va a condenar

la Constitución, me decía ayer al oído, mientras entreteníamos algún descanso por los pasillos del

Congreso, que durante toda la sesión parecía flotar en el aire del Palacio de la Carrera de San

Jerónimo el recuerdo de Martínez de la Rosa, político y literato (pues en aquellos tiempos de Jas Cortes

de Cádiz no eran oficios incompatibles), a quien sus contemporáneos bautizaron con el apodo expresivo

de Rosita la Pastelera. La Cámara olía ayer a pastel cociéndose en e] horno. Mientras unas

señorías hablaban en el hemiciclo y debatían terca y denodadamente sus posiciones dialécticas sobre el

proyecto de ley de elecciones locales, otrás señorías pasteleaban en voz baja en algún rincón del

palacio, o sea. en algún apartado confesonario del templo de las leyes. Señoría hubo que se vio obligado

a modificar más de una vez y sobre 1a marcha del debate el discurso que ya tenia preparado para rebatir a

su oponente, porque, a punto ya de ser pronunciado, había salido del horno político un nuevo pastel.

Parecía que lodo estuviese pactado y bien pactado» y la única pregunta que nos hacíamos los

observadores y cronistas, más algún diputado que no estaba en la pomada, era la de si el pacto alcanzaba

también al tema de la fecha de las elecciones, que, como se sabe, era la manzana de la principal discordia

entre los dos partidos mayoritario*. Don Adolfo Suaréz faltó largo rato, por la mañana, de su sitio en

el banco azul, ocupado desde el comienzo do la sesión, j mire usted por dónde tampoco don Felipe

González estaba sentado en su escaño. Era la hora de heñir el hojaldre. Tú me das un alcalde a mí y yo te

doy un alcalde a ti. Y vamos a ver cuándo, cómo y de qué manera. No me extrañaría nada, y es una

hipótesis que aventuro y ahí queda eso, que el propio Gobierno tuviese preparados dos discursos diversos

sobre el tema, para pronunciar uno u otro según se fuese cociendo el pastel. En un bolsillo había que

tener dispuesto el discurso homeopático, y en el otro, el discurso quirúrgico.

El día más largo del Parlamento empezó con un discurso explicativo, correcto y frío, del señor ministro

del Interior, don Rodolfo Martín Villa. Pero Inmediatamente se endureció él Juego, como dicen los

cronistas deportivos. Don Simón Sánchez Montero, del Partido Comunista, defendía una enmienda * la

totalidad con frases casi apocalípticas. Seréis vosotros y no nosotros los que tendréis la responsabilidad de

esta ley nefasta, decía don Simón dirigiéndose tanto a la diestra, donde se ventaban los diputados de U. C.

D., como a 1a siniestra, donde se sentaban loa diputados del P. S. O. E. Pagaréis. y ya lo estáis pagando,

el precio político de este contubernio. Estáis jugando con los votos del pueblo. Esto es privilegiar a los

dos partidos mayores. Este sistema de elección le sienta a la democracia como • un santo dos pistolas.

Señores de U. C. D.: domináis muy bien la pequeña política, la politiquería, pero no planteáis bien los

grandes problemas políticos nacionales. Predomina en vosotros, más que la preocupación por resolver los

problemas municipales, los mezquinos Intereses de vuestros respectivos partidos. Y así fue entonando el

cYo acuso», contra ucedistas y socialistas.

E1 débate sobre la enmienda comunista a. la totalidad había consumido buena parto de la mañana. Loa

señora diputados habían leído todos los periódicos del día, algunas revistas, y los más amigos de la lectura

habían abierto algún libro, y, de pronto, el señor Montero, cuando iba a comenzar la votación, pidió Ja

palabra. El señor presidente de la Cámara le advirtió que ya se estaba en votación, y que a no ser para una

cuestión de mucha importancia... «Es para retirar la enmienda», explicó el señor Sánchez Montero.»

«Entonces, naturalmente, puede hablar el señor Sánchez Montero», sentenció el señor presidente.

Y empezaron las votaciones sucesivas de los artículos del proyecto. Cuando no había enmiendas, todos

votaban que sí. El señor Obiols se quejó de que en la votación de la condena de la O. Ü. A. el cerebro

electrónico diese su nombre como votante en contra y aclaró que el único voto negativo que registraba el

marcador (el democratógrafo eléctrico) no era el suyo. «Como la votación es pública puedo aclarar que

ese voto en contra es el del señor Letamendia; tranquilícese el señor Obiols», aclaró el presidente. Y todas

las miradas se dirigieron al escaño del vasco señor Letamendia. Más tarde, el señor Lctamendia pidió la

palabra para explicación de voto y se organizó una marimorena por cuestiones de orden. Se puede

explicar el voto de un grupo, pero no un voto personal, y el señor Letamendia o hablaba en nombre del

grupo mixto o no podía hablar. El señor Tierno decía que sí, que hablará, con un ademán bondadosamente

permisivo de su mano. El señor Letamendia alegó que pedía la palabra por alusiones, puesto que había

sido aludidlo por el señor presidente de la Cámara, pero el señor Alvarez de Miranda aclaró que no había

sido aludido, sino nombrado, eon lo cual algunos nos quedamos sin saber qué hacer con la semántica. Y

el señor Letamendia explicó su voto.

El señor Tamames estuvo ayer elocuente, convincente y hasta divertido. Y dijo que aquella confabulación

de los dos partidos mayoritarios (U.C.D. y P.S.O.E.) no era un bipartidisme Imperfecto, sino un

monopartídismo bíen acompañado. Después desahogó el tramojo que le había traído el nombramiento de

don José Luis Alvarez como alcalde de Madrid, y dijo que la U. C. D, le iba a dar al nuevo alcalde el

dinero que no le había querido dar al señor Arespacoehaga, porque este alcalde es de Alianza Popular. El

señor Arespacochaga andaba por los escaños altos, reservados a los senadores cuando asisten a las

sesiones del Congreso.

Respecto de la elección de alcaldes, también había barullo. Los partidos minoritarios no querían que

fuesen alcaldes los primeros candidatos, de la lista vencedora, porque adiós Alcaldías. Y al final se hizo el

pastel. Al alcalde lo elegirán los concejales, siempre que voten a su favor la mayoría absoluta de ellos y

siempre que sea el primer candidato de alguna de las listas. Si no se alcanza esa mayoría, será el primero

de la candidatura que haya obtenido más votos. O sea, una mezcla entre el sitema mayoritario, el

proporcional, la regla de d´Hondt y el encaje de bolillos. Pero algo es algo.

Cuando salí del Congreso seguía la sesión. Aún faltaba saber qué último pastel había sacado del horno el

fantasma elegante, liberal, moderado y anglofilo de Rosita la Pastelera, aquel apodo que los

desvergonzados redactores de REÍ Zurriago» dieron a Martines de la Rosa, «el hombre más honrado y

más caballero que se ha acercado a mí desde que soy Rey», como dijo Fernando VII. Y. por favor, que

nadie se dé ni por aludido ni por nombrado. Estoy haciendo espiritismo—Jaime CAMPMANY.

 

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