Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Desnudos     
 
 Informaciones.    08/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

LETRAS

DEL CAMBIO

DESNUDOS

Por Jaime CAMPMANY

SERA por la falta de costumbre, porque aquí lo normal es que pasemos de la inquisición al despelote y

del despelote otra vez a la inquisición. Pero la realidad es que los españoles encontramos difícilmente la

medida justa y prudente para usar de las libertades. Con frecuencia nos manifestamos como un pue blo de

desmedidos, de desmesurados. Eso nos pasa en casi todo. Ahora nos pasa, espectacularmente, con la

«cosa sexual». Ha bastado que se afloje aquel muelle grotesco de la censura para que pongamos ante los

ojos de los niños escenas e imágenes que se reservan a los adultos. Incluso en aquellos países que pasan

por ser los paraísos de la libertad del sexo. Antes de ponernos a resolver seria y científicamente el

problema de la educación sexual de los niños o de la diferenciación de la necesaria libertad de la cultura y

la degeneración de la literatura o del arte, nos hemos preocupado de «homologarnos» con los

subproductos de la libertad de expresión. En vez de abrir las puertas de la libertad al progreso cultural,

científico, artístico o pedagógico, hemos llenado los quioscos y las pantallas de deleznables materiales

destinados a satisfacer curiosidades y apetencias enfermizas y morbosas. Quizá fuera lógico que esto

sucediese en un país poblado en buena medida de ávidos reprimidos y de hipócritas escandalizados.

Hemos pasado de proscribir de la mirada de los niños «La maja desnuda» a ponerles delante las

ilustraciones de un «Kamasutra» para obsesos y para horteras. Siempre he creído que la educación

religiosa, la instrucción científica y la represión estatal habían hecho del sexo un tabú ridículo, envuelto

en ñoñerías pintorescas y en hipocresías farisaicas. De eso hemos pasado a una situación que lleva camino

de poner sobre la mesa camilla de nuestros cuartos de estar pura pornografía o de abrir una sección de

«sexshop» en cada uno de los grandes almacenes.

El «Boletín Oficial» ha prohibido la exhibición de esta clase de publicaciones. Es una medida necesaria,

pero tímida. Lo ideal sería que fuese la sociedad, antes que el Estado, la que reclamase una protección

ante la invasión de ese negocio del mal gusto y de la grosería disfrazada o no de un encuentro natural con

problemas de nuestro tiempo o de todos los tiempos. Pata eso habrá que estimular a la propia sociedad a

que orvinice sus instrumentos de defensa. El Estado siempre tiende a la represión, y el final de la

represión suele tener estos estallidos. El gran enemigo del erotismo desatado y de la pornografía no es la

censura. Es, sencillamente, la cultura.

 

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