El socialismo y la monarquía     
 
 ABC.    28/12/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL SOCIALISMO Y LA MONARQUIA

Esta última fase de la transición a la democràcia —que debería ser la de su cristalización v

consolidación— recibe de pronto, en plena semana de Navidad, varías sacudidas que, si no traumáticas,

parecen a la opinión pública —atónita— verdaderamente convulsas.

Apenas apagados los ecos de una lamentable Intervención parlamentaria que sumió en honda tristeza a

España, y que en cierto sentido apuntaba a una regresión hasta 1936, la decisión del Partido Socialista al

mantener su voto particular sobre la forma de Estado republicano en la Constitución parecía querer

llevarnos aun más atrás, hasta 1919; porque sólo entonces, y no de manera dogmática, incluía el veterano

partido, que había surgido en 1879, el rechazo de la Monarquía. Durante sus primeros cuarenta años, los

años heroicos, los años creadores, el Partido Socialista asumió una actitud posíbilista en cuanto al

régimen, y ni entonces ni hasta mucho después se declaró formalmente republicano. Más aún, la primera

campaña de su órgano oficial, El Socialista, en el año 1886, se dirigió contra el republicanismo.

Las convergencias entre el partido de Pablo Iglesias y los republicanos no fueron Identificaciones de

régimen, sino alianzas tácticas —como en 1909— o estratégicas, como en 1930; pero en uno y otro caso

esa convergencia no fue confusión, sino que se quiso llamar Conjunción, es decif, una entidad capaz de

disolverse y que de hecho se disolvió después de las dos ocasiones citadas. El posibilismo socialista, e

induso la aproximación política al republicanismo, no era enemistad congènita hacia la Corana, sino

repudio del monopolio oligárquico y clasista que desgraciadamente se impuso —al desaparecer

trágicamente Cánovas y Canalejas— en la Restauración desarbolada por el Desastre, Cuando la Corona,

en 1923. se liberaba aparentemente del lastre antisocial, el líder más izquierdista del P.S.O.E., don

Francisco Largo Caballero, no tuvo problemas

en convencer a la mayoría de su Ejecutiva para que le autorizase a aceptar el puesto de consejero de

Estado ofrecido por el general Primo de Rivera. Cuando se montó el primer golpe violento contra la

Monarquía en el siglo XX —15 de diciembre de 1930—, el P. S. O. E. y la U. G. T. decidieron

abstenerse.

Más aún, cuando la decepción dictatorial, abanderada por Indalecio Prieto, llovó al P. S. O. E. hasta una

nueva conjunción con los republicanos, ello no seria obstáculo para que el posibilismo hia. tonco del

Partido Socialista se impusiera otra vez y fue precisamente Prieto quien entró en negociaciones con las

fuerzas monárquicas en 1946 para construir Juntos la Monarquia democrática que ofrecía a España Don

Juan de Borbón. Nada debe exrtañarnos esta serie de posibilismos en un partido que ha subordinado

siempre lo social a lo político, y que, buen conocedor de una Europa tantas veces gobernada por sus

correligionarios, sabe perfectamente que en esa Europa los socialistas han gobernado con más estabilidad

dentro de regímenes monárquico* que en medio de Incertidumbres republicanas.

Quizá la huella profunda de ese posibilismo haya inspirado la importante puntualización de don Gregorio

Peces-Barba publicada a raíz de \a noticia que comentamos: «El P. S. O. E. podria reconsiderar su voto

particular sobre la Monarquía.» Debería hacerlo. Cuando la Prensa europea proclama a Don Juan Carlos

hombre del año, la opinión pública española —bien lo saben quienes la han compulsado— está

inequívocamente no sólo con el Rey, sino, gracias al Rey, con la Corona. Si el P. S. O. E. hubiera

adelantado su actual voto particular en la pasada campaña, es posible que su prometedor resultado se

hubiera comprometido mucho. Los dirigentes socialistas han demostrado sentido político para distinguir

entre la zona más radical de sus militante* y la base infínitamente más amplia de quienes el 15 de junio

les votaron.

 

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