Autor: P. R.. 
   Suárez     
 
 Arriba.    30/01/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

SUAREZ

Llegaron los de la Telefónica y, lo primero, cambiaron la centralilla, viejísima, y pusieron una linea con

La Zarzuela y. otra, con el futuro. Cada poco, suena como con campanas de Hemingway, y es, supongo,

Rodolfo, la *Segunda Bis» o Gutiérrez Mellado, o la «Degeése»;

—Presidente: está aquí La Tragedia. Que si puede pasar.

Al fin y al cabo, a Kennedy lo nacieron, lo criaron, lo educaron para Presidente. Como a un samurai: para

sufrir. Llegaba la crisis de los missiles, y el mundo tiritaba, y entonces Scheiinger intentaba calmarles; el

señor Presidente ha sido nacido, ha sido criado, ha sido educado para señor Presidente. En Cebreros, en

cambio, los nacen, los crían, los educan sólo para españoles. El 3 de julio este señor era, para algunas

cancillerías y para alguna clase política, Adolfo. ¿Qué? Hacía que jugaba al tenis, para despistar, pero por

las noches hacia «footing» a escondidas para correr los diez mil metros de la Historia de España. En

noviembre, la izquierda creía que se ganaba el sueldo haciendo el pluralismo, y en enero se tuvo que

vestir de hombre rana y tirarse a taponar et barco del Estado.

El viernes, la España negra, goyesca, enseñó la pata por debajo de la puerta, y la hizo esperar fuera como

al sastre y al peluquero. Nadie, all men of preysidente, le escuchó levantar la voz; le escayolaron la parte

de abajo del alma, sacó los códigos a la calle, y en el análisis del sangre, los especialistas del «Piramidón»

le encontraron neutrófllos de autocontrol, granulocitos de ponderación, linfocitos de coraje.

Así como al atardecer, Aurelio le ha pasado el no sé cuántos café. Aurelio cree que es el único español

que engaña al Presidente y que el Presidente no se da cuenta que se lo ponen descafeinado. Está como

muy tranquila, muy velazqueña La Moncloa y hasta los de Políticas que limitan al Norte y que hacen su

seminario de prácticas pintando las paredes que los separan, han acordado una tregua. Se cumplían sus

210 días a la cabecera de la cama, estaba como siempre sin una ojera, sin una arruga más que en el

pliegue del corazón y ha empezado a hablar como siempre, por favor, perdón, gracias, «me llamo Adolfo

aunque Presidente me llamen». Se ha abierto como un enorme silencio, como si estallara una bomba de

respeto en pleno pecho de España. Luego, pusieron una película.

Y, en seguida, la vida. Otra vez.

P. R.

 

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