Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La trata de urnas     
 
 ABC.    02/06/1978.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ESCENAS PARLAMENTARIAS

La trata de urnas

Ya lo dijo el poeta. El poeta, en este caso, es Pedro Salinas. «Amor, amor, catástrofe.» Eso de la

catástrofe es un suceso habitual en la pasión amorosa. Un amor sin catástrofe es como una rutina que haya

perdido toda fascinación. «I promessi sposi» andan enfurruñados. Los novios están de monos, como decía

la abuela. O sea, que de momento el célebre y glorioso consenso se ha ido a hacer ese delicado encaje que

adorna las bocamangas de las togas de los magistrados. Se descuajaringó el invento. Ya vuelven los

diputados donde solían. II. C. D. y A. P. a un lado, y todo el arco de la izquierda, con el apoyo de las

minorías regionales a otro. Digo esto, pero la verdad es que igual podría decir, con la misma razón, que el

consenso ha llegado a rizar el rizo. Me explicaré. El consenso ha alcanzado la sublime cima de establecer

el consenso de que no haya consenso sobre dos artículos de la Constitución, concretamente sobre los

artículos 63 y 64.

¿Pues de cuáles fundamentales temas tratan esos dos artículos?, me preguntará inmediatamente el curioso

lector. ¿Acaso de la unidad de España? ¿Tratan por ventura de las libertades esenciales de los españoles

frente al Estado? ¿Prejuzgan la manera en que vamos a entender la economía, la familia, la educación o la

justicia? ¿Hacen referencia al delicadísimo asunto de los límites de las autonomías? No, señores. Nada de

eso. Los señores diputados están peleándose en el mercado de las urnas. Ayer, los debates de la

Constitución eran como un zoco de la democracia. ¡La trata de las urnas! Los señores diputados se

mordían, con cierta elegancia dialéctica en general, eso sí, en la disputa de los votos. Se trataba de

repartirse los escaños. Como decía el señor Silva Muñoz, es posible llegar al consenso sobre una fórmula

dcfinitoria del modelo económico de sociedad, lo suficientemente vaga como para que puedan gobernar

unos u otros. O sobre si vamos a disolver o no el vínculo matrimonial. Se llega al consenso de meter en la

Constitución la palabra España a cambio de poner también la palabra nacionalidades. ¡Compro, vendo,

cambio! El carrousel napolitano. Lo dije ya en una de estas «escenas»: «lo ti do una cosa a te, tu mi dai

una cosa a me.»

¡Ah!, pero la Constitución ha llegado al punto de tener que decir cómo y de qué manera se eligen los

señores diputados. Y ahí ya están las urnas de por medio. Las urnas, esas cajas de Pandora de las cuales

pueden salir tantas desgracias y tantas sorpresas. Las urnas, que son las más sensibles vísperas de la

democracia. Toito te lo consiento menos faltarle a mi urna. «En vez de soñar, contar», decía también el

poeta Pedro Salinas ante la fachada de El Escorial. Y los partidos políticos, ante las urnas, se han dejado

de sueños y han empezado a discutir sobre la forma de contar los votos.

En el Congreso ha resucitado aquel Lázaro de la Reforma política sobre el sistema mayoritario o el

sistema proporcional. El profesor belga señor D´IIondt ha vuelto a visitarnos. En definitiva, la izquierda

desea que el sistema proporcional y que la distribución proporcional de escaños en relación con la

población sea un principio que quede establecido en la Constitución. El Centro y Alianza Popular estiman

que eso debe dejarse a la ley electoral, porque la Constitución es un texto que debe estar por encima de

cualquier coyuntura y las circunstancias del país pueden aconsejar algunas variaciones en el sistema y en

los criterios de distribución, en el número de diputados, etc. La izquierda, con las minorías vasca y

catalana, dos regiones superpobladas de la nación, digo del país, digo del Estado, bueno, de España, es

partidaria de que a tantos habitantes, tantos diputados. «Y con todo respeto para los sorianos, si Soria se

queda sin representantes en el Congreso, pues que se quede», aclaraba el representante vasco. El Centro y

la derecha son partidarios de que la Constitución señale que el voto será universal, libre, igual, directo y

secreto, y dejar las diferentes matemáticas electorales para la ley específica que en cada caso las regulará;

ley que, por tener la consideración de ley orgánica deberá ser aprobada por la mayoría exigida en la

propia Constitución. Unos y otros se asían a precedentes históricos; pero resulta que nosotros tenemos

precedentes históricos para todos los gustos. Unos y otros se socorrían del derecho comparado; pero

resulta, igualmente, que el derecho comparado ofrece ejemplos de democracias impecables que adoptan

sistemas y métodos muy diferentes de mecánica y matemática electoral.

De cuando en cuando, alguna anécdota divertida. Por ejemplo, el señor Alzaga, de U. C. D., intentaba

demostrar que el sistema proporcional sólo ÍUp usado para unas elecciones locales de la segunda

República, y ha dicho aue aquella ley la hizo don Leopoldo CalvoSotelo. «Don José, hombre», le han

corregido. Y el señor Alzaga daba explicaciones: «El subconsciente, ;,eh?, perdonen que... ¿eh? Sí, claro,

don José Calvo Sotelo, ¿eh?» Y unos traían la Constitución italiana, y la belga, y la sueca, y la noruega, y

hasta la de Luxemburgo -que yo creo que el señor Camuñas ya le habrá telegrafiado al señor Thorn la

feliz noticia de Ja cita-, y otros explicaban la Constitución alemana, y la ley electoral intrlesa, y la

francesa, y la griega. Y de pronto, el señor Fajardo (aquel a quien un día le concedió la palabra el señor

Alvarez de Miranda llamándole «señor Saavedra Fajardo») nos explicó lo que pensaba sobre todo este

asunto nada menos que el presidente don Adolfo Suárez, como si el diputado socialista fuese el

confidente presidencial o el confesor de cámara de la Moncloa.

En resumen, que después de darle muchas vueltas a las urnas, de tejer y destejer el tapiz de las elecciones,

los señores diputados llegaron a la conclusión de que, en víz de ponerse de acuerdo sobre el tema, o

votarlo, lo mejor sería establecer el consenso de que no hubiese consenso, v dejar la cosa para tiempos

mejores. En vano, el profesor Tierno Galván quiso introducir un elemento tranquilizador en el debate

explicando que la pronorcionalidad no tenía que hacer reverenda exclusivamente a la población, sino

también a la «estructura social». Y en vano el señor Roca Junyent ofreció otra fórmula de equilibrio en la

oue se habla de «garantizar la representación de las diversas zonas». Suspensiones, cabildeos, consultas,

pasees Dor el fondo de los pasillos, conversaciones y apartes, suspensión del debate para dejar tiempo a

las llamadas telefónicas nerviosas y apresuradas. Nada. El apetito de las urnas había roto el consenso. Los

tenedores quedaron en alto. Quizás ahora se intente repartir el manjar electoral sobre la mesa de un

restaurante, en una noche de farra y de consenso.-Jaime CAMPMANY.

 

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