Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Impresiones de un congreso     
 
 ABC.    22/10/1978.  Página: 6-7. Páginas: 2. Párrafos: 26. 

ABC. DOMINGO, 22 DE OCTUBRE DE 1978. PAG. 6.

(Crónica

semana

Impresiones de un Congreso

HA sido el Congreso del miedo; pero también el Congreso de la libertad y e) Congreso de la autoridad. El

Congreso del miedo porque el aparato del partido ha puesto infinitas trabas al ejercicio de la democracia

interna y a la espontánea manifestación de un pluralismo que, en el fondo, constituye el principal caudal

político de U.C. D. El Congreso de la libertad, porque la inmensa mayoría de las enmiendas a las

ponencias aprobadas en las distintas Comisiones han venido a acentuar el carácter personalista del

partido: asi la profundlzación en los derechos humanos en la ponencia de Política Interior, asi la

atenuación del protagonismo del sector público en la Económica, así el rechazo de las nacionalizaciones

en la Energética. Y el Congreso de la autoridad porque, quizá un tanto sorprendentemente, nada ha hecho

vibrar a los compromisarios centristas como las diferentes invocaciones a la preservación del Orden

Público.

En apariencia, el Congreso ha servido para reafirmar la posición hegemònica del ala socialdemócrata que,

en conjunción con los independientes suaristas. controla cómodamente la Ejecutiva. Se trata, sin embargo,

del punto de inflexión de su curva de poder. El talante de una neta mayoría de los compromisarios,

hombres y mujeres amantes de la moderación sin pasado ni significación política expresa, sugiere que en

un futuro no demasiado mediato, la columna vertebral del partido va a quedar estructurada en torno a las

posicio: mes hoy derrotadas a nivel orgánico, llámeseles democristianas o liberalconservadoras.

Lo más importante del Concreso ha sido, de todas formas, su propia celebración. Si bien la atosigante

proximidad de los hechos Impide, de momento, ir más allá de un terreno puramente impresionista, el

aluvión de conceptos y vivencias volcado sobre el Palacio de Exposiciones acrecentará muy pronto, de

forma considerable, una vez asimilado y digerido, el activo de la U. C. D. Creo que, a pesar de todos los

petares, el Centro ha dado un paso de gigante en la construcción de la propia identidad. U. C. D. no es ya

una operación cuyuntural —ni una sola vez a lo largo de las tres jornadas ha existido el menor riesgo de

escisiones o rupturas—, sino la gran opción no colectivista sobre la que girarán, durante bastante tiempo,

las expectativas políticas de muchos millones de españoles.

D DEL POLÉMICO DISCURSO DE JOSE LUIS ALVAREZ

Se esperaban unas simples palabras de salutación y bienvenida con algún leve toque de pintoresquismo

madrileño, y el Congreso de U. C.D. se encontró con una pieza de altos vuelos oratorios y enorme

significación política. «Cuando se me encarga algo, procuro hacerlo lo mejor posible», declararía

beatíficamente José Luis Alvarez, después de su discurso. En las setenta y dos horas precedentes, el

alcalde de Madrid había presentado su libro «España desde el Centro»; había definido con íirmeza su

posición de centro-derecha en las importantes declaraciones políticas publicadas en este periódico; había

arrancado hábilmente su nominación como candidato al Consejo político provincial de U.C.D.,

mayoritariamente dominado por socialdemócratas, y había sido recibido por «] Rey en el Palacio de la

Zarzuela.

Nadie puede negar que José Luis Alvarez ha sido el gran triunfador del Congreso de U.C.D. Muchos de

quienes, a la vista de las actitudes algo displicentes y resentidas de sus jefes de fila —a todos los varones

del partido les hubiera gustado ser los protagonistas del suceso—, se sumaron luego a las críticas contra el

discurso, lo habían aplaudido a rabiar desde sus asientos. Por mucho que duela, ésa es la evidencia: el

alcalde de Madrid hizo vibrar a los congresistas con unas cuantas palabras sencillas sobre lo que en

Occidente se entiende como convivencia en libertad. Cualquiera que se haya pateado las provin

cias o se haya tomado la molestia de analizar la estructura sociológica del electorado de U. C. D.

comprenderá, por otra parte, que no fue ninguna coincidencia que la más calurosas de las ovaciones

tributadas a José Luis Alvarez correspondiera a sus palabras de solidaridad e identificación con las

Fuerzas de Orden Público.

El alcalde de Madrid supo calcular sus riesgos y aprovechar la oportunidad que se le brindaba, A la

postre, quienes como él niegan siempre tener vocación política en el sentido más estricto y lúdlco del

término, terminan siendo más políticos que nadie. Hay quien no le perdonará nunca lo ocurrido, pero esta

es una carrera en la que el que no sea valiente, más vale que ni siquiera tome la salida. José Luis Alvarez

lo ha sido.

Tras los reproches dirigidos contra su discurso —a menudo apoyados en aspectos

tan accidentales como el hecho de que, con el triunfalismo propio de un acto de esa naturaleza, atribuyera

al Centro el monopolio del alumbramiento de la democracia— late, en el fondo, la falta de generosidad

política de quienes, sintiéndose inseguros de que sus planteamientos sean los más adecuados a la realidad

de U.C.D., pretenden conservar sus posiciones de fuerza mediante la sofronizaciòn permanente del

partido. Mal que bien, podrán lograralo a corto plazo, pero la U. C. D. susbsistlrá en el tiempo plvotando,

cada vez más, sobre la línea trazada por José Luis Alvarez.

D DE LAS DECLARACIONES DE FELIPE GONZÁLEZ

Así lo indica el lúcido análisis del secretario general del P.S.O.E, en la entrevista publicada en ABC, el

propio día de la inauguración del Congreso. Más allá del comprensible malestar que a cualquiera le

produciría el que en una fecha tan señalada viniera un extraño a recordarder cual es el camino que le

corresponde seguir, los dirigentes de U. C. D. deben tomar buena nota de las afirmaciones de Felipe

González, en la medida en que contienen una oferta que sólo el egoísmo y la ceguera impulsarían a

desatender.

Las manifestaciones del líder socialista son fundamentalmente una llamada a la racionalidad. Es

estrictamente cierto que no hay más vía para la consolidación de la democracia en este país que ]a fijación

de un mapa político en el que una «izquierda moderada» y una «derecha moderadas —ésas son sus

palabras textuales— se repartan, más o menos equitativamente, ese 80 por 100 del electorado, que huye

despavorida de cualquier tipo de extremismos, pavorido de cualquier tipo de extremismos sin excesivas

convulsiones en lo que a los pilares del modelo de sociedad se refiere.

Para ello es Indispensable que cada uno asuma su papel y defienda los intereses que le corresponde

defender. Basta leer entre líneas, con un poco de perspicacia, para darse cuenta de que Felipe González

desea fervientemente reconduir a su partido hacia los cauces de serenidad y realismo por los que

discurren las únicas experiencias socialistas que en los países desarrollados han proporcionado mayores

cotas de bienestar a los ciudadanos. Pero, aunque él pretenda que nada de lo que hagan lo demás obligará

al P. S. O. E. a modifica su rumbo, para ello necesita que el Gobíerno deje, por un lado, de potenciar los

comunistas, proporcionándoles un pro

Formalmente ha sido el Congreso del miedo; desde el punto de vista de su contenido, el Congreso de la

libertad y la autoridad

tagonlsmo muy superior al que les otorgó el pueblo español en las urnas, y deje, por el otro, de irritar sin

descanso a una derecha a la que constantemente se le empuja a ser la ganancia de pescadores de la

reacción y hasta del gobierno. En ningún momento de sus declaraciones puso Felipe González tanto

énfasis verbal como al asegurar que no podía creerse que la dimensión real de la derecha española quede

reducida a ese 7 por 100 del electorado que recolectó Alianza Popular el 15 de junio.

Todo esto no quiere decir que U. C. D. deba renunciar a ese millón de votos fronterizos con el P. S.O.E.,

que corresponden a posiciones más avanzadas que las que sostienen el resto de los electores del partido.

Pero en una situación estabilizada, como pronto va a ser la de este país, la línea de un colectivo

democrático debe ser el resultado de las aportaciones ponderadas de todos cuantos en él confluyen, y no

el producto de las Inadecuaciones personales de una pequeña camarilla de dirigentes. ¿Qué diablos quiso

decir Rafael Arias cuando aseguró en su informe que «por la vía de la reforma estamos haciendo la

revolución que le debíamos a la Historia»? Por la vía de la reforma, lo que se hace es la reforma y aquí ya

nadie, ni de mi generación ni de la suya, tiene ninguna «revolución pendiente». Está bien eso de quitarles

el polvo a los retratos, pero aceptando el pasado tal como fue. sin tratar de justificarlo en función de una

dimensión épico-utópica, que para bien o para mal —yo creo que para bien—. nunca llegó más allá de la

liturgia.

D DE LA LECCIÓN

DE MRS. THATCHER

Al flamente secretario general de U. C. D., cuya brillante tarea organizativa ha culminado en un Congreso

formalmente casi perfecto, le convendría releer con detenimiento la magistral «lectio brevis», dictada ayer

por la tarde por Margaret Thatcher. En adelante deberá tener en cuenta, en cualquier caso, que a muchos

de los compromisarios que desconocían la verdadera significación del Partido Conservador británico, se

les abrieron con complacencia los ojos como platos, al comprobar cómo los conceptos de innovación,

creatividad y, por supuesto, libertad, afloraban a los labios de la rubia futuro primer ministro inglés,

natural y estrechamente vinculados a las Ideas de tradición, prudencia y autoridad.

Oyendo a Mrs Thatcher se saca la impresión de que los verdaderamente conservadores en el sentido

menos positivo del término son los laboristas. La suya es la oferta de una sociedad auténticamente basada

en el individuo, y, por lo tanto, en la competitividad y en el riesgo, que rechaza unos estándar de

progresismo, establecidos por la vía del mimetismo y la aproximación a los postulados de la izquierda.

Mientras la U. C. D. se proclama a bombo y platillo «interclasista» —aceptando así tácitamente la teoría

marxista de la historia—, Mrs. Thatcher explicó con senciller absoluta que el electorado de su partido —

el más antiguo del mundo—, entre el que se encuentran la tercera parte de los obreros sindicados, lo

componen «gentes de ocupaciones e ingresos muy variados».

No me resisto a recoger en esta primera aproximación a la antología del Congreso de U. C. D. la cita de

Disraeli, utilizada por Mrs. Thatcher: «La cuestión no está en resistirse o no a un cambio Que es

inevitable, sino en si ese cambio se va a llevar a cabo respetando los usos y costumbres, las leyes y

tradiciones de un país.» Difícilmente podría reflejarse mejor la motivación esencial que impulsó el 15 de

junio a más de seis millones de españoles a «votar centro, votar Suárez».

D DE LA COMPOSICIÓN DE LA EJECUTIVA

Gran parte de los esfuerzos del equipo dirigente del partido han estado encaminados en las últimas

semanas a evitar que surgieran candidaturas alternativas a las oficiales en la elección de los órganos del

partido y en especial de la Comisión ejecutiva. A su éxito han coadyuvado las rencillas internas y la

indecisión de algunas personalidades que no han sido capaces de estar a la altura de las circunstancias y

cuya posición queda notablemente debilitada tras el Congreso.

El resultado ha sido una Comisión ejecutiva cuyas seis séptimas partes quedan asignadas en función de

las situaciones previamente institucionalizadas de las personas que a ella acceden. Así se han incluido a

diecisiete ministros, a nueve de los diez miembros del anterior Secretariado Técnico —la exclusión de

Guillermo Medina, un hombre que ha trabajado con singular dedicación al partido, es uno de los detalles

menos elegantes del Congreso—, a los presidentes de las dos Cámaras y a los portavoces de los dos

grupos parlamentarlos. Incluso los cinco puestos restantes han sido atribuidos más en función de cuotas

predeterminadas que de la propia valía y representatividad de los agraciados: aeí se ha elegido a un

madrileño (José Luis Alvarez), un catalán (Carlos Sentís), un democristiano (Oscar Alzaga). un liberal

(Ignacio Camuñas) y un socialdemócrata (Luis González Seara).

Es una lastima que haya existido tanto miedo a la confrontación, porque al partido le tocará arrastrar

ahora durante dos años el enorme lastre de una élite directiva falseada. ¿Qué significación podrán arro

garse los señores Otero Novas y Lamo de Espinosa, por poner dos ejemplos claros, para seguir en la

Ejecutiva del partido cuando pasado mañana dejen de ser ministros?

D DE LA APOTEOSIS DE ADOLFO SUÁREZ

Elogiado por personalidades de la solvencia y significación de Mrs. Thatcher, Gaston Thorn y Freitas do

Amaral; aclamado Insistentemente por la totalidad de los compromisarios; vitoreado con gracejo por

algunos de los congresistas más ocurrentes, Adolfo Suárez vivió ayer por la tarde la única apoteosis que

hace cinco años jamás podría soñar que le tonaría protagonizar: la de líder de uno de esas complejos y

endiablados engranajes de intrigas, ambiciones e Ilusiones llamados partidos políticos.

Las expectativas despertadas en tomo a su discurso de clausura habían sido muchas, y aún alcanzaron una

cota mayor cuando al comienzo del mismo advirtió que hablaría «exclusivamente» como presidente de la

U. C. D. La decepción fue tal vez por eso mayor cuando los 33 folios de su parlamento fueron

sucediéndose, uno tras uno. vacíos de contenido y plenos de lugares comunes sobre los aspectos

indiscutiblemente meritorios d« su labor de gobierno. En conjunto, el discurso más parecía el de uno de

los invitados extranjeros, obligados a prodigar las cortesías y evitar las cuestiones espinosas, que el de

quien se encuentra en el trance de formular una oferta política concreta y alternativa a la de los demás

partidos.

Adolfo Suárez consiguió contagiar su vitalidad, su calor humano y su audacia a las tres mil personas que

abarrotaban el Palacio de Exposiciones. Los electores de U. C. D. que en cualquier rincón del país lean

esta mañana su discurso no encontrarán, sin embargo, en el mismo ningún motivo de reafirmación en las

soluciones tantas veces intuidas para los problemas reales que modelan su vida cotidiana, ni ningún

motivo de apaciguamiento ante el retablo de Incertldumbres posconstitucionales que de ellos se

desprenden. Nada tiene de extraña esta dácotomía, pues así es como ha venido siendo desde el 15 de

junio. La gran diferencia estriba en que a partir de este fin de semana el partido —entendido como

comunidad de votantes, afiliados y dirigentes— ha comenzado a rodar, y ni siquiera su presidente va a ser

capaz de frenarlo.—Pedro J. RAMÍREZ.

 

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