Autor: Semprún, Alfredo. 
 En la calle de Claudio Coello. 
 Asesinado un magistrado del Tribunal Supremo  :   
 Los terroristas arrojaron contra los viandantes dos granadas de mano, que no llegaron a estallar. 
 ABC.    07/11/1978.  Página: 1, 5. Páginas: 2. Párrafos: 24. 

EN LA CALLE DE CLAUDIO COELLO DEL TRIBUNAL SUPREMO

LOS AUTORES, UN POSIBLE COMANDO DE E. T. A. MILITAR

Los terroristas arrojaron contra los viandantes dos granadas de mano, que no llegaron a estallar

LOS restos mortales del magistrado de! Tribunal Supremo José Francisco Mateu Cánoves, asesinado

ayer en Madrid, serán conducidos, a las doce de la maña- na de hoy, desde el Palacio de Justicia —

donde se instaló !a capilla ardiente— al cementerio de la Almudcna, para recibir cristiana sepultura.

Antes del entierro, a las once de la mañana, se oficiará un funeral en el Palacio de Justicia, con asistencia

de magistrados, jueces, abogados y funcionarios de la Administración de Justicia. El magistrado del

Tribuna! Supremo don José Francisco Matéu fue asesinado a las diez menos veinte de la mañana de

ayer, momentos después de salir de su domicilio. Frente al número 130 de la calle Claudio Coello,

dos individuos se acercaron a él y le dispararon repetidas veces, ocasionándole la muerte.

PERO si es Jose Francisco ¡Dios mío, le han asesinado! E, inmediatamente, la señera testigo forzoso del

atentado, salió corriendo en dirección a la calle de María de Molina, sin duda, para dar cuenta a la esposa

de don José Francisco Mateu Cánoves, magistrado suplente de la Sala Sexta del Tribunal Supremo,

brutalmente asesinado por dos terroristas jóvenes que le ametrallaron por la espalda, cuando, por la calle

de Claudio Coello, a la altura del edificio número 130, se dirigía, desde su casa, según su costumbre,

dando un paseo, a ,1a plaza de las Salesas.

Una doméstica, que presta sus servicios en una casa próxima al lugar del asesinato, fue testigo presencial.

Se aviene a relatarnos cuanto vio y oyó, aterrorizada, previa nuestra promesa formal de no facilitar ni su

nombre ni sus señas personales...

—Serían las diez y cuarto o las diez y veinte de la mañana. Yo volvía a casa después de comprar el pan.

El señor nue se han llevado herido íen esos momentos aún nadie, en la calle de Claudio Coello, teníamos

la seguridad sobre la muerte del señor Mateu) me adelantó por mi misma acera. No era la primera vez que

me había cruzado con él a estas horas. Era un un hombre de muy buena facha y siempre me fijaba en él...

Por eso le recuerdo.

—Siga, por favor, cuéntenos lo sucedido.

—Pues, así de pronto que yo recuerde... Todo ha pasado tan rápido. Vi como dos .jóvenes se precipitaban

sobre él y oí muchos disparos seguidos. Instintivamente me amparé en el quicio de este escaparate —nos

señala el de una tienda establecida, próxima al número 132 de la calle Claudio Coello—, y empecé a

chillar, muerta de miedo, apretándome los oídos para no oír los disparos,..

—Pero... ¿Quién y con qué disparaban?

—¡Pues los dos chavales! Porque eran muy jóvenes, ¿sabe usted? Uno llevaba una metralleta y el otro

una pistola. La metralleta la llevaba colgada del cuello y se-mitapada por e] anorak rojo, el que se montó

en la moto primero...

—¿En la moto?

—Bueno, en esas motos pequeñas de color rojo que utilizan los chavales y las chávalas, que no sé cómo

se llaman...

—¿Una motocicleta? ¿Una «vespino»? ¿Recuerda usted cómo eran? ¿Cómo iban vestidos?

-—Eso, una «vespino». Sí, ya que los vi de frente cuando se fueron a por las motos. Uno llevaba un

anorak rojo y otro un anorak azul. El del anorak azul traía una pistola en la mano. Estaba tan nervioso que

no acertaba a poner la moto en marcha, y al oír cómo la gente empezaba a chillar y a llamarle asesino,

sacó unas bombas de su bolsillo «kanguro» y tiró una hacia una acera y otra al otro lado... Entonces todos

nos tiramos al suelo; bueno, yo me arrodillé y me tapé la cara con los brazos apretujándome contra el

escaparate. Oí cómo las motos salían corriendo y vi cómo las bombas no estallaban. Me atreví a mirar

hacia atrás, les vi torcer por la calle de María de Molina hacia arriba, a toda velocidad...

—¿Qué ocurrió entonces?

—Luego, todos nns acercamos al herido. Pero enseguidita vino un policía de uniforme y nos separó de él,

rogándonos que no nos moviéramos mucho y mirásemos bien lo que pisábamos, e incluso, al enterarse de

lo de las bombas, nos aconsejó que nos refugiáramos en los portales hasta que llegara no sé qué servicio...

Y luego, él sólo, se arrodilló cerca del herido. Yo vi, desde mi portal, cómo primero le tomaba el pulso y

luego aproximaba su oído al pecho del señor. Hizo un gesto como si ya estuviera muerto.

Este es el relato de los hechos, que han confirmado, con mayor o menor coincidencia, todos los demás

testigos presenciales.

Los dos asesinos, uno con barba v gafas oscuras y otro de aspecto más normal, de talla mediana ambos,

habían vaciado los cargadores de sus armas sobre la espalda y la cabeza de su víctima, a la que, sin duda,

debían venir siguiendo los pasos desde tiempo atrás. Numerosos casquillos del 9 milímetros largo, marcas

F. N. y Geko, fueron recogidos por los policías en el lugar de los hechos. Incluso una bala de plomo —

que por las trazas había atravesado el cuerpo del señor Mateu— fue localizada por los expertos policiales

al pie del muro del edificio de la calle de Claudio Coello, 132.

Cuando llegamos al lugar del atentado hacía ya varios minutos que el señor Mateu había sido trasladado a

la Ciudad Sanitaria La Paz. Su esposa, doña Maria Victori, avisada por su amiga, no llegó a ver el cuerpo

ensangrentado de su esposo, desplomado sobre la acera y recostado sobre uno de los coches allí

aparcados, en cuyas puertas se apreciaban aún grandes manchas de sangre. Acompañada por uno de sus

siete hijos y por otros familiares, salió rápidamente hacia La Paz.

Aunque parezca precipitado pensar en la autoría de este nuevo y significativo atentado, cometido en la

calle de Claudio Coello casi cinco años después d« la muerte de Carrero Blanco, en medios próximos a la

Dirección General de Seguridad no se descarta la posibilidad de que el mismo haya sido llevado a cabo

por un comando «ilegal» de E. T. A.-militar. El tipo de munición empleada. lo «estudiado» o

planificación del crimen y la casi segura intervención de otros dos caches con «gente de apoyo» (uno

habría interrumpido la circulación, sincronizadamente con los hechos, en la calle de María de Molina,

entre Serrano y Claudio Coello, a fin de facilitar la huida a loa dos pistoleros motorizados) y otro, se

supone, habría recogido a los asesinos en un lugar no muy alejado del escenario del asesinato, obligan a

pensar en la habitual minuciosidad que en este tipo de atentados aplican los asesinos «etarras*.

Respecto de éstos, se supone que algún comando suyo se encuentra nuevamente «achupinado»

(escondido) en uno o varios pisos francos aquí", en Madrid, a la espera de cumplir «misiones» que tienen

encomendadas concretamente durante este tiempo anterior al referendum.

Cuando llegamos a los servicios de urgencia de La Faz tan sólo se nos pudo informar en ellos sobre el

parte médico, firmado por el doctor Suárez Miquélez. El facultativo «lamenta tener que informar al señor

juez de Instrucción de guardia en Madrid que don José Francisco Mateu Cánoves. nacido el 8 de agosto

de 1920, en Burjasot (Valencia), ingresó cadáver en los citados servicios, presentando numerosísimas

heridas de bala que afectan el hemitórax y brazo derecho, fosa ilíaca Izquierda, base del cuello y cráneo,

en la región parietotemporal derecha e izquierda.»

Del conserje herido en el pie, nadie sabe nada. Al parecer, fue una rozadura, y la Policía ha requerido su

ayuda como testigo, trasladándole a la Dirección General de Seguridad, en el mismo coche-patrulla

utilizado para llevar a La Paz a las dos víctimas del atentado.

En los servicios mortuorios del citado centro sanitario, en una de cuyas salas fue instalado el cuerpo ya

sin vida del que fuera presidente del Tribunal de Orden Público, se cerró el paso a los informadores de

Prensa. Cuando el cadáver del señor Mateu. por disposición del juez de guardia, fue nuevamente

trasladado, tras realizársele varias radiografías mediante un aparato portátil, para localizar primero y

extraer después las numerosas balas que llevaba alojadas (en la espalda, brazo y cabeza). la familia

abandonó el lugar a fin de reintegrarse a sus domicilios.

Previamente, y una vez que el ministro de Justicia y la representación del Tribunal Supremo llegaron al

acuerdo sobre el lugar donde habría de instalarse la capilla ardiente y sobre la celebración «abierta» o

«restringida» —la segunda opción fue I» «ue el ministro trató de mantener— del correspondiente funeral,

se decidió aue el traslado del cadáver se efectuara a las tres de la tarde.- Alfredo SEMPRUN.

 

< Volver