Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La carga de los federales     
 
 ABC.    09/05/1978.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

La carga de los federales

Cuatro diputados federalistas —dos catalanes, un vasco y un aragonés— cargaron ayer, con diversos

ardores en la embestida, contra el texto constitucional. La Mesa del Congreso y la de la Comisión han

querido salvar un exquisito escrúpulo parlamentario y han permitido la intervención, en este debate de los

grandes prólogos, a los representantes de cualquier fuerza política, aunque su exiguo número no les haya

permitido formar un grupo parlamentario Identificado. Todas las voces del Parlamento, incluso aquellas

más personales y menos acompañadas, han podido ser oídas en el gran debate constituyente. Y así

pudimos escuchar a don Antón Canyellas, de la Unió del Centre i de la Democracia Cristiana de

Catalunya; a don Heribert Barrera, de Esquerra Republicana de Catalunya; a don Francisco Letamendia,

de Euzkadiko Ezkerra, y a don Emilio Gastón Sanz, del Partido Socialista de Aragón.

Barrunto que algunas de esas voces, especialmente las de los señores Barrera y Letamendia, están

destinadas no ya a la minoría, sino a la soledad casi absoluta; tan radicales fueron sus planteamientos y

tan desorbitadas sus peticiones. Esto no es ningún secreto, ni siquiera para ellos mismos, porque ambos

mostraron de antemano su desconfianza en que la Comisión pueda considerar sus solicitudes, aunque los

dos dejaron deslizar ciertas advertencias que. en algún momento, pudieran tener algún ribete de amenaza.

«Nada de bueno ni de durable podrá hacerse en España si los catalanes quedan resentidos y se sienten,

una vez más, discriminados y defraudados», afirmó el señor Barrera. «Cuando un pueblo tiene hijos

dispuestos a dar su vida por él, ningún obstáculo del mundo puede impedir su definitiva libertad», avisó

patéticamente el señor Letamendia.

Graves discursos, graves palabras escuchamos ayer tarde en el Palacio del Congreso. «Yo creo, con todos

los respetos para los que tienen una opinión diferente, que es absolutamente erróneo aplicar a España los

conceptos de nación y de patria», afirmaba el señor Barrera. Y agregaba después: «Si España no es una

nación, tampoco es una patria. Como dijo un gran catalán de tendencia conservadora, Enric Prat de la

Riba, patria no se tiene nada más que una, y para nosotros, catalanes, la única patria es Catalunya.»

«Mientras estoy hablando —afirmaba después el señor Letamendia—, muchos de vosotros estaréis

pensando que mi opción sería la de la independencia. Y estáis en lo cierto. Yo abogo por la independencia

de la nación vasca. E insisto en la palabra; pues, como podré desarrollar en otro momento del debate,

Euzkadi no es para nosotros una región ni una nacionalidad; es una nación. Y es una nación dividida en

dos mitades: la que se encuentra en el Estado español, Euzkadi Sur, y la que está en el Estado francés,

Euzkadi Norte,»

Precisamente porque se trata de afirmaciones de largo alcance y —aunque no entremos a juzgarlas

ahora— de indudable responsabilidad histórica, he querido recogerlas escrupulosamente en la literalidad

con que fueron pronunciadas. Bien es verdad que e] señor Letamendia, más adelante, logró confundir

algo a sus oyentes al afirmar que «nosotros consideramos consustancial la Independencia con el

socialismo, y por ello es tan radicalmente falsa la calumnia que la burguesía ha alzado contra nosotros,

identificando independencia con separatismo».

El señor Letamendia arremete contra la Iglesia: «Intentaremos contrarrestar con vosotros la presión que

ha ejercido sobre la Ponencia uno de los poderes fácticos más poderosos del Estado: la jerarquía

eclesiástica.» El señor Letamendia arremete contra el Ejército: «El Ejército, como cualquier otro sector de

la Administración, es un agente del Estado, y como tal no tiene más misión que obedecerlo. Su constancia

en un lugar tan relevante de la Constitución, que no ha sido enmendada por ninguno de los grupos

parlamentarios, nos parece revelador de un generalizado temor reverencial de todas las fuerzas políticas

hacia él.» El señor Letamendia arremete contra la Monarquía, porque «Juan Carlos no ha sido elegido por

el pueblo español.» El señor Letamendia arremete contra España. El señor Letamendia arremete contra la

Constitución. El señor Letamendia llegó ayer tarde al Palacio del Congreso dispuesto a no dejar títere con

cabeza. El señor Letamendia habla de los «dos siglos de centralismo jacobino» del Estado español y del

Estado francés. El señor Letamendia habla del rechazo del hombre de Euzkadi a las fuerzas del orden.

«Vosotros podéis pensar, desdé este Palacio de la Carrera de San Jerónimo, que la actitud del hombre de

la calle de Euzkadi hacia esas fuerzas ha cambiado desde el 15 de junio; pues bien, yo, que vivo allí, os

digo que no, que sigue siendo la misma.» El señor Letamendia dice que él habla en nombre de los que no

tienen voz en el Parlamento. Y es que el pueblo ha elegido sus voces. La del señor Letamendia es la única

que resultó elegida por su partido.

El señor Gastón, aragonés, también federalista y también republicano, se mostró, sin embargo, más

moderado en su intervención. Pidió una Constitución «de goma y no de hierro», con la que pueda

gobernar tanto el capitalismo como el socialismo. Y solicitó que las autonomías no se resuelvan en que

unas regiones o nacionalidades ricas colonicen a otras regiones, dividiendo España en regiones ricas y

regiones colonizadas.

El señor Barrera dijo que los políticos catalanes tenían dos lenguajes. No se refería al español y al catalán,

que habría dicho lenguas, sino al que esos políticos empleaban en Madrid (suave y plagado de

eufemismos) y al que usaban en Barcelona (rotundo y fuerte). NO suave y eufemístico, sino moderado en

la expresión y conciliador en los conceptos, se mostró don Antón Canyellas. Aceptó en principio el texto

constitucional, aunque sin renunciar a defender el federalismo por vía legal, con la esperanza de que esa

idea triunfará un día en España. Se declaró contrario al aborto y a la pena de muerte. «Cuando se afirma

que toda persona tiene derecho a la vida, debería matizarse que este derecho pertenece incluso a aquellos

que han sido concebidos pero no han nacido aún.»

Bien. Cuando la Constitución nazca, nadie podrá decir que su alumbramiento no ha ido precedido de un

debate libérrimo, dentro y fuera del Parlamento. Nadie podrá decir que la ha hecho media España contra

la otra media, o sin oír todas las voces de España. Ayer se oyeron Incluso aquellas voces que no quieren

ser España—Jaime CAMPMANY.

 

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