Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El pecado original     
 
 ABC.    04/03/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

El pecado original

LOS dioses de la democracia parlamentaria tienen señalado cuál es el árbol de la fruta prohibida. No se

puede hurtar la política al debate en el Parlamento. Ese debate hay que celebrarlo allí, en el hemiciclo,

con luz y con taquígrafos. Siempre habrá hornos donde se cuezan pásteles políticos, porque este es viejo

achaque de la política, seguramente incurable. Pero dejando aparte algunos pecadillos de connivencias

inconfesables, las actitudes de los partidos ante los grandes problemas del país, en los pactos, en las

negociaciones y en las querellas, deben ser defendidas o justificadas ante et Parlamento; es decir, ante el

país.

Un día el Gobierno tomó la manzana prohibida y la dio a morder a los partidos. Y los partidos la

mordieron. Don Adolfo Suárez se llevó a los líderes al huerto de la Mohcloa. Y nacieron los pactos del

mismo nombre, que después pasaron por el Parlamento sin que los padres ni los hijos de la patria nos

enteráramos de nada. Muchos de nosotros nos emocionamos con el acuerdo, porque un pacto así, sobre

temas tan graves y urgentes, entre todas las fuerzas políticas, parecía algo imposible de alcanzar y abría

un ancho horizonte al optimismo y a la esperanza. Después nos hemos ido dando cuenta de que aquello

no fue un consenso´ transparente, en el que todos supiéramos lo que nuestros representantes políticos

habían salvado para nosotros y lo que habían cedido en nuestro nombre. Aquello parecía cada vez más

una cama política redonda de la cual todos empezaban à querer bajarse para no ser sorprendidos en

posturas incómodas, desairadas o vergonzantes.

En el Pleno del miércoles en el Congreso quedó de manifiesto que los pactos de la Moncloa habían

nacido con ese pecado original: el pecado del tapadillo y la cuchipanda. Todos los partidos querían —al

encontrarse con una crisis ministerial cnyo sentido no estaba claro y nadie explicaba satisfactoriamente—

que el Gobierno adquiriera el compromiso público de cumplir los pactos, y cada cual intentaba asegurarse

de que se iba a salvar de la cuerna aquello que se le había dado en compensación a. los sacrificios

ofrecidos. Y participar en su desarrollo o, al menos, en su vigilancia. Es decir, la luz y los taquígrafos. Y

el hemiciclo como escenario.

Don Santiago Carrillo afirmó sin eufemismos que los pactos no se cumplían plenamente. Es necesario

establecer un sistema para que todos los firmantes intervengan en la aplicación de los acuerdos. Sin ese

sistema no habrá apoyo ni consenso. «Todos bemos firmado los pactos, pero sólo es uno el que los

aplica.» Podría parecer que don Santiago Carrillo, después de defender tan tercamente la idea de un

Gobierno de concentración nacional, se replegaba a una especie de Comité de Vigilancia del Gobierno.

Veamos lo que dijeron otros oradores menos sospechosos en este asunto.

Don Felipe González argumentaba que si el Gobierno se dispone a cumplir los Acuerdos de la Moncloa,

se hace más difícil la comprensión de una remodelación gubernamental que más parece un nuevo

Gobierno. Don Joan Reventós dijo escuetamente que al Parlamento corresponde el control y la exigencia

del cumplimiento de los acuerdos. Don Jordi Pujol pidió un debate serio T no improvisado sobre lo que se

ha cumplida de los acuerdos y las dificultades que han impedido el cumplimiento de algunos de sua

puntos.

Don Manuel Fraga fue aún más explícito. En la Moncloa no se firmó un «pacto social», sino un pacto

político. Algunos partidos, entre ellos Alianza Popular, habían solicitado la presencia de Iws

representantes de los empresarios y de los trabajadores para tratar de obtener un verdadero «pacto social».

Necesitamos un pacto político, económico, social y administrativo para salir de esta situación de «hombre

enfermo de Europa» de quien todos se aprovechan: en Europa y hasta en África. E! señor Tierno Galván

advirtió al Gobierno de que no se puede invocar continuamente la «razón de Estado» para solicitar el

apoyo al Gobierno. El Parlamento se ha percatado —dijo— de que tiene que discutir los acontecimientos

que están detrás de la crisis.

Ningún representante de U. C. D. pidió información al Gobierno. Es natural; U.C.D. es el "partido

gubernamental. Pero si hubiéramos preguntado, uno a uno y con compromiso de discreción, a los

diputados centristas, habrían sido muchos los que hubiesen dado una opinión ideática o semejante. El

silencio que subrayó las insuficientes explicaciones del señor Abril Martorell fue bastante elocuente.

En resumen, que en abril habrá que discutir en el Parlamento, que es donde se discute y debate el tema

político, lo qu« se podía y debía haber discutido y debatido hace cinco meses. Y que ahora ese debate será

más espinoso e intrincado que el de entonces. Ahora se abre, inevitablemente, una nueva ocasión, y esta

vez pública, para asirse a interpretaciones parciales de los textos acordados. En realidad se abre un nuevo

debate que amenaza con hacer de tos Acuerdos de la Moncloa un legajo de papel mojado. Por si esto

fuera poco, los Interlocutores del Gobierno han cambiado. Ya no será el profesor Fuentes Quintana quien

defienda el plan económico, NI el señor Oliart quien pueda esclarecer el sentido del Plan energético. Ni el

señor Jiménez de Parga quien Interprete los aspectos laborales. Ni el señor Martínez de Genique quien

hable de los problemas y soluciones para el campo. Mal asunto. El Gobierno anda metido en un laberinto.

En un laberinto que está dentro de otro laberinto. Demasiado difícil todo. En una situación parlamentaría

normal la sesión del miércoles en el Congreso habría terminado con la dimisión del Jefe del Gobierno.

Pero, además, es que el Jefe del Gobierno no estaba. Quizá andaba metido en el quebradero de cabeza de

las Canarias, o en el de las elecciones municipales, o en el de las relaciones con los países del Este. O

encaramado a la columna de Peridis. Y hay ocasiones en que el jefe del Gobierno en un sistema

parlamentario, o está sentado a la cabecera del banco azul o está ya, tranquilamente, çn su casa.—Jaime

CAMPMANY".

 

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