Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La vuelta al consenso     
 
 ABC.    26/09/1978.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

La vuelta al consenso

SABRÁS por la presente, querido lector y elector, que el partido del Gobierno, o sea, la U. C. D., no sabe

si hay que meter a Dios o no hay que meter a Dios dentro de la Constitución. Hasta ahora, los debates

constitucionales se limitaban a disputar acerca de si había o no había que meter en la Constitución el

término «nacionalidades», o el término «español» o «castellano» pava denominar nuestro idioma, o los

«derechos históricos» de los territorios forales, o la indivisible unidad de España. Todos estos asuntos y

otros más que han entretenido largamente la atención de los padres de la patria —o de los padres de las

patrias, porque hay diputados y senadores que en esta categoría de paternidad aspiran a la familia

numerosa— son cosas de tejas para abajo. Pero como ya nos ensenó Santa Teresa de Jesús que Dios

también anda entre los pucheros, no iba a dejar de andar un rato entre los artículos. Y de pronto el Pleno

del Senado se ha convertido en Sala de Concilio Ecuménico.

El senador soriano don Fidel Carazo ha tomado en sus manos la luz de Trento y ha presentado y

defendido un voto particular al artículo primero de la Constitución para meter en ella a Dios. Ya se sabe

que en este país hay siempre algún católico a machamartillo que no se conforma con creer que Dios está

en todas partes, sino que además quiere meterlo en todos los sitios. Y sobre todo, en nuestras disputas

humanas, esas que la propia Iglesia —aunque algunas veces a regañadientes— deje a la libre discusión de

los hombres. Uno escuchaba los argumentos del señor Carazo y sentía estremecerse las pocas teologías y

las pocas políticas que intentaron enseñarle en 1a Tniversidad. Dios nos empujó a la Reconquista, Dios

nos empujó al descubrimiento de América —argüía el señor Carazo—, y Dios nos empuja a la

democracia. «Sin Dios —vociferaba con oratoria infamada el señor Carazo— no sería posible la

democracia.» ¡Toma! Para un creyente, sin Dios no es posible la democracia, ni la dictadura, ni

Numancia. ni ese bello paraje soriano por donde el Duero «traza su curva de ballesta», ni siquiera el

propio señor Carazo, ni tampoco don Fernando Abril, artífice del consenso constitucional, y a quien me

gusta llamar con el cariñoso sohrenomlire. de don Fernando el Caótico y que por cierto estaba allí, en la

semicabecera del banco azul. Pero eso tampoco quiere decir que tengamos que hacer una Constitución

con vocación de catecismo del padre Ripalda, ni que haya que empezar el poema constitucional con aquel

verso inicial del famosísimo canto de Gonzalo de Berceo, padre del castellano, o del español, o como

ustedes y don Camilo José Cela quieran llamar a esta jerga con la que ahora intentamos entendernos: «En

el sant nom de Dios que fizo toda cosa...»

Tampoco pasaría nada si en el pórtico de la Constitución de un país religioso se incluyera una referencia a

Dios, y algunos ejemplos hay por esos mundos de El. Pero tampoco el tema es el de meter o no meter a

Dios en los artículos de la Constitución, que algunos hay donde quizás algunos puedan verle y otros

donde parece haberse quedado fuera, sino en poner o no poner su nombre, Y en ese tema creo que se

puede y se debe tener un criterio formado, y habría que decir: que sí o que no, como Cristo nos enseña.

Cuatro señores senadores, incluido el señor Carazo, estimaron que debía citarse el nombre de Dios. Otros

estimaban que no. Pero el partido del Gobierno no sabía qué hacer. Es posible que esto no deba maravillar

a nadie, porque tamnoco sabe qué hacer en otras cuestiones de menor trascendencia, pero el raso es que

los senadores ucedístas se abstuvieron a la hora de votar la proposición tan desgraciadamente defendida

por don Fidel Carazo, como si se hubiesen constituido en una legión de ángeles neutrales. Don Luis

González Seara se puso en pie en el momento en que el señor presidente, don Antonio Fontán, pidió votos

en contra; pero volvió a sentarse cuando comprobó que sus compañeros de partido se quedaban

sentaditos, como serafines musicantes tocando el violón del limbo parlamentario.

La primera sesión constitucional del Pleno de la Cámara Alta había empezado con un nuevo paréntesis de

silencio entre las letras de la Constitución. Nuevamente el Parlamento se queda mudo y sin voz en el

único homenaje que se le ocurre dedicar a las víctimas del terrorismo. En esta Constitución son más

dolorosos los silencios que los debates. Y prosiguió con una proposición singular. El senador señor

Xirinacs ha presentado casi ciento cincuenta enmien. das al texto constitucional. Cincuenta páginas del

volumen que recoge los votos particulares ha necesitado él sólito. La verdad es que e! inclasificable

senador Xirinacs no presentaba enmiendas a una Constitución, sino que presentaba y defendía una

Constitución nueva: la constitución de una república confederal que permitiera darse otras tantas

constituciones a_ los diversos pueblos de España, o mejor dicho, del Estado esnañol, porque —según el

señor Xirinacs— España no es una nación. Es sólo un Estado. La república confederada del señor

Xirinacs obtuvo sólo dos votos a favor. No son pocos. Al fin y al cabo, la mitad de los que había obtenido

Dios.

Cuando empezaron las votaciones sobre el artículo primero, se vio claramente que ucedistas y socialistas

se habían dedicado con eficacia a la búsqueda del consenso perdido. El consenso hubo de sacrificar ante

el altar de la hecatombe —en el sentido etimológico de la palabra— a don Camilo José Cela. Los

socialistas presentaron una enmienda «in voce» que no fue admitida a debate en la Comisión

Constitucional por razones de procedimiento y que propugnaba el regreso al texto enviado por el

Congreso de Diputados, dejando borrada la enmienda que ganó en la Comisión el señor Cela. El senador

señor Sainz de Varanda llamó a Cela «ilustre humorista», apelativo que a nadie se le ocurrió usar para

referirse a don Fidel Carazo o a don Luis María Xirinacs, pongo por ejemplos. O sea, oue lo único que el

Pleno del Senado ha modificado en el articulo primero de la Constitución es la modificación introducida

por el mismo Senado en la Comisión Constitucional. El texto enviado por el Congreso quedaba así

respetado y se restañaba el primer arañazo que la obsesión semántica del señor Cela había dado ai famoso

consenso.

Los demás oradores enmendantes predicaron en desierto. Ni las razones de don Carlos Ollero ni los

argumentos de don Julián Marías iban a tener buen éxito. De antemano, estaban condenados al fracaso. El

consenso requiere que no se mueva ni una coma. Y ni la monarquía puede ser llamada constitucional en la

Constitución, ademas de parlamentaria, ni a fas nacionalidades se les puede llamar países, ni se puede

alterar el orden de los adjetivos para tranquilidad de la Gramática. En algo tenía razón don Fidel Carazo,

y es en decir que «este mundo es un lío». Lo que sucede es que en otros líos más gordos podríamos estar

metidos. Así que vamos a saludar ron esperanza estos pequeños líos que se hace la Constitución. Y que

Dios nos ayude a escribir derecho nuestra historia futura, aunque sea con algunos renglones torcidos.—

Jaime CAMPMANY.

 

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