Autor: Álvarez Álvarez, Carlos Luis (CÁNDIDO) (ARTURO). 
   De ayer a hoy     
 
 ABC.    09/06/1976.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

IX^OMET

VA a haber sindicatos de obreros libres. La redundancia (no llega a tautología) estriba en que los sindicatos libres siempre son de obreros. Insisto en que este es el momento de plantearse el lenguaje como otra crisis. Sindicatos libres quiere decii sindicatos independientes y autónomos, pero no aparte. Unos sindicatos al margen de la influencia de los partidos indica, sf pensamos objetivamente, que ios sindicatos se politizarán en la dirección que marcan las dos flechas sustanciales de la reivindicación y el consumo, o sea, en la dirección de los partidos de izquierda. Para esto no hace falta ninguna politización previa, ya que nace de la misma entraña dialéctica del proceso sindical. Lo «posrevolucionario» del sindicalismo sólo es concebible en una sociedad científicamente socialista, donde el poder sindical equivalente al poder del Estado, o más bien el Estado mismo, se ocuparía exclusivamente de la producción y del reparto de la producción. Pero eso ya no sería sindicalismo que necesita ser un fruto a la contra del capitalismo. De modo que lo «revolucionario» del Movimiento sindical es justamente el antivirus (la «antipeste», diría yo) de cualquier situación totalitaria. Esto es lo que nunca han llegado a comprender los Sindicatos Verticales, cuya doctrina de la concentración política (aparte de la concentración de dirección y gestión) priva de verdadera capacidad ¡impugnadora a los obreros.

I A moderación, como táctica poli-tica, fue un error de Pompidou, obligado a vivir simultáneamente el doble papel de Prometeo: como robador del fuego divino, y como encadenado a la roca del Cáucaso. De alguna manera también él quiso ser un Cánovas y también trató de sacar adelante formas originales de un Régimen que en modo alguno admitía continuidad. A fuerza de moderación hipostasió sus ideas democráticas con un continuismo borroso que al fin no contentó a nadie. La atracción moral que ejerce la palabra «moderación» no puede engañarnos a la hora de establecer el concepto de la prudencia política. (Si quieren traigo de testigo a Saavedra Fajardo.) Pienso, además, que el obstáculo más serio que se opone a la prudencia política es la ambigüed

SIENDO yo un niño, oí a Raimundo Fernández-Cuesta en la cuenca minera de Asturias, y muchos años después en Valladolid. Escribí una crónica, entonces. Recuerdo que era un día gris, y la luz creaba entre las nubas esas fulgencias que vemos en los grabados de Alberto Durero. Le he visto ahora defender su enmienda en las Cortes. Lo ha hecho con una fuerza, que evidentemente extraía de su conciencia, más que de su cuerpo. Yo respeto a este hombre, coherente y nítido, cuya intransigencia doctrinal es infinitamente más admirable que la transigencia que llamaríamos reglamentaria. La situación, ejemplarmente patética, me conmovió.—CANDIDO.

 

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