Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Vamos a contar mentiras     
 
 ABC.    29/08/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

VAMOS A CONTAR MENTIRAS

EL verano permite muchas licencias, excepto a los veinticinco forzados de la Comisión Constitucional,

pilotados con guante de seda sobre manopla de hierro por ese extraordinario personaje que se llama José

Federico de Carvajal. Pero esas licencias no deberían permitir trasladar a ciertas páginas de información

las secciones de humor e incluso los jeroglíficos con solución al revés. Entre la abnegada labor, casi

siempre certera, de mis colegas d« la Prensa, se han deslizado este verano algunas noticias o. según los

casos, algunos silencios, que merecen el título del actual trabajillo; como demostraré a continuación, con

permiso de mi amiga Pilar Urbano que parece decidida a que este verano informativo se recuerde, gracias

a sus sorpresas e incluso a sus sustos, como el verano de Pilar. (Y que conste que el título no se refiere a

ella, sólo la admiración.) ,

Hay que empezar con las dimisiones de don Francisco, frase con la que estuve a punto de titularles esto.

Eran las vísperas de la Constitución en el Senado cuando se reunía el grupo senatorial de U. C. D.; uno de

los conjuntos políticos más desconocidos e interesantes de la nueva época. Las reuniones fueron dos. En

la primera compareció el ministro de Hacienda, Francisco Fernández Ordonez. Algun» información y

alguna falsa filtración había enconado —se dijo—• el ambiente; pero yo no pude advertir enconamiento

alguno. La exposición del ministro sobre la Ley del Impuesto sobre ta Renta resultó magistral. Disipó

todos.los recelos; expuso desnudamente la necesidad de la ley; recomendó el voto favorable en nombre

del presidente. Se ausentó elegantemente para dejar al Grupo una plena libertad de voto. No formuló, ni

de lejos, la más mínima amenaza de dimisión: le sobra categoría para ello. El grupo debatió largamente

las razones del ministro, las sometió a votación y las aprobó por mavoria. Unas horas después todos los

discrepantes —que pudieron enviar la ley a Comisión con una simple ausencia— se presentaron en el

Pleno y votaron a favor de Ordóñez, cuya ley superó holgadamente la mayoría de dos tercios. Se cerraba

de esta forma un primer ciclo histórico de reforma, iniciado cuando el grupo aprobó la ley de medidas

urgentes, Algún insensato desbarró entonces y ahora sobre amenazas de dimisión por parte del ministro;

sobre posibles acuerdos coactivos entre el ministro y otros partidos, Francisco Fernández Ordonez es un

gran ministro; un reformador Que ha logrado lo que ninguno antes; pero es un ministro de U.C.D., y cerró

su último éxito con el apoyo total del grupo senatorial de U. C. D. y en Bombre del presidente. Si algún

turiferario quiere sacar las cosas de quicio perjudica al ministro mucho más que le ayuda; 7 nadie mejor

Que ej propio Ordóñez lo sabe.

En la misma sesión del Senado se enviaron a Comisión, tras votaciones favorables aue no llegaron a dos

tercios, dos leyes del ministro del Interior, Rodolfo Martín V i 11 a. Absurdamente, falsamente, alguien

escribió que el ministro había sido derrotado. Nada más lejos de la realidad; quizá alguien se contagió con

los ecos de aquel famoso pleno d« las mentiras. El ministro del Interior ganó todas las votaciones.

Preguntado por el Grupo, manifiesto que no reclamaba log dos tercios y que alguna de las leyes era

claramente nie.íorable. Laa leyes van a salir; ya terminó el plazo de enmiendas. Pero titular como derrota

lo que fueron Incidas votaciones favorables descalificaría a cualquier medio que admitiese tal desliz, si

hiciera menos calor.

Tras la* dimisiones de don Francisco; las derrotas de don Rodolfo quisiera decir algo sobre la salida de

don Torcuata y la entrada de don Manuel. Me afectó profundamente la decisión del señor Fernández-

Miranda cuando abandonó el grupo de U. C. D.; sentí casi como propia su desairada situación como

portavoz efímero del Grupa Mixto; me alivié un tanto cuando el duque dijo a 1a implacable Pilar que

tendría que adelantar la publicación de sus libros. En mi modestia periodística dedicaré un capítulo de mi

libro sobre la aventura constitucional en el Senado a la sesión que animó don Torcuato; le capté cada

gesto, cada frase, cada movimiento. Creo que sabré combinar, en ese capitulo, la sinceridad del cronista

con el afecto del discípulo y la intuición del historiador; porque Fernández-Miranda es parte de la ultima

historia de España, y creo que, a falta de detalles, 1e tengo ya bien situado en es!a historia.y me parece

que tan sugestiva figura tampoco resulta a veces demasiado favorecida por quienes pretenden halagarle;

seguramente quedará mejor en medio de las interpretaciones de Quienes sólo deseamos comprenderle. En

todo caso estoy seguro de que la salida de don Torcuato de las filas del Grupo ka sido mala noticia para el

Grupo; sólo que por razones diferentes a las 4u* quizá él mismo sospecha.

Y la entrada de don Manuel. Quien sospeche en don Manuel Iglesias Corral, fiscal de la República,

.jurista insigne, caballero sin tacha, y (a pesar de su edad} uno de nuestros más jóvenes parlamentarios (sv

alegato en el artículo s ubre Fundaciones despertó a la sala une, a las diez de la noche, estaba SDmida en

profundo sopor! ; quien sospeche —digo— la más mínima maniobra oportunista, no conoce ni a don

Manuel ni al Grupo. Yo siempre me he sentido segura en el Grupo, pero mucho más desde que don

Manuel Iglesias Corral nos acompaña. Justo cuando otros aficionados a contar mentiras entonaban el

réquiem de U. C. D. de la que todos se iban, llega don Manuel, y pronto llegarán —a los Grupos del

Senado y del Congreso— figuras no menos relevantes, que siento no poder anticipar aquí. Naturalmente

que la salida de don Torcuato nos descompuso on poco la fuerza del Grupo en las Comisiones; perdíamos

no miembro en cada una de ellas, que acaba de recuperarse —junto a un espléndido golpe de imagen—

con el ingreso del decano Iglesias Corral. Designar eso como maniobra es pueril; sólo fue. en todo caso,

una contramaniobra. Atribuir la operación al maquiavelismo del señor Abril —cuando el señor Abril se

limitó a aprobar, admirativamente, una decisión del Grupo— es no coriocer ni al señor Abril ni al Grupo.

En fin, me puse a escribir este artículo para hablarles a ustedes del portavoz del Grupos Antonio Jiménez

manco; personaje aue figura con toda m agilidad y toda su en_orme mano izquierda en muchas páginas de

mi libro sobre la Constitución en el Senado. Pero se me acaban el papel y el tiempo; «I president*

Carvajal agita ya la campanilla. Dejo al abogado granadino para el siguiente artículo, porque desde la

Mesa de la Comisión observo cosas que por lo visto no se advierten bien desde los escaños; y ustedes me

agradecerán que se las vaya contando. Por ejemplo, el consenso entre el Guadiana, el «ballet» y la

Historia; por ejemplo, el artículo 102; por ejemplo, la actuación admirable de los senadores militares. Por

ejemplo, lo que realmente está pasando en U. C. Di que esto se adivina desde den tro. Y la curiosa

dialéctica entre U. C. D. y la Nueva Mayoría, vista desde uno y otro lado. Todo se andará.—Ricardo DE

LA CIERVA.

 

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