Autor: Garrigues, Antonio. 
   Un signo de aliento y esperanza     
 
 ABC.    20/11/1976.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ABC. SÁBADO 20 BE NOVIEMBRE DE 1976. PAG. 4.

m SIGNO DE ALIENTO Y ESPERANZA

LOS profetas de desventuras de uno j otro sexo (sexo de derechas o sexo de izquierdas), los agoreros, los profesionales de la negatividad y de la «politique du pire», los que tienen ojos y no ven mas que la proyección de su propia imagen y su propia ambición, los que no sirven si no que se sirven de la política, han estado augurando que el régimen no podía, de sí mismo, transformarse, reconvertirse, dar paso, abrirse, a una nueva forma política. Que unas Cortes que emanaban de arriba, no de abajo, no cederían nunca, a favor del pueblo, una posición de privilegio.

Que los que defendían (defendíamos) la reforma por las vías constitucionales vigentes eran ignorantes o Husos, desconocedores del ser hispánico, de que el «penelopismo» del tejer y destejer era consustancial a la rara, que el «volver a empezar» era un sino, un «fatum» inherente e insoslayable para el hombre celtibérico.

Que esto llevaba a su vez consigo la necesaria defenestración política de todo el que hubiera tenido o tuviera al-

Por Antonio GARRIGUES

guna relación con «los mal llamados cuarenta años» del régimen de Franco. La soberanía tenia que pasar al pueblo español para que eligiera, con entera libertad, pero ´solamente entre los políticos no contaminados, fuese cual fuese la capacidad y el arraigo popular que tuvieran éstos, y salvo que hubieran hecho a tiempo confesión pública y satisfactoria de sus errores.

Desde otra posición igual y contraria tampoco se consideraba posible una reforma en profundidad por un problema ético-jurídico. Los Principios del Movimiento se habían declarado permanentes e inalterables por su propia naturaleza, de donde todas o cualquier modificación de los mismos venía a ser una transgresión de una super-iey que obligaba a todos los españoles de las generaciones presentes y futuras, hasta el fin de los tiempos. Este problema ético no suscitaba más que una, duda, pero una duda importantísima, como es la de saber qué principio moral o jurídico puede dar a un hombre el derecho de vincular a los demás hombres en tales condiciones. Es decir, la validez ético-jurídica de la declaración y definición por una voluntad personal, per respetable «u« fuera, de la permanencia e inalterabilidad de unos determinados principios constitucionales.

Pero lo «ue era imposible, visto desde estas opuestas perspectivas, lo h» hecho posible una votación masiva de las Cortes vigentes, abriendo la vía al referéndum, al sufragio directo del pueblo español, y a la convivencia de todos los españoles. los «buenos y los malos»

A este resultado tan alentador han contribuido varios factores. En primer término, la Monarquía. Ella ha sido el eje de giro Que ha hecho posible el procero de reforma. Sin la institución monárquica las cosas habrían seguido unos derroteros más inciertos e inseguros. En segundo término, la oposición no sectaria; sería injusto no reconocer el esfuerzo y el sacrificio de muchos españoles que han venido propiciando y luchando por fórmulas políticas que ahora han ganado, finalmente, el consenso incluso de los oponentes más obstinados. Paralelamente hay que reconocer la integridad moral de los que han defendido posiciones tradicionales desinteresadas y noblemente sentidas. (Los otros, los interesados, no merecen reconocimiento alguno.) Y para terminar, los dos Gobiernos de la Monarquía. El primero abriendo el camino de la reforma contra posiciones largamente establecidas, e incluso en-quistadas, que se amparaban en el carisma de la desaparición todavía tan reciente del Caudillo; el segundo, el actual, llevando triunfalmente a término el camino abierto y emprendido. Tanto los ministros procedentes del primer Gobierno, que conocieron y padecieron esos obstáculos tradicionales, com«i el brillante equipo joven incorporado, como la lograda madurez del primer vicepresidente, todos bajo el sorprendente liderazgo del presidente, merecen la gratitud de los españoles. Estas líneas no son más que el testimonio de ese sentimiento.—A. G.

 

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