Autor: LOS IMPARCIALES. 
   El país no puede esperar más     
 
 El Imparcial.    30/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

La tribuna de EL lMPARCIAL

EL PAÍS NO PUEDE ESPERAR MAS

DURANTE los últimos años del pasado régimen se habló largo y tendido —y dentro

de los cauces de

costumbre— de la mayoría silenciosa. Todos querían convertirse en sus

portavoces. Ahora de la mayoría

silenciosa nadie se ocupa, quizá porque, como se oyen tantas voces, parece

imposible pensar que alguien

permanezca callado. Y la verdad es que muchas personas continúan en silencio. Un

silencio que es fruto

del asombro y aun de la desolación, más que de falta de libertad y expresión.

España soporta días difíciles y rara es la mañana en que nuestro despertar no se

ve ensombrecido por la

noticia de una nueva calamidad. La mayoría silenciosa ha sido siempre confiada y

resignada, tal vez por

comodidad o por hábito. Sin embargo, esa mayoría ha ido perdiendo su confianza

para trocarla en

pesimismo, aunque conserve —eso sí— su resignación. Los resultados de las

elecciones del 15 de junio

fueron esclarecedores. La gente votó la moderación, encarnada en las imágenes de

dos hombres jóvenes

y dotados de un evidente atractivo personal que hizo a muchos suponerles

categoría política. Adolfo

Suárez había traído a España la democracia y, pese a los momentos de tensión —

que los hubo— más o

menos entrevistos por el personal y aireados por la Prensa, no se habían

producido convulsiones y

conflictos importantes. Adolfo Suárez, hasta poco antes un desconocido para los

más, era hombre-

revelación. el político joven y brillante de compromisos pasados poco conocidos,

que abría a la libertad

las puertas del país. Adolfo Suárez desbanco total-mente a otros políticos de

más renombre y más

comprometidos con el franquismo y, apenas sin tiempo, creó una amalgama de

tendencias y grupos —

UCD— y ganó las elecciones. Porque la verdad es que las elecciones las ganó

Suárez, no UCD.

POR el contrario, Felipe González era el antifranquista moderado y prudente que

había tenido audiencia

-y hasta crédito— en algunas democracias europeas. Felipe González cuidó muy

bien su imagen pública,

nadó y guardó su ropa. No provocó grandes recelos en el sector de la clase media

deseoso de un cambio

en profundidad y, paralelamente, supo satisfacer a sus bases. El desdoblamiento

de su personalidad fue

perfecto: templanza ante los medios de difusión y agresividad en sus

intervenciones personales de

partido.

Y, así, la mayoría silenciosa dividió sus preferencias entre dos hombres, no

entre dos políticas. Es

evidente que la mayoría silenciosa acusaba desentrenamiento electoral.

Ahora las posturas se han aclarado en algunos aspectos, pero se han oscurecido

en otros, si cabe, más que

antes. El PSOE se ha definido, hasta con contundencia, en varias ocasiones. La

mansedumbre del PCE de Santiago Carrillo se ve compensada por la virulencia con

que actúan las otras

organizaciones marxistas extraparlamentarias. De ese modo, la táctica más eficaz

será la que prevalezca.

Pero, ¿y la derecha? La derecha española se muestra fragmentada, inconexa y

amorfa. Es una derecha sin

posibilidades de resistir el avance marxista. Que-da, pues, el centro, mejor

dicho, Suárez, porque sin

Suárez el centro se disolvería como un azucarillo en un vaso de agua. Los

hombres de Suárez sufren una

pesada carga. Desde que ocupó la Presidencia del Gobierno los problemas han

constituido un cerco en

torno suyo de casi imposible rompimiento. Sus intentos por formar un partido

sólido, un bloque

homogéneo capaz de gobernar, no se han visto todavía coronados por el éxito. Y

así es muy difícil

gobernar. Suárez corre el riesgo de perder la confianza de quienes le votaron,

si no ha perdido ya par-te de

ella. Y sería una lástima que esto ocurriese, que no aprovechase la oportunidad

que aún le resta. Suárez

debe decidirse a gobernar, a actuar con decisión, a poner remedio a esta

situación que empieza a ser

caótica. Aún es tiempo.

EL Gobierno debe saber que nuestra democracia puede abortarse si

nuestra economía se

deteriora más. La gente con trabajo y presupuesto familiar suficiente es

propensa al diálogo, a la

comprensión, a la tolerancia. El parado. el desasistido, el hambriento encuentra

más difícil la

conversación con el estómago vacío y su horizonte huero de esperanza. Entonces

deviene violento y

agresivo. Si aspiramos a una economía social de mercado, sentemos las bases para

que ésta pueda

florecer; aprovechemos lo poco que nos queda y devolvamos la confianza al

inversor. Si queremos que el

trabajador colabore, procurémosle un salario justo que cubra sus necesidades. Y

hagámosle saber que

nadie va a regalarle nada, que su patrimonio sea el fruto de su trabajo y de su

honestidad profesional. SÍ

queremos que la tranquilidad vuelva a nuestras calles, respaldemos la actuación

de las Fuerzas de Orden

Público, adaptemos nuestras leyes a la realidad de hoy y hagámoslas cumplir. Si

pretendemos una

justicia independiente y eficaz, evitemos las coacciones e influencias y res-

petemos los derechos del

ciudadano ante la ley; modifiquemos nuestras prisiones para que los reclusos

encuentren en ellas la

oportunidad de reintegrarse a la sociedad en plenitud de condiciones. En suma,

si amamos la democracia, eduquémonos en el buen uso de la libertad, creemos

cuantas escuelas sean menester para que no

haya un solo niño sin educación y sin cultura. Obliguémonos a la convivencia.

SUÁREZ está en el poder y debe utilizarlo en beneficio de España. Los que

confiaron en él no se

sentirían defraudados y muchos de los que el pasado 15 de junio le negaron su

voto posiblemente se lo

dieran en la próxima ocasión. Porque desde la oposición se puede criticar,

aportar ideas y soluciones,

pero desde el poder se puede actuar. Esa es la gran baza que Suárez no ha

utilizado todavía en su auténtica dimensión, y el país no puede esperar más.

Suárez, debe asomarse más a menudo a su balcón de la

Moncloa y mirar al exterior. No verá un grato panorama. A la postre, UCD sólo es

un partido —si

queremos llamarlo así—, pero España es una nación aquejada de graves males. Y su

solución sí que es

importante.

«LOS IMPARCIALES»

Chumy-Chumez

 

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