Autor: HISPANO. 
 Pleno de las Cortes Españolas. 
 El fantasma de bruto planea sobre las Cortes     
 
 El Alcázar.    18/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL FANTASMA DE BROTO PLANEA SOBRE LAS CORTES

Por HISPANO

SI me preguntan por el signo y el estilo que presiden la «ocasión histórica» de la reforma política forzada por el Gobierno, habría de remitirme a las palabras finales del Presidente de las Cortes, al dar por concluida la sesión de ayer. Respondiendo a una demanda explícita y de exigencia democrática avanzada por don Torcuato Lúea de Tena, dijo el señor Presidente: «El sistema de votación es conocido; lo que no se conoce es como esta Presidencia , aplicará el sistema de votación». ¿Cabe mayor desprecio a los esforzados gladiadores que tratan de morir con una mínima apariencia de dignidad en la arena de las Cortes?

Me es difícil precisar si los señores procuradores llegaban cansados en demasía, sobre todo tras el forzado estrambote de lo que un espectador de la tribuna pública llamó a mi lado, con resonancias circenses, «el número de los enanos». O si los señores Procuradores están ya de vuelta de todo y anestesiados, hasta el punto de admitir con un encogimiento de hombros cualesquiera muestras de desprecio. El señor Presidente de las Cortes, en fin, ha vuelto a recordar que allí se hace lo que a él le da la gana y que el Reglamento lo interpreta como quiere. ¡Buena manera de inaugurar reforma democrática!

La sesión de ayer tuvo momentos espléndidos de dignidad, de buen decir, de elegancia espiritual, de claro entendimiento de la coyuntura histórica, de profundo conocimiento de las opciones democráticas y de riguroso conocimiento de lo que conviene a los españoles. Don Raimundo Fernández Cuesta terminó de poner en evidencia la pobreza y la ligereza de la intervención el día anterior del ponente don Fernando Suárez. Don Cruz Martínez Esteruelas, sin necesidad de forzar la voz ni recurrir a la estridencia, con una precisión increíble, puso al Gobierno contra las cuerdas.

Todo ello, sin embargo, tuvo un final grotesco. De pronto, comenzaron a comparecer sobre la pista los empleados del Gobierno. El señor Meilán equivocó su papel y en vez de hablar como enmendante, que para eso se había inscrito, intentó montar el contraataque gubernamental Con una voz de adolescente retrasado, salpicó al hemiciclo de vaciedades. Después entró en liza la guardia de corps del señor Martín Villa, como en desfile transmitido en Palcolor: don Jesús Aparicio Bernal, don Gabriel Cisneros y don Josep Meliá. Ya lo había anunciado con un mohín picaro el presidente de la Tabacalera, señor Monreal, en el bar, durante el descanso, haciendo una vez más el papel de portavoz del señor Osorio: «Ahora lanza remos contra Martínez Esteruelas nuestros mejores picos de oro». Los picos de oro no se vieron por ninguna parte. Es difícil convencer cuando se carece de argumentos, no se tiene fe y se canta de falsete.

Aquellos señores debían reglamentariamente referirse a las modificaciones introducidas por la ponencia. Pero lo olvidaron, para intentar un torpe asalto a las firmes posiciones dialécticas del portavoz de Alianza Popular. Naturalmente, el señor Presidente de las Cortes permaneció impávido ante la transgresión. El señor Fernández Miranda jugaba ayer a emular a Guruceta.

A última hora de la mañana, el Presidente del Gobierno había abandonado las Cortes con apremio, requerido por el Rey. Parece haber motivos serios para confirmar las sospechas que ayer avanzábamos. El Gobierno ha situado a la Corona en difícil posición y ha sido advertido de la necesidad de corregir la andadura. Si las Cortes cumplen mañana con su deber y el señor Suárez sigue estimando en más sus compromisos con la oposición ¡legal que la legitimidad democrática de las actuales Cortes, es posible que el Gobierno no viva más de una semana y carezca de tiempo para cumplir las advertencias hechas de cara a la votación.

La votación se va a realizar pocas horas antes de cumplirse el primer aniversario de la muerte de Franco. Lo meditaba anoche, en la tribuna pública, mientras se desarrollaba el «número de los enanos». Alguien a mi lado hablaba distraídamente de la representación del César de Sakespeare, en- el María Guerrero. No pude por menos de pensar con aprensión y tristeza, mientras mis ojos se clavaban en un rostro joven, crispado por el malhumor: ¿A quién cumple aquí el papel de Marco Bruto?

 

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