Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El muro de las lamentaciones     
 
 ABC.    29/06/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

El muro de las lamentaciones

Esta va siendo una dolorosa costumbre de nuestra democracia. Acudimos cada vez con más frecuencia al

muro de las lamentaciones a dolemos de esta sangre que no cesa, de este terror que amenaza nuestra

recién conquistada libertad, nuestra ilusión de construir un futuro pacífico de convivencia. De nuevo, los

servidores del Orden Público han añadido otros nombres a los ya numerosos nombres de las víctimas que

ban caído sacrificadas por una ciega ola de terror sin sentido alguno y ya sin posible justificación. Y por

primera vez, en esa lista de víctimas se ha inscrito el nombre de un periodista. Su delito: informar

honesta, veraz, objetivamente, de ese brote de odio que atemoriza y viste de luto al País Vasco y con él a

toda España, lina de las libertades básicas de cualquier democracia que merezca el nombre tlt tal es la

libertad de información. Y caá libertad ya tiene su primer mártir. Desgraciadamente, sin pesimismo

alguno, sino con la serenidad que debemos mantener ante el conocimiento de los hechos, tenemos que

hablar de «primer mártir». Porque son varios los periodistas cuyos nombres han sido escritos en las listas

negras del propósito terrorista, frío, calculada e implacable. Cualquiera de nosotros, periodistas, y yo

entre los primeros, daríamos gustosos la vida si supiéramos que con la muerte inaugurábamos esa paz tan

necesaria para terminar el proceso de democratización del país, de la conquista definitiva de todas

nuestras libertades, tantas veces y durante tanto tiempo disminuidas o negadas; el aprendizaje elemental

del respeto a la vida y a la seguridad de los ciudadanos españoles, el ejercicio de nuestra soberanía como

pueblo consciente y responsable.

Ayer tarde, la sesión del Pleno del Congreso se inauguró con una de esas frecuentes, y por desgracia

ineficaces, oraciones ante los muros de la lamentación. El presidente de la Cámara de los Diputados, don

Fernando Alvarez de Miranda, al comienzo del Pleno leyó una breve nota redactada por los

representantes de todos los grupos parlamentarios. La declaración, suscrita unánimemente por todas las

fuerzas políticas del país, considera que los graves sucesos que acaban de producirse en el País Vasco

suponen uua amenaza para el proceso constituyente y para los supremos valores nacionales que éste

consagra a la consolidación de la democracia. Y finaliza con una novedad. El Congreso «solicita del

Gobierno que tome con urgencia las medidas más eficaces para la solución de este problema». Es decir,

del problema del terrorismo, del desorden público, de la inseguridad ciudadana.

Digo que esto es una novedad. Porque, hasta ahora,, era normal contemplar cómo el Parlamento toma con

fervor bajo su responsabilidad la misión de someter al Gobierno a una serie de críticas y presiones que

dificultaban el ejercicio de la autoridad, el desarrollo de las investigaciones policiales e incluso la action

eficaz de la justicia. Por reacción ante el final de un régimen de carácter autoritario, la defensa apasionada

de lus libertades invadía las esferas de lo que debe ser la defensa del Estado y la garantía de la seguridad

de los ciudadanos. No parecía si no que el Poder legislativo se esforzara en poner trabas al ejecutivo en el

cumplimiento de un deber, que, si es fundamental e» cualquier momento de la vida Je

un país, resulta mucho más necesario en instantes de transición y de nacimiento de un nuevo sistema

político orientado hacia el reconocimiento de la libertad y soberanía del pueblo.

Con frecuencia hemos visto cómo algunas fuerzas políticas que condenaban verbalmente la violencia, que

acudían con llantos y palabras afligidas ante el muro de las lamentaciones para condenar los actos

violentos, calificaban a continuación de «represivas» a las fuerzas encargadas de protegernos de esa

violencia, y pedían poco menus que la inacción y la pasividad de los servicios del orden público ante las

consientes vulneraciones de la paz ciudadana. Ahora, al menos, todas las fuerzas políticas «solicitan» del

Gobierno —y tal vez se hayan quedado cortos en la elección del verbo, porque bien podrían haber

«instado» o «exigido» una intervención enérgica de ese Gobierno— la adopción urgente de «las medidas

más eficaces». La eficacia no tiene por qué estar reñida con la más exquisita juridicidad, puesto que nos

encontramos en un Estado de Derecho que proclama las Libertades del ciudadano y los derechos del

hombre en el frontispicio de su proyecto constitucional. Pero una cosa es la eficacia dentro de la

juridicidad y otra muy distinta la pasividad dentro de un inexplicable complejo de autoritarismo capaz de

estimular las más desconcertantes inhibiciones.

Aunque de una manera tímida, en forma de «invitación» o «solicitud», el Parlamento estimula al

Gobierno para que haga algo que quizá no se haya deeitlido a hacer hasta ahora: gobernar con eficacia en

la delicada materia de la defensa ante el terrorismo, de ía erradicación de ese cáncer —como dice el

presidente Tarradellas— de un pedazo de la carne de España. El Gobierno ya no encontrará en el

Parlamento, sí el Parlamento es consecuente con sus declaraciones, ni reticencias ni acusaciones por su

lucha contra el terrorismo. Ahora,, toda la responsabilidad es suya.

Apenas merece la pena contar que, después de la lectura de la breve, pero significativa nota de todos los

grupos parlamentarios, el Pleno aprobó varios créditos. Y que una enmienda socialista al proyecto de ley

de Impuesto sobre la Renta de las Personas tísicas fue aprobada contra los votos de la Unión del Centro y

de Alianza Popular. ¿Qué había sucedido? Pues sencillamente que otra vez, en el Congreso, se produjo la

derrota de los desertores. Parte de los escaños centristas se hallaban vacíos. Dos votos fueron suficientes

para que el Gobierno viese cómo la iniciativa legislativa pasaba de las filas de su partido a las filas de los

partidos de la oposición. Fue la derrota de los perezosos, de los desidiosos, de los ausentes, de los

irresponsables.

Por lo demás, muy pocas horas de debate. Algunos señores diputados tenían que cumplir obligaciones

protocolarias con motivo de la visita del presidente francés Giscard d´Estaing. Lo más relevante de la

sesión fue esa nota, lacónica, pero preocupante, en la que se piden medidas contra el terror. Porque

íbamos corriendo el riesgo de seguir acudiendo eternamente al muro de las lamentaciones a llorar sobre lo

que no se ha acertado todavía, a defender.— Jaime CAMPMANY.

 

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